“Dios no juega a los dados”. A menudo escucho esta frase en boca de las más diversas personas. Si les soy absolutamente sincero, no sé bien cuál es el contenido de esta sentencia, aunque conozco su origen, proveniente de la física. Comenzando porque me considero ateo, pero principalmente porque lo que ha sido importante en mi vida y en el arte, siempre ha estado de la mano de aquello que las personas comunes conocemos como “azar”. He escrito ya demasiadas veces que inventamos un orden para sobrevivir al caos, como en su momento lo planteó el filósofo y matemático C.S. Peirce: “En grado de importancia el azar es lo primero, la ley lo segundo y la tendencia a adquirir hábitos lo tercero”.

No encuentro nada trascendente en un dios adicto a los casinos. Podría afirmar, que si hay un dios este es el caos. Sin embargo, David Hume creía que dios no es accesible al conocimiento humano. A quien le interese el tema, le recomiendo dos cosas. La primera es pensar por sí mismo. La segunda es leer La domesticación del azar de Ian Hacking, en cuyas páginas trata acerca del determinismo en la ciencia, de la fortaleza de la estadística, y del desmadre en el que estamos inmersos los seres humanos a la hora de convivir, de pensar y actuar. Yo no puedo profundizar en el tema, puesto que la mía es una columna, humilde en su extensión y que puede leer cualquier lector, incluso descuidado. Se trata de un tema que resulta interesante por sí mismo (el determinismo, la necesidad y el azar) y que en su momento fue tratado a fondo por primera vez por Ernst Cassirer. Yo no añadiré nada más, excepto que no comprendo la maldita frase que cité al principio, ya que creo que azar es constitutivo de la vida del ser humano. En una de mis más queridas novelas de Dostoievski, El jugador, un apostador ruso le dice a un francés que este no comprende el juego y que los rusos juegan para perder. Ese es el sentido de la apuesta porque nos da noticias del temperamento humano y del mundo en que vivimos.

Ian Hacking comienza su libro aludiendo a que el hecho más importante del siglo XX, en el campo de la ciencia, fue darle la espalda al determinismo (la lógica, la necesidad, la causalidad de las cosas). Quiero decir que Dostoyevski ya había considerado el caos y la derrota de la exactitud en la moral humana antes que Peirce. Ahora bien, en su libro (Gedisa; 1990), Hacking observa como las estadísticas o la ciencia estadística mermó la certeza del determinismo científico y desde finales del siglo XIX la ciencia dejó de ser la misma a razón de que la estadística y el indeterminismo comenzaron a ser importantes en su universo. Se pensó que la estadística domesticaba al azar en la naturaleza y en la sociedad también. Tiene razón el filósofo y sociólogo, Hacking, sobre todo en su confianza en que el orden sobrevive a un caos primigenio. Ahora bien, en cuestiones éticas la estadística encuentra límites enormes. De ello nos da constancia la literatura, el devenir en la vida, la complejidad de los sentimientos, la pasión impredecible y demás.

Hoy en día, se nos sepulta bajo una luz de datos interminables que nos ayudan en gran medida a predecir y a conocer ciertos hechos (en ciencia, sociología, etc...), pero son incapaces de dominar el caos intrínseco que fundamenta o da vitalidad al comportamiento humano. En mi propia vida, como dije, he experimentado situaciones inesperadas (económicas, enfermedad, muerte) pese al minucioso cuidado y orden que siempre tuve al respecto. Por otra parte, la Inteligencia Artificial es una magnífica herramienta que auxilia al quehacer humano; simula, a partir de una estructura causal o algorítmica y una cantidad infame de datos, la inteligencia humana, pero no la sustituye; además de que el ruido acerca de ella me hace bostezar profundamente.

Termino escribiendo que el desorden político (lo acentúo porque importa a la comunidad), si bien es espejo del caos que rige al universo, material y ético, no ayuda en nada a los seres humanos. Hacer leyes eficaces y cumplir con la ley ayuda a construir ese orden al que me refiero. Hacking termina su libro citando al poeta Stéphan Mallarmé: “Un tiro de dados nunca anulará al azar”.

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