Vivimos rodeados de datos como quien vive en una ciudad con niebla permanente. Todo parece claro a simple vista, pero si afinamos la mirada notamos que el aire está cargado. Esa es, en esencia, la idea detrás de la contaminación de datos digitales. No se trata solo de tener “mucha información” en internet, sino de convivir con un entorno donde lo verdadero, lo falso y lo sintético se mezclan hasta volverse casi indistinguibles.

Durante años repetimos que los datos eran el nuevo petróleo. Hoy quizá encaja mejor otra imagen. Los datos se parecen más al agua que corre por una red de tuberías viejas. Si el agua se contamina en algún punto, toda la red termina afectada. Con la inteligencia artificial ocurre algo similar. Los modelos se entrenan con enormes cantidades de texto, imágenes, audio y video. Si esa materia prima llega sucia, el resultado también se enturbia, aunque el sistema siga respondiendo con voz segura y tono convincente.

La irrupción de las IA generativas ha acelerado este proceso. Cada día se publican millones de contenidos creados por máquinas, que después se reciclan como material de entrenamiento para nuevas versiones de esos mismos modelos. Investigaciones recientes han bautizado este fenómeno como colapso del modelo. Es una degradación progresiva en la que el sistema aprende, sobre todo, de sus propios errores y va perdiendo diversidad y precisión. Es como fotocopiar una fotocopia una y otra vez hasta que la imagen se vuelve borrosa.

A la contaminación involuntaria se suma otra más inquietante. La seguridad informática habla de envenenamiento de datos, estrategias para introducir ejemplos manipulados en los conjuntos de entrenamiento y así sesgar o sabotear el comportamiento de un sistema. No hace falta tocar todo el dataset. Basta alterar una fracción mínima para inclinar las decisiones del modelo en una dirección concreta. En un mundo donde cada vez más procesos dependen de algoritmos, ese pequeño veneno puede tener efectos muy reales.

Paradójicamente, algunas de estas técnicas también se han convertido en formas de defensa. Artistas visuales y fotógrafos experimentan con herramientas que introducen perturbaciones invisibles en sus obras para confundir a los modelos que rastrean la red en busca de imágenes con las que entrenarse. Es una especie de grafiti digital que, en lugar de firmar una pared, marca un límite. Un mensaje silencioso pero firme: con mi trabajo no.

Mientras tanto, la contaminación de datos ya se deja sentir en la vida cotidiana. Las llamadas alucinaciones de la IA, respuestas que suenan plausibles pero son erróneas, son la cara visible de un problema más profundo. Varios estudios alertan de reducciones significativas en el rendimiento cuando los modelos se alimentan demasiado de contenido sintético o mal curado. En sectores sensibles, como la salud o el derecho, ese margen de error no es un detalle técnico, es un asunto ético.

Por eso el debate se vuelve cultural y no solo ingenieril. Si buena parte de lo que leemos, compartimos y discutimos está filtrado por sistemas entrenados sobre datos contaminados, nuestra conversación pública también se contamina. El riesgo no es solo equivocarse, sino acostumbrarse a un entorno donde la exactitud es opcional y la procedencia de la información importa cada vez menos.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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