En algún momento del siglo XIII, un monje raspó con paciencia el pergamino y escribió encima sus oraciones. No destruyó nada: simplemente necesitaba el material. El pergamino era caro, hecho de piel animal, y reutilizarlo era una práctica tan común como sensata. Bajo las plegarias quedó enterrado, sin que nadie lo supiera, uno de los textos matemáticos más sofisticados de la antigüedad.

Esa superposición de épocas es la que define al palimpsesto: un objeto donde el tiempo no avanza en línea recta sino en capas. La palabra viene del griego y significa, literalmente, raspado de nuevo. Durante siglos, el manuscrito que contiene varios tratados de Arquímedes de Siracusa fue accesible solo parcialmente, como una conversación interrumpida a la mitad. A principios del siglo XX, un filólogo danés lo fotografió en Constantinopla antes de que desapareciera en el laberinto de colecciones privadas. Esas fotografías, hoy resguardadas en una biblioteca de Copenhague, se convirtieron en el único testimonio de páginas que nadie sabía dónde buscar.

En marzo de 2026, una de esas páginas reapareció en un museo de provincia en el centro de Francia. Un investigador del Centro Nacional de Investigación Científica identificó el folio comparando su escritura, letra por letra, con las imágenes de hace más de un siglo. El texto corresponde a demostraciones geométricas sobre la esfera y el cilindro. En el reverso, alguien pintó en 1942 la figura del profeta Daniel rodeado de leones, probablemente sin saber que cubría con su pincel un argumento matemático de dos mil años de antigüedad.

La tecnología que permitirá leer lo que está debajo de esa pintura no existía cuando el manuscrito fue estudiado por primera vez en los años dos mil. La imagen multiespectral, combinada con fluorescencia de rayos X generada por un sincrotrón, puede bombardear el pergamino con haces de alta energía sin dañarlo, distinguir la composición química de tintas superpuestas y separar capas que el ojo humano percibe como una sola superficie. Es, en cierto sentido, el reverso del trabajo del monje: donde él borró para escribir encima, la máquina lee a través de lo que fue escrito encima para recuperar lo borrado.

Hay algo desconcertante en esta cadena. Arquímedes calculó con su mente los límites de figuras que no podía medir con precisión. Un copista del siglo X preservó esos cálculos en un material frágil. Un monje medieval los cubrió sin malicia. Un coleccionista del siglo XX añadió una imagen devocional sin sospechar lo que ocultaba. Y ahora un algoritmo de análisis espectral tendrá que atravesar todas esas capas para devolver a la superficie lo que cada época, sin proponérselo, fue sepultando.

Quedan dos páginas más sin localizar. Están en algún lugar, quizás en otra colección que no sabe lo que tiene, quizás bajo otra pintura de otro profeta. La búsqueda continúa con catálogos digitales de manuscritos, con comparaciones fotográficas, con la misma paciencia con la que el monje raspó el pergamino. Solo que ahora la dirección es la contraria.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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