La semana pasada el MoReNa y sus líderes entonaron de nuevo la emotiva alabanza a “nuestros migrantes”, mientras que el zócalo era nuevamente expropiado por el ritual “campamento” de la CNTE, la Coordinadora Nacional (es un decir) de Trabajadores (otro decir) de la Educación (el máximo decir). Si el zócalo es “el corazón de la Patria”, la CNTE lleva sexenios recetándole trombosis coronarias.
¿Cuál es la relación? La CNTE acampa en el zócalo porque exige plazas magisteriales automáticas vitalicias, legalmente heredables o subastables, a cambio de educar a los niñitos en el odio al “sistema neoliberal”. Los “héroes vivientes” emigran para ganarse la vida en el sistema neoliberal y educar a sus hijos sin que la CNTE les diga cómo y, de pasada, subsidiar al país con sus remesas.
Para el MoReNa, que “nuestros migrantes” lo subsidien es un logro antineoliberal. Dudo que sean “nuestros”, un posesivo que pelecharon al verse obligados a emigrar: los migrantes son de sí mismos, me parece. Y más que solidarios con México lo son con sus familias. Y más que héroes, son trabajadores.
Los “héroes vivientes” viven sin más garantías vitalicias o plazas automáticas que las impuestas por el neoliberalismo de EU, al que abomina el gobierno del país que abandonaron y al que, con su “recurso” mantienen a flote. El Supremo AMLO presumió que el 33% del pueblo mexicano vive gracias a los 60 mil millones de dólares anuales que envían los 10 millones de migrantes subyugados por el neoliberalismo yanqui. Es “la principal fuente de ingresos que tiene el país”, blasonó, y hasta los vitoreó en “El Grito”. Nunca comparó esas remesas con las pérdidas de PEMEX ni con los trenecitos del Pueblo. Sólo le faltó decir que los migrantes son nuestro mejor producto de exportación.
En los estados sureños que domina la CNTE, las remesas alcanzan el 11% del PIB: es decir que hasta la CNTE vive de ellos. ¿Qué opinarán los migrantes? El sociólogo Benjamin T. Smith explica en la revista Dissent que el 36% de los maestros de la CNTE “heredan” su plaza a sus familiares, que tienen el derecho a subastarlas a inversionistas que compran así una renta vitalicia. Pero al mismo tiempo, sus alumnos tienen 25% menos clases que en el resto del país. Que la CNTE haga paros y bloqueos contra las escuelas privadas es, claro, la paradoja final: su inversión en la industria del migrante.
La CNTE, agrega Smith, ha creado “una aristocracia laboral” que desprecia cualquier atisbo de meritocracia y, al mismo tiempo ha creado un gran “mercado negro” de venta de plazas. Esto ha convertido a la CNTE en una gran fuerza política de “empresarios de izquierda” que invierten en paros y huelgas para lograr cada vez mayores rendimientos políticos. El resultado es que sus alumnos (sus víctimas) se pasan en promedio uno de sus seis años de su educación primaria mirando las huelgas, marchas y bloqueos de sus maestros que jamás serán vencidos.
¿Qué hace el Pueblo bueno? Una “migración masiva” que conduce a familias enteras a los estados del norte de México en busca de trabajo para pagar escuelas privadas para sus niños o, de ser posible, a California para inscribirlos en las escuelas públicas (explica otro investigador, Jeffrey Cohen) y donde aprenderán a ganar “recurso” que enviar a México para graduarse a “héroes vivientes” en el combate contra el neoliberalismo. ¿Podría haber algo más neoliberal?
Y mientras tanto, la CNTE, que en el zócalo declaró sumariamente “fascista” a Sheinbaum, grita “¡Adelante, adelante, que la lucha es constante!”. Error pedagógico: no es constante, es interminable.

