Dime a quien admiras y entonces, acaso, tendré noticias de tu catadura estética y moral. En estos días, cuando suele dedicarse un espacio colosal a personajes inclementes o dañinos a toda sensibilidad humana, quisiera hacer una pausa y ofrecer a los lectores un breve elogio dedicado al arquitecto mexicano Eduardo Terrazas (1936), en sus noventa años de vida. No ceso de estar de acuerdo con Friedrich Schiller (Cartas sobre la educación estética del hombre) cuando afirma que el arte procura la armonía entre los seres humanos y crea lazos que fortalecen la mejor relación entre estos. Sin embargo, el arte es también introspección pura, curiosidad innata y deseo de adentrarse en el cosmos a partir de los sentidos y el pensamiento; quiero decir que el arte nos impulsa a vivir de manera “consciente” la circunstancia que habitamos y que se explaya en pos de un caos que es mundo, tierra y vitalidad. Los arquitectos suelen ser dominadores del espacio, jerarcas de las ciudades habitables, patriarcas del horizonte; sí, pero existen algunos más complejos y humanistas. Uno de ellos es Eduardo Terrazas, quien no es solamente un arquitecto célebre, sino, sobre todo, un artista en cuya obra gráfica se reúnen especulación científica, reflexión de su tiempo y crítica acerca de su propio quehacer. Eduardo ha logrado tender hilos que relacionan la geometría, el diseño, la pintura, el afán de conocimiento y el deseo de inventar un orden ficticio e inteligente, capaz de enfrentar al caos y a la vieja voluntad de poder (Schopenhauer; Nietzsche; Lyotard...) que parece gobernar todos nuestros actos.
Espero que mis palabras dibujen un bosquejo de lo que representa el arte para aquellos que se hacen preguntas agudas e impertinentes acerca del mundo que habitan o en el que sobreviven. No todo artista asume la gravedad del desasosiego que nos obliga a hacernos preguntas carentes de respuesta. Es el acto de preguntar lo que nos torna humanos, más allá de las respuestas que inventamos para darnos confort. Alguna vez escribí: “Las formas o estructuras abstractas de la imaginación sumadas a un deseo de expresión que nos ofrece noticias de la realidad son, en mi opinión, venas que abren cauce a las obras de Eduardo Terrazas”. Y añadí: “Un artista puede considerarse tanto más genial o singular en cuanto más personas encierra o contiene dentro de él; es decir, cuando se escapa de la apabullante conciencia de encarnar en un ser único y sin fisuras; el artista se expresa cuando se convierte en una pregunta abierta, no en una respuesta soberbia. Después de una larga vida todos los hombres o mujeres que fuimos se reúnen, ya sea para coincidir o, al contrario, demostrarnos que la coincidencia es imposible: estamos condenados a no reconocernos en lo que somos o hacemos.” Si no fuera así, entonces vivir resultaría inútil: una repetición que nos aloja dentro de una prisión cuyos muros trazan los límites de la imaginación. Las respuestas cierran el mundo, no lo descubren.
No podré escribir, en esta modesta columna, el efecto que los constructores de dudas y preguntas como Eduardo Terrazas han causado en los testigos más audaces de su obra. Los artistas sometidos a un espacio mercadotécnico, “contemporáneo” o representativo y superficial, podrán difícilmente acercarse a los creadores de preguntas, arquitectos del desasosiego, vividores y exploradores de un cosmos o un universo que llena de vitalidad nuestros temores. La obra de un artista que coincide con la angustia propia del sujeto humano no es común en estos tiempos. No les contaré acerca del quehacer del arquitecto Terrazas —estas palabras son sólo un garabato de mi admiración hacia su impulso filosófico —, ya que es imposible despertar a quienes duermen, incluso estando despiertos. No añadiré más: felicidades arquitecto, sus noventa años edificando dudas son un estímulo para continuar cultivando la caótica razón que acompaña a toda geometría, matemática u orden pasajero.

