Pasado el Mundial de Futbol, México entra en un debate que debería interesar a toda la sociedad, no únicamente a quienes trabajamos cerca de la tecnología. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció el inicio de una discusión nacional sobre el consumo de redes sociales y el uso de inteligencia artificial (IA) entre niñas, niños y jóvenes.

La conversación comenzó en la Conferencia del Pueblo y, según lo planteado por el gobierno federal, desembocará en una propuesta que podría llegar al Congreso antes de terminar el año. La Secretaría de Educación Pública ya realiza foros con madres, padres y docentes para analizar el impacto de las redes sociales y construir una iniciativa con participación de especialistas.

La intención oficial no parece orientada a prohibir estas tecnologías, sino a establecer consensos sobre educación digital, salud mental y uso responsable. Hasta ahora han participado alrededor de 20 mil personas en encuentros organizados en distintas regiones del país, y el calendario continúa durante agosto y septiembre.

Sin embargo, el punto que más llama mi atención es el relacionado con la inteligencia artificial. A raíz de la propuesta presidencial y de la polémica generada por el tramposo examen de admisión a la UNAM, he participado en conversaciones familiares y con amigos donde ya existe una discusión real sobre usar, limitar o incluso evitar la IA.

Lo inesperado ha sido descubrir que el escepticismo más fuerte proviene, en muchos casos, de los más jóvenes. Sus argumentos son variados: desconfianza en las respuestas de los modelos, frustración ante posibles ventajas injustas, preocupación por el empleo futuro y objeciones ambientales. La pregunta relevante es si estamos ante una resistencia genuina o frente a narrativas que también responden a intereses económicos, culturales y políticos.

En México, más de 70% de la población mayor de seis años utiliza internet, y entre los adolescentes la proporción supera 90%. La IA ya forma parte de su vida cotidiana. Aun así, una encuesta de la Fundación Walton Family, GSV Ventures y Gallup muestra que el entusiasmo de la Generación Z hacia esta tecnología disminuye. Quienes dicen sentirse entusiasmados pasaron de 36% en 2025 a 22% en 2026, mientras aumentó el porcentaje que declara sentirse molesto o preocupado.

El temor principal es laboral. El informe Future of Jobs 2025 del Foro Económico Mundial advierte que la IA transformará millones de empleos y exigirá nuevas competencias digitales, por eso, para quienes apenas comienzan su vida profesional, la incertidumbre es comprensible: ¿seguirán teniendo valor las carreras tradicionales?, ¿habrá oportunidades de entrada para trabajadores jóvenes?

Paradójicamente, los jóvenes son también quienes más utilizan herramientas como ChatGPT, Gemini o Copilot. Diversos análisis, entre ellos reportes difundidos por Wired, muestran que una parte importante de la Generación Z emplea estas plataformas casi a diario y, al mismo tiempo, mantiene una postura crítica frente a sus consecuencias sociales.

Muchos estudiantes sostienen que depender excesivamente de la IA puede afectar habilidades básicas como escribir, argumentar, investigar o resolver problemas. Prefieren equivocarse y aprender por sí mismos antes que recibir una respuesta instantánea. Esa actitud puede interpretarse como una defensa de la autonomía intelectual.

A ello se suman las preocupaciones éticas. La UNESCO ha documentado inquietudes relacionadas con derechos de autor, sustitución de artistas y creadores, y uso de obras para entrenar modelos sin compensación clara. Numerosos adolescentes y universitarios se preguntan si es ético utilizar cualquier imagen, voz o video con tanta facilidad.

Pero también hay preocupaciones ambientales. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido que los centros de datos dedicados a IA incrementarán de manera importante la demanda eléctrica mundial durante esta década. Los jóvenes con mayor conciencia climática no aceptan los beneficios de las herramientas generativas sin con ello se eleva el consumo de electricidad, agua y recursos materiales.

Por supuesto, el miedo a la IA también puede amplificarse como arma geopolítica o de política interna. Un país con ventaja tecnológica podría impulsar regulaciones que dificulten el avance de competidores, mientras gobiernos, sindicatos o grupos sociales pueden encontrar incentivos para promover cautela frente a la automatización a fin de mantener el statu quo.

Por eso en Estados Unidos incluso han surgido tendencias como friction-maxxing, que propone recuperar procesos deliberadamente más lentos como investigar en bibliotecas, escribir a mano o usar tecnologías analógicas, como forma de resistencia a la dependencia digital.

El rechazo juvenil a la inteligencia artificial no es mera ignorancia ni simple tecnofobia. Está atravesado por preocupaciones laborales, dilemas éticos, ansiedad climática, disputas culturales y narrativas políticas.

Por lo mismo, podemos estar un poco más tranquilos porque tenemos una generación de jóvenes que no acepta la tecnología de manera acrítica. La tarea pendiente no es convencerla de usar IA a cualquier costo, sino ofrecerle la educación necesaria para comprenderla, cuestionarla y aprovecharla sin renunciar a su capacidad de pensar por sí mismos.

Arquitectas del mundo digital

En la discusión sobre inteligencia artificial, conectividad y transformación digital suele hablarse de plataformas, empresas y dispositivos, pero rara vez de quienes sentaron las bases de esa revolución. La especialista en tecnología Claudia Rincón Pérez insiste en recordar que buena parte de las herramientas digitales que usamos todos los días tiene origen en el trabajo de mujeres científicas e ingenieras.

Sostiene que alrededor de 80% de la infraestructura informática cotidiana está vinculada con aportaciones desarrolladas por pioneras como Ada Lovelace, autora del primer algoritmo; Hedy Lamarr, cuyas investigaciones sobre salto de frecuencias influyeron en tecnologías inalámbricas; Grace Hopper, impulsora de los lenguajes de programación modernos; y Margaret Hamilton, responsable del software que permitió el alunizaje del Apolo 11.

Para Claudia Rincón, el problema histórico nunca fue la falta de talento femenino, sino la escasa visibilidad otorgada a sus contribuciones.

Ese diagnóstico conecta con iniciativas actuales como el Premio STEM 2026, impulsado por Telcel, Fundación Lenovo y Movimiento STEM+. El programa busca ampliar la participación desde preescolar hasta educación media superior y mantener abierta la recepción de proyectos hasta el 27 de septiembre. Más allá de reconocer ideas innovadoras, la iniciativa apuesta por soluciones aplicadas a problemas reales de las comunidades, con acompañamiento y materiales gratuitos para docentes. La meta es que más niñas y jóvenes no solo usen tecnología, sino que también se conviertan en las próximas arquitectas del mundo digital.

*Columnista y comentarista

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