El sábado pasado, los gobiernos de Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque armado contra Irán. Horas después, el presidente Donald Trump confirmó el abatimiento del ayatolá Ali Khamenei, líder iraní durante tres décadas y figura central en la consolidación de un régimen con aspiraciones nucleares. Durante años, Estados Unidos realizó esfuerzos significativos para contener el programa nuclear iraní y debilitar el liderazgo de Khamenei; sin embargo, es la primera vez que una administración estadounidense actúa de manera frontal y directa contra la cabeza del régimen.
El mundo ha sido testigo de decisiones contundentes por parte del presidente Trump para eliminar a sus adversarios e imponer sus intereses. Aunque aún no están claras las consecuencias que estos eventos tendrán para el equilibrio internacional, lo cierto es que se trata de una determinación que desplaza la diplomacia y la negociación para colocar en el centro el uso de la fuerza y la violencia como herramientas primarias de política exterior. El caso de Irán es paradigmático para analizar esta disyuntiva.
En El mundo tal y como es, el exasesor de política exterior Ben Rhodes relata el complejo proceso de negociación del acuerdo nuclear con Irán, impulsado por el presidente Barack Obama en 2016. El objetivo era impedir que Irán desarrollara la infraestructura y el conocimiento científico necesarios para fabricar un arma nuclear. Rhodes describe los múltiples frentes que debieron atenderse para alcanzar un acuerdo viable. Por un lado, el secretario de Energía, Ernie Moniz, desempeñó un papel crucial gracias a su formación científica, aportando criterios técnicos para definir las concesiones y el alcance real de las restricciones impuestas al programa nuclear iraní. Por otro, el secretario de Estado, John Kerry, condujo una negociación diplomática compleja y prolongada. Además, el propio Rhodes narra su experiencia articulando apoyos en el Congreso, trabajando con legisladores de ambos partidos para dotar al acuerdo de respaldo político interno.
Este episodio demuestra que los acuerdos sostenibles requieren diplomacia. Ese camino es largo, desgastante y, con frecuencia, políticamente impopular. Exige paciencia, pericia técnica y construcción de consensos. Sin embargo, pese a todos los obstáculos, fue posible alcanzar un tratado que incorporó rigor científico, legitimidad política y respaldo institucional para frenar el desarrollo de armas nucleares en Irán.
En 2018, Donald Trump decidió abandonar ese acuerdo. A partir de entonces, Irán reanudó el fortalecimiento de su infraestructura nuclear y así llegamos al punto crítico en el que hoy nos encontramos.
La pregunta que queda sobre la mesa es incómoda y compleja, ¿preferimos el trabajo arduo, imperfecto y gradual de la diplomacia, o la inmediatez de la fuerza armada? La violencia puede ofrecer resultados en el corto plazo; la diplomacia, en cambio, rara vez produce titulares impactantes. Pero si la historia reciente nos enseña algo, es que los atajos estratégicos suelen generar conflictos más profundos y duraderos. La verdadera disyuntiva no es entre debilidad y firmeza, sino entre visión de largo plazo y reacción inmediata. Este episodio nos obliga a ver el mundo tal y como es y a creer en el mundo tal y como debería ser.

