Para quien la lectura es un acto necesario si desea llevar a cabo una vida más amable, emocionante o especulativa, resulta inocuo el desprecio o indiferencia hacia la literatura por parte de sus contemporáneos. En vista de que considero la política: esencialmente una conversación, y la lengua: el tramado que llama a la relación o convivencia entre los individuos de una comunidad, me parece que la ausencia de una imaginación nutrida por la literatura lastima, en su ser más profundo, la tranquilidad a la que aspira cualquier persona que tenga entre sus planes vivir en paz o vivir alejada de las acciones depredadoras. Si un filósofo ha comprendido el pensamiento de Rousseau tal como yo lo entiendo, ese es Ernst Cassirer. De ninguna manera el francés dividía a los seres humanos en buenos o malos, entre naturales o artificiales, pues sólo buscaba el autoconocimiento humano a partir de grandes premisas que tenían como propósito ofrecer a la sociedad leyes inteligentes.
Creo que más allá de las diversas definiciones de inteligencia que pueda aportar la ciencia o las diversas disciplinas sociales, yo quisiera seguir a H-G. Gadamer en su idea de que un ser inteligente es aquel que comprende o se encuentra al tanto de la circunstancia en la que vive. No lo escribió exactamente de este modo en Verdad y método, pero es hacia allá a donde justamente se orienta su definición. Ser inteligente no es sólo saber interpretar los estímulos de nuestra circunstancia, sino adaptarlos a una especie de razón siempre puesta en duda, cambiante y plástica. De allí que vea yo la Inteligencia Artificial tan solo como una herramienta que puede ser utilizada para los más diversos objetivos (benéficos o desastrosos), pero que no sustituye de ninguna manera a la capacidad de inteligencia humana, ya que de hacerlo tendría no sólo que sentir y poder anticiparse a los más imprevistos accidentes, sino administrar un conjunto de datos que, numéricamente, tiende hacia el infinito. No en vano, Hilary Putnam, dedica todo un capítulo de su libro Como renovar la filosofía, a mostrar que la inteligencia artificial no sustituye a la humana: solo la imita. Estoy de acuerdo y añadiría que tal imitación es tan superficial que haría sonrojar a cualquier lector de filosofía o buena literatura.
¿Qué tiene la literatura que ver con todo lo bosquejado en los párrafos anteriores? La literatura crea problemas benignos, es decir se hace preguntas complejas que tarde o temprano afectan la vivencia cotidiana de los seres humanos y de las comunidades donde estos habitan. Tal vivencia influye necesariamente en la edificación de normas morales, códigos civiles, leyes elásticas que dirimen el horizonte de los acuerdos y desacuerdos normales en toda convivencia. Y también influye en los actos de locura creativa, ampliación del mundo imaginado y emociones de placer o desgracias sentimentales. De allí que me atreva a decir que gran parte de los dilemas sociales y políticos de la actualidad son debidos a la ausencia de lecturas. ¿Cómo podemos imaginar un mejor futuro o un progreso moral sin el estímulo lingüístico de la imaginación? Es en el andar dentro de la literatura donde creamos horizontes de vivencia, puesto que en ella el mundo —como circunstancia del sujeto— se amplía, se miente a sí mismo creando novedosos paradigmas morales o éticos y llevando, vía la mentira verdadera (novelas de ficción, filosofía, etc.), una especulación de lo que somos. La filósofa Victoria Camps escribió con razón que toda política es una ética, y si utilizo indistintamente las palabras ética y moral es porque ambas nociones, más allá de la liturgia especialista a la que dan lugar ambas voces, determinan la conciencia de lo que nos conviene o no, con el propósito de avivar el progreso moral; en suma: la literatura amplía la posibilidad de tener conocimiento de la circunstancia dentro de la que uno existe, vive, progresa o se destruye.

