“De tres cosas le he pedido al cielo que me libre: de una muerte repentina, de los acreedores y de las fiestas nacionales”, escribía Manuel Gutiérrez Nájera en 1881.

Los días famosos de la Patria, marcados con tres cruces en el calendario civil, le hacían al admirado poeta el mismo efecto que un baño de agua helada.

En la ciudad reventaban los petardos de la inspiración patriótica. Las casas de vecindad quedaban vacías. Una infinita concurrencia llenaba las avenidas de la plaza. Los cohetes abrían “sus flores rojas o azules en el aire”, los papás levantaban en brazos a sus chicuelos mientras los discursos, también patrióticos, eran servidos al horno.

“¡Dios nos libre de las fiestas nacionales!”, imploraba Nájera.

Muchos años más tarde otro cronista que odiaba las fiestas cívicas, Ángel de Campo, manifestó su desconfianza ante las muchedumbres que gritaban “¡Viva!” a todo lo que le dijeran desde el balcón del Palacio.

Según De Campo, eran las mismas que gritaron “¡viva!” cuando desembarcaron los virreyes, cuando se proclamó la Independencia, cuando se ungió a Iturbide como emperador, e incluso cuando se le fusiló en Padilla. “¡Viva!”, cuando empezó la era de Santa Anna, y “¡Viva!” cuando la pierna de este fue sacada del Panteón de Santa Paula para ser arrastrada por las calles.

En 1864, un príncipe extranjero repitió el grito de Hidalgo por primera vez: Maximiliano fue el primer gobernante al que se le ocurrió asomarse por una ventana para lanzar loas a la Patria.

La celebración de la Independencia había sido oficializada desde los tiempos de Iturbide, pero antes de Maximiliano solo se llevaba a cabo una verbena en la plaza. La gran fecha emblemática se fue construyendo lentamente: en 1896, Porfirio Díaz hizo traer a la ciudad de México la campana de Dolores y se convirtió en el primer presidente que la repicó.

En un libro perdido, “Croniquillas de divulgación histórica”, editado por Botas en 1946, el historiador Diego Arenas Guzmán ofrece un dato poco conocido: que fue un primer síndico del Ayuntamiento, Wenceslao María Sánchez de la Barquera, quien en 1825, “usando las prerrogativas de su encargo oficial”, propuso que el 16 de septiembre se llevara a cabo una fiesta con carácter nacional.

Según Arenas Guzmán, desde la consumación de la Independencia se habían realizado algunos actos conmemorativos del Grito de Dolores, “pero en forma casi privada”. A pesar de que el gobierno de Iturbide había emitido una disposición para que se celebrara el 16 de septiembre, en realidad el decreto no se había cumplido.

En 1823 se llevó a cabo una conmemoración verdaderamente excepcional. El Congreso Constituyente había declarado beneméritos de la Patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Matamoros y otros insurgentes, y ordenado que sus restos, dispersos en distintos puntos del país, fueran reunidos en la ciudad de México.

Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez habían quedado expuestas durante varios años, colgadas de ganchos, en los cuatro ángulos de la Alhóndiga de Granaditas. Desde 1821 se hallaban sepultadas en el panteón de San Sebastián. En agosto de 1823 las sacaron de ahí, y las trasladaron a la capital, en compañía de otros restos exhumados en Chihuahua y Michoacán.

El primer homenaje público de los mexicanos a los héroes caídos se llevó a cabo el 17 de septiembre de ese año y fue tremendamente conmovedor. Las osamentas fueron depositadas en un gran relicario, que se colocó en un carro que la gente condujo, con la cabeza baja y un silencio imponente, desde el templo de Santo Domingo hasta la Catedral Metropolitana. Esos restos quedarían ahí durante más de un siglo, en la Capilla de San Felipe de Jesús, hasta que el gobierno de Calles ordenó que se les llevara a la columna de la Independencia.

El gobierno de Guadalupe Victoria tomó con agrado la propuesta del primer síndico, Sánchez de la Barquera, y se dispuso a preparar una gran fiesta: misa solemne, salvas de artillería, un gran baile y un acto en el que un grupo de esclavos recibirían la libertad de manos del presidente.

Todo se fue al traste con la llegada de una epidemia de sarampión que comenzó a matar 100 personas cada día. En lugar de preparar el gran festejo, la Junta Patriótica tuvo que organizar colectas para socorrer a los enfermos más pobres.

La epidemia mató a más de mil personas. No hubo baile. La primera celebración de la Independencia careció de brillo. Pero en un gran tablado construido frente al Palacio Nacional, Guadalupe Victoria dio la libertad a aquel grupo de esclavos: “Esclavos, en este día se celebra el aniversario de la libertad. Recibidla en nombre de la Patria y acordaos que sois libres por ella…”.

La verbena anual en el Zócalo solo se interrumpió en el periodo de 1847-1848 en el que las tropas estadounidenses clavaron en lo alto de Palacio Nacional la bandera de las barras y las estrellas.

Con esa excepción, desde Maximiliano no ha existido mandatario que se haya apartado del día famoso de la Patria y no existe muchedumbre que no haya gritado “¡Viva!” a todo lo que le dijeran desde el balcón.

Muchos presidentes se apegaron al formato tradicional del Grito.

Algunos le imprimieron su estilo personal. Cárdenas gritó: “¡Viva la revolución social!”. Echeverría: “¡Vivan los pueblos del Tercer Mundo!”. En el Año Internacional de la Mujer, López Portillo metió por primera vez en el discurso a la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez. Fox lanzó un “¡Vivan los acuerdos para un México mejor”. En todos los casos, la gente respondió con “¡vivas!”.

López Obrador fue el primero en aprovechar el Grito para lanzar mueras (“a la corrupción y a la avaricia”, por ejemplo), y el único que ha tenido que darlo con el Zócalo vacío, debido al azote del Covid. El último Grito de Calderón fue un desastre: le echaron rayos láser en el rostro, le gritaron de todo y una intensa lluvia dispersó pronto a la gente.

En su primer Grito, Sheinbaum invirtió el orden tradicional: “¡Mexicanas!, ¡Mexicanos!”, le quitó a la corregidora el apellido de su esposo para darle su nombre real, Josefa Ortiz Téllez-Girón, y lanzó vivas a “nuestras hermanas y hermanos migrantes”.

Ya regresan de nuevo el Grito y sus misterios.

Pobre de don Manuel Gutiérrez Nájera. Solo su tercera plegaria fue atendida porque murió muy joven y muy rápido, y rodeado de deudas.

De lo que sí se libró fue de las fiestas nacionales, del día famoso de la Patria en el que gritamos “¡viva!” a todo lo que nos digan desde el iluminado balcón.

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