Hace un par de años tuve la oportunidad de entrevistar al ministro retirado de la Corte Suprema de Estados Unidos, Stephen Breyer. Cuando le pregunté sobre el significado de llegar a ser ministro, me respondió que alcanzar la Corte Suprema es tan raro como ser alcanzado por un rayo dos veces seguidas, debido al complejo proceso de nominación y confirmación contemplado en la Constitución.
Desde mi perspectiva, el nombramiento de juezas y jueces federales no es casual. La decisión de un presidente de nominar a alguien responde a la necesidad de que el perfil elegido interprete la Constitución y las leyes conforme a la perspectiva de su administración y a los objetivos que presentó durante su campaña. Durante las últimas décadas, la organización Federalist Society ha realizado esfuerzos extraordinarios para promover un enfoque de interpretación conservador y originalista, además de impulsar las candidaturas de juezas y jueces que interpretan bajo esa filosofía.
Los resultados de este trabajo han sido notables: una mayoría de seis ministras y ministros que han revocado precedentes directamente vinculados con temas sociales fundamentales como el aborto, la portación de armas, la deferencia al Estado administrativo y los límites al poder presidencial.
El originalismo ha sido exitoso en la medida en que ha logrado satisfacer las demandas de un sector de la población y, al mismo tiempo, ha encontrado legitimidad como enfoque jurídico. Es decir, el originalismo se ha consolidado como un movimiento constitucional lo suficientemente motivador para movilizar a un sector del electorado y suficientemente confiable para orientar decisiones institucionales.
Sin embargo, este movimiento no surgió de la nada: responde al desacuerdo y a la protesta de un grupo de ciudadanos inconformes con las interpretaciones de la Corte Suprema durante las décadas de 1960 y 1970. Este periodo, conocido como la Corte Warren, se caracterizó por sentencias que ampliaron el reconocimiento de los derechos civiles de las personas afroamericanas y de las mujeres.
A pesar de que el sector progresista ha formulado críticas importantes al originalismo, no ha logrado articular un enfoque interpretativo capaz de atraer a la ciudadanía y persuadirla de que puede satisfacer sus necesidades e intereses. En esa tarea, los demócratas van rezagados y parecería que temen asumir los riesgos que la Federalist Society sí asumió. Su propuesta nunca fue perfecta y estuvo sujeta al escrutinio público; sin embargo, hoy es el enfoque que domina la mayoría de la Corte. Es momento de que los liberales den un salto de fe y, eventualmente, lo intenten.

