En septiembre de 1922, en el salón de un hotel de Los Ángeles, un grupo de espectadores se pusieron unas gafas de dos colores y miraron hacia la pantalla. Lo que vieron no era solo una película: era una bifurcación. Si mantenían el ojo izquierdo abierto, la historia terminaba con una muerte. Si preferían el derecho, terminaba con un abrazo. No había narrador que decidiera por ellos. El relato era una criatura de dos cabezas y el público, por primera vez, tenía que elegir cuál dejar vivir.
La película se llamaba The Power of Love. Era una melodrama mudo sobre amores contrariados y villanos de bigote, codirigida por Harry K. Fairall, un operador de cámara que había construido su propio sistema de proyección estereoscópica. Fairall llamaba a sus creaciones "películas binoculares" y creyó, con la convicción serena de los inventores solitarios, que estaba inaugurando el futuro del cine. En cierto sentido, tenía razón. El sistema anaglífico que usaba, con lentes rojo y verde, es exactamente el mismo que décadas después se vendería como innovación en miles de salas del mundo. El truco del final elegible tampoco era tan distinto, en su lógica profunda, de lo que Netflix intentó con Black Mirror: Bandersnatch en 2018, cien años después, con millones de dólares de tecnología y un guion de 170 páginas escrito en software de narrativa interactiva. La diferencia es de escala, no de ambición.
The Power of Love se proyectó dos veces en su formato original: una para el público del Ambassador Hotel, otra para la prensa en Nueva York. Nadie la volvió a contratar. La película desapareció. Hoy se considera una obra perdida, junto a su versión en 2D, rebautizada como The Forbidden Lover por los distribuidores Selznick, sí, los mismos que después produjeron Lo que el viento se llevó. Fairall terminó fabricando tintes industriales. Su compañía estereoscópica se disolvió en silencio.
Lo curioso es que Bandersnatch, el experimento interactivo que Netflix presentó como una revolución del entretenimiento, también desapareció. En mayo de 2025, la plataforma lo retiró de manera definitiva junto con todos sus títulos interactivos, argumentando que la tecnología "había cumplido su propósito". Casi cinco mil personas firmaron una petición para preservarlo como "hito cultural". No sirvió de nada. El archivo digital resultó tan frágil como el nitrato de Fairall.
Hay algo perturbador en este patrón. Las dos obras comparten no solo la mecánica del final elegible sino también el destino: la indiferencia del mercado, la disolución del experimento, el olvido más o menos acelerado. Como si la audiencia, en el fondo, no quisiera tanto poder como le ofrecen. O como si el poder de elegir el final, sin el peso narrativo que lo sostiene, fuera apenas un efecto especial más, tan fascinante por un momento como las gafas de cartón con un ojo rojo y otro verde.
La pregunta que deja The Power of Love, más de un siglo después, no es técnica. Es sobre el deseo. ¿Qué queremos realmente cuando vamos al cine? ¿Ser sorprendidos, o confirmar lo que ya esperábamos? La pantalla que nos devuelve la elección puede ser una forma de libertad o una forma de soledad. Fairall lo intuyó demasiado pronto. Quizá nosotros todavía no lo hemos resuelto.

