Durante bastante tiempo reñí con la idea de la obviedad como parte, si no fundacional, sí en ocasiones fundamental para el pensamiento y la crítica que generamos sobre el mundo, sobre la política y sobre la sociedad. La veía con carga negativa porque pensaba que el conocimiento debía construirse más allá de lo que ya se sabe, más allá de lo que cualquiera puede ver sin esfuerzo. Tardé en entender que la obviedad no es tan obvia, de la misma forma que el sentido común tampoco lo es. Ambos requieren una disposición que no abunda: la de mirar lo que está frente a uno sin el filtro de los intereses que distorsionan la percepción. Esta columna parte de esa disposición y tiene un propósito bastante directo: nombrar lo que está ocurriendo en México con la precisión que el momento exige, sin el eufemismo que lo suaviza.
Declaro, entonces, que nuestro país se encuentra en una guerra. No en el sentido que esa palabra evoca en su acepción más inmediata, no hay frentes militares ni batallas convencionales, pero sí hay una contienda sostenida, estructural y deliberada por el control de la realidad, del relato, del imaginario colectivo y, en última instancia, del Estado mismo. Ernest Hemingway escribió que nunca debemos pensar que la guerra, no importa su necesidad o su justificación, no es un crimen. La frase no es una exhortación al pacifismo ingenuo: es un recordatorio de que toda guerra, incluso la que se libra con palabras y decretos, tiene víctimas reales cuya existencia los estrategas del conflicto prefieren no contabilizar. Las víctimas de esta guerra caen en la brecha que se abre entre lo que el gobierno promete y lo que la gente vive, entre el discurso del bienestar y la carencia que persiste a pie de calle.
En este sentido, el general prusiano Carl von Clausewitz, en su tratado “De la Guerra”, formuló una de las tesis más citadas y menos comprendidas del pensamiento político moderno: la guerra no es un fenómeno independiente, sino la continuación de la política por diferentes medios. La frase se ha vuelto lugar común, pero su reverso es igualmente verdadero y menos frecuentado: la política, cuando pierde su vocación de servicio y se convierte en mecanismo de control, es la continuación de la guerra por medios más refinados. Lo que ocurre en México en este momento no es la excepción a esa lógica: se libra una guerra y sus protagonistas prefieren no llamarla por ese nombre.
Esa guerra es, en términos filosóficos, hiperreal. No ocurre en el territorio de los hechos verificables sino en el territorio de las representaciones que sustituyen a los hechos. El enemigo que el oficialismo construye no habita las colonias populares ni las comunidades rurales donde la gente enfrenta problemas concretos: habita las redes sociales, los noticieros, los discursos matutinos. Es un enemigo fabricado para consumo interno, diseñado no para ser derrotado sino para ser mantenido vivo, porque un enemigo derrotado ya no justifica la movilización permanente que el control requiere.
Hace poco más de siete años, México dio un giro político que no llamaría desesperado pero sí arrebatado por el espíritu de quienes deseaban modificar la forma de hacer política y sociedad en el país. Nadie en su sano juicio puede argumentar que ese cambio fue antidemocrático: el ejercicio de la democracia fue respetado en ese momento, aunque hoy las estructuras que permitieron ese vuelco del destino estén siendo acotadas. Me refiero a las instituciones electorales, cuya erosión no es un dato menor sino el síntoma más elocuente de la obviedad y de lo que ocurre cuando el poder que llegó por la vía democrática decide que esa vía es prescindible una vez que el control está asegurado. El problema no es el origen del proyecto: es su deriva allende la lealtad tribal.
Así pues, la premisa de Clausewitz dicta que el deseo de transformar un orden establecido no es un fenómeno independiente sino la continuación de la política por otros medios. Pero qué ocurre cuando ese deseo de transformación no encuentra su centro porque sencillamente nunca lo tuvo. Cuando el proyecto que prometía refundar al Estado demuestra, en su proceder cotidiano, una pobreza de gobernabilidad que no puede atribuirse solo a la herencia del pasado. La historia muestra que la estabilidad es posible cuando quienes llegan al poder tienen ideas claras, ideas de Estado sin caprichos ideológicos que las deformen. El sentido común, esa facultad que tampoco es tan común, me ha dictado siempre una pregunta que nadie en el sistema político parece dispuesto a responder: si la clase política desea tanto el bienestar del pueblo, por qué no se ponen de acuerdo. La obviedad de la pregunta no la hace menos pertinente. La hace más incómoda.
Y aquí está el núcleo del asunto: el pueblo no es el centro del gobierno. Nunca lo ha sido del todo, en México ni en ningún otro sistema político que conozca. El centro del gobierno, cuando el poder pierde su vocación, es el control por el control mismo. No el poder como instrumento de política pública sino el control como fin en sí mismo, como necesidad existencial de quienes lo ejercen. Esa diferencia no es semántica: es la diferencia entre un gobierno que sirve y uno que se sirve. Y lo que observamos en México en este momento, con independencia del signo ideológico que uno prefiera, es la segunda variante operando con una naturalidad que ya no escandaliza porque ya nos acostumbramos a ella.
Lo que me preocupa y ocupa es la constatación de que la lucha por el bienestar se ha convertido en una metáfora de guerra ejercida desde el poder. Veo desprenderse de la defensa del gobierno una estrategia por mantener un statu quo que no logra del todo fraguarse. La polarización que desde las esferas del gobierno se desata con su estrategia comunicativa y discursiva mal engarzada genera dudas reales acerca del enemigo inexistente que se intenta posicionar en el imaginario de la masa. La gente tiene a pie de calle a sus enemigos a vencer, y esos enemigos no habitan las redes sociales ni los televisores: habitan la carencia, la inseguridad, la educación deficiente, la salud precaria. Allende las estrategias de seguridad que dicen ir apaciguando al país, existe una violencia ciudadana más beligerante, directa y lastimosa porque sirve para fragmentar a la gente y contraponerla consigo misma en aras de defender el caos que la hunde. La gente defiende su propia carencia. Y ahí es donde el sentido común y la obviedad del pensamiento fracasan en encontrar una respuesta satisfactoria.
Por tanto, los acuerdos políticos, esa moneda que los gobiernos exhiben como evidencia de madurez institucional, merecen una revisión más honesta. Los acuerdos solo ocurren cuando al menos una parte obtiene algo acorde a sus intereses. No hay acuerdo desinteresado en política: hay correlaciones de fuerza que en un momento determinado producen un equilibrio temporal que conviene llamar consenso. Esa es la mecánica real detrás de cualquier negociación política, la que opera en los pasillos del Congreso, en los despachos presidenciales y en las reuniones que no tienen registro público. Reconocerlo no es cinismo: es el umbral mínimo de honestidad sin el cual cualquier análisis político se convierte en literatura de propaganda.
La política, en su sentido honesto, es la administración organizada del conflicto entre intereses que no pueden satisfacerse simultáneamente en su totalidad. Y la diferencia entre una buena política y una política corrupta no está en si administra el conflicto, pues siempre lo administra, sino en si lo hace con algún grado de honestidad sobre lo que está haciendo y con algún beneficio real para quienes están fuera de la mesa.
Asimismo, entiendo la voluntad política como el ejercicio por el cual una acción de gobierno se lleva a cabo en beneficio de una comunidad. No se trata pues de izquierdas o derechas. Es justo la carencia de esa voluntad lo que más me pesa. Contrasto cotidianamente el nivel discursivo entre bandos y la mezquindad es la moneda de cambio. La pasión por tener la razón es superior a la lógica y superior al ejercicio del poder. Ninguna de las partes del debate político mexicano tiene en este momento la autoridad moral suficiente para arrogarse la representación del pueblo, porque todas han antepuesto sus intereses al mandato que dicen haber recibido. Esa convicción es, justamente, la definición más precisa de lo que Hemingway advirtió: toda guerra, no importa su justificación, es un crimen. También ésta…
Urge una renovación en la clase política… mismos rostros, mismas taras… ahí podría iniciar, no una nueva democracia, una forma sino nueva al menos fresca de entender el mundo. Dejo varios vacíos a propósito en el texto… llénenlos…

