Primero se corta el lomo, una máquina industrial separa el bloque de páginas de la pasta, un escáner de alta velocidad captura cada hoja en segundos, y el resto del libro, cubierta, hilo, cartón, termina en una planta de reciclaje. El proceso se repitió millones de veces bajo un nombre en clave, Proyecto Panamá, la operación con la que Anthropic, una de las empresas que desarrolla los sistemas de inteligencia artificial más usados hoy, compró libros de segunda mano por millones para convertirlos en material de entrenamiento. Los documentos internos, desclasificados el año pasado en un juicio por derechos de autor, no dejan espacio para la lectura caritativa: la meta declarada era escanear destructivamente todos los libros del mundo, y la instrucción interna era que nadie se enterara.
Conviene separar dos indignaciones que suelen mezclarse, porque los tribunales ya las separaron con precisión. La primera es la piratería: Anthropic descargó más de siete millones de títulos de bibliotecas ilegales, y eso le costó mil quinientos millones de dólares, el mayor acuerdo por derechos de autor en la historia de Estados Unidos, aprobado en definitiva el pasado julio, a razón de unos tres mil dólares por obra reclamada. La segunda es la destrucción física de los ejemplares comprados legalmente, y ahí la resolución judicial fue la contraria. El juez que llevó el caso determinó que comprar un libro, deshojarlo, digitalizarlo y desechar el resto constituye un uso legítimo, porque el archivo digital no se suma a la copia impresa: la sustituye. Comparó el entrenamiento de un modelo con la enseñanza que un profesor imparte a sus alumnos sobre cómo escribir bien.
El resultado es incómodo de formular, pero es el que hay. Robar un libro ajeno se castigó con una de las sanciones más severas que ha visto el derecho de autor estadounidense, pero destruir uno propio, comprado en una librería de viejo, no tuvo consecuencia alguna. La ley protege el derecho a cobrar por la copia; no protege la existencia material del objeto. Y ya hay quién construye negocio sobre esa distinción: reportes periodísticos describen intermediarios que ahora surten libros impresos por lote a empresas de inteligencia artificial, con un argumento de venta que conviene notar, el papel anterior a la explosión de los modelos generativos está libre de texto escrito por máquina. El libro viejo vale, precisamente, por no estar contaminado de lo que vendrá después.
Ahí aparece el desplazamiento que debería inquietarnos más que la escena del escáner. El libro deja de ser un objeto que circula, se hereda o se encuentra por casualidad en un anaquel, para convertirse en yacimiento: materia prima con fecha de caducidad, porque internet ya dio casi todo lo que tenía que dar y había que abrir otra veta. Especialistas en inteligencia artificial coinciden en el diagnóstico: se buscan datos que nunca fueron digitalizados, libros que quedaron fuera del gran vaciado de internet de la última década. La minería de lo impreso empieza justo donde termina la minería de lo conectado.
La imagen que queda no es la de un libro ardiendo, esa ya la tiene archivada la memoria histórica y por eso tienta como metáfora fácil. Es algo más frío: un ejemplar comprado con todas las de la ley, procesado con eficiencia industrial, convertido en datos y enviado a reciclaje, con una sentencia federal de por medio que certifica que todo se hizo conforme a derecho. La pregunta que deja no es si esto se puede hacer. Ya sabemos que sí. Es qué otras bibliotecas, en qué otros idiomas, están esperando su turno bajo la guillotina.
herles@escueladeescritoresdemexico.com
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