La colonia Asturias se llama de ese modo porque ahí estuvo el primer gran estadio de futbol que hubo en la Ciudad de México: el Parque Asturias, al que en 1939 un grupo de fanáticos incendió en el transcurso de un partido entre el Asturias y el Necaxa. La colonia Valle Gómez se llama así por la unión de los apellidos de Modesto del Valle y Rafael Gómez, los socios que la fraccionaron en 1894.

El nombre de Algarín, con que en 1925 fue bautizada otra colonia, procede del diminutivo del apellido Algara: una de las primeras familias que se instalaron en aquel rumbo. La colonia Felipe Pescador fue fundada en 1946 en terrenos donde estuvo la estación del Ferrocarril de Hidalgo: le impusieron ese nombre en memoria de uno de los pioneros del movimiento ferrocarrilero.

Los terrenos en que se fundó la colonia Ex Hipódromo de Peralvillo fueron parte del primer hipódromo que hubo en la ciudad, el cual se hallaba abandonado desde 1913. La colonia Tránsito se fundó sobre terrenos que el presidente Lázaro Cárdenas destinó para dotar de vivienda a los agentes de tránsito de la ciudad. La colonia Paulino Navarro recuerda a un compañero de batallas del general Cárdenas, caído en combate en 1923.

La colonia Doctores se trazó sobre un panteón: el viejo cementerio de Campo Florido. Sus calles fueron bautizadas con los nombres de médicos célebres luego de la construcción, en 1905, del Hospital General. La colonia Juárez recibió ese nombre para conmemorar el centenario del natalicio del presidente Juárez. El nombre de la colonia Maza viene del propietario del rancho La Vaquita, don José Vaquita, sobre cuyos terrenos fue diseñada en 1894.

Como se sabe, en la colonia Tabacalera funcionó la fábrica de cigarrillos La Tabacalera Mexicana, que inició sus operaciones en 1899.

Todas estas colonias forman parte de la alcaldía Cuauhtémoc. La alcaldía Cuauhtémoc abarca lo que fue el islote donde se levantó Tenochtitlan y el islote vecino donde se alzaron los templos de su ciudad espejo: Tlatelolco. En el territorio de lo que hoy es esa alcaldía, y sobre las ruinas prehispánicas, fue construida la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de México. Cuando a finales del siglo XIX y principios del siglo XX la ciudad desbordó la traza española –lo que hoy llamamos Centro Histórico–, las primeras colonias extramuros nacieron en terrenos de esa misma alcaldía: Guerrero, Santa María, San Rafael, Cuauhtémoc, Juárez, Roma y Condesa.

Ahí se apiñan las ruinas, los conventos, los templos, los colegios, los palacios y las vecindades virreinales; por sus calles corren las mansiones y las casonas porfirianas, las flores del Art Nouveau y del Art Déco, los edificios de la posrevolución y los grandes proyectos de la modernidad, de la Roma y la Condesa a Tlatelolco.

Cada calle y cada una de las 33 colonias que conforman la alcaldía están llenas de historias por contar.

En Ignacio Mariscal 132, colonia Tabacalera, murió el portentoso muralista José Clemente Orozco. En esa misma calle abrieron su taller fotográfico los Hermanos Mayo (“Si algo ocurrió en México entre 1940 y 1980, los Mayo estuvieron ahí para fotografiarlo”). En Salvador Díaz Mirón 69 estuvo el Casino de Santa María, donde los jóvenes del Ateneo de la Juventud prepararon “desde el espíritu” el camino de la Revolución.

En Donceles 24 abrió sus puertas el Teatro Renacimiento, el primero que contó con alumbrado público y desde 1973 se transformó en el legendario y transgresor Teatro Fru Fru. En Guanajuato 183, colonia Roma, estuvo la casa donde nació el escritor José Emilio Pacheco, autor de un monumento literario dedicado a esa colonia: la novela Las batallas en el desierto.

En Antonio Caso 110, colonia San Rafael, vivieron Leonora Carrington y Renato Leduc. En Ezequiel Monte 138 vivió y fue vista por última vez la extraordinaria novelista de la Revolución, Nellie Campobello. En Salto del Agua 2 estuvieron los Baños Jordán, en cuyo gimnasio se forjaron Kid Azteca, El Chango Casanova, El Ratón Macías y Rubén Olivares, entre otras grandes leyendas del boxeo nacional.

En la azotea de 5 de Febrero 18, Nahui Ollin presentó en 1927 la serie de fotografías que la mostraban desnuda y que, en medio del escándalo, establecieron en México un precedente de libertad absoluta sobre el cuerpo femenino. En Pachuca 80, colonia Condesa, vivió la pintora María Izquierdo, que luchó contra “el delito de ser mujer y tener talento” y se convirtió en la primera artista plástica mexicana que expuso su obra fuera del país.

En Avenida Hidalgo 23 estuvo la casa donde murió el arquitecto Manuel Tolsá, autor del Palacio de Minería, y cuyos restos, sepultados en Santa Veracruz, hoy están perdidos. En Fray Servando 237, colonia Tránsito, fue inaugurado en 1940 el cine Colonial, donde se estrenó Nosotros los pobres, la película que llevó a las nubes a Pedro Infante.

En Versalles 50, colonia Juárez, está la casa donde vivió el embajador cubano Manuel Márquez Sterling, que en los días de la Decena Trágica intentó salvar la vida del presidente Madero. En Eje Central 82, colonia Guerrero, nació el irrepetible cómico mexicano Mario Moreno, Cantinflas. En Río Tigris 84, colonia Cuauhtémoc, Juan Rulfo escribió una obra mayor de la literatura mexicana: la novela Pedro Páramo. En Francisco Ayala 67, colonia Vista Alegre, vivió Adela Velarde Pérez, enfermera de la Cruz Verde que en tiempos de la Revolución inspiró el popular corrido “La Adelita”.

A finales del siglo XX, Guillermo Tovar y de Teresa publicó un libro demoledor: Crónica del patrimonio perdido. El catálogo de una ciudad empeñada en borrar los lugares de su memoria: los atroces hechos de la capital del olvido. La mayor parte de esa destrucción se ha centrado en la alcaldía Cuauhtémoc.

En una conversación con la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega surgió la idea de hacer en Cuauhtémoc una Ruta de la Memoria: instalar 100 placas conmemorativas que nos permitan abrir en las calles y en las plazas ventanas al pasado inmenso de la ciudad: hacer de la memoria un escudo: sacarla de los libros y los archivos para ponerla en el centro de nuestra vida diaria.

La primera de esas placas fue develada ayer. Me gusta pensar que, desde algunas esquinas, el pasado nos habla.

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