La versión de la Odisea de Chirstopher Nolan, más que celebrar las hazañas de Odiseo, la película parece interesarse más en el peso moral de sus decisiones. El héroe no sólo enfrenta monstruos, dioses y tempestades: sobre todo, carga con las consecuencias de aquello que hizo para sobrevivir y vencer. No es el Odiseo glorioso de los cuentos épicos, es un hombre perseguido por sus propias determinaciones.

Mientras veía la película no pude dejar de pensar en la polémica generada por el examen de ingreso 2026 de la UNAM, aplicado por primera vez completamente en línea. Las denuncias sobre posibles trampas, el uso de herramientas de inteligencia artificial, las fallas técnicas reportadas por numerosos estudiantes y las dudas sobre la equidad del proceso dejaron una sensación difícil de ignorar: aún si el procedimiento logró realizarse, algo importante quedó comprometido.

Cuando Troya cae y la estrategia del caballo funciona, Odiseo triunfa. Y Nolan nos obliga a hacernos una pregunta incómoda ¿valió la pena?, ¿qué quedó destruido para alcanzar esa victoria?

Algo parecido ocurre con quienes incurrieron a trampas o ayuda externa para pasar el examen o, incluso, obtener los más altos puntajes. Es posible que hayan alcanzado el objetivo inmediato: lograr un lugar en la universidad. Sí, habrán obtenido la tranquilidad temporal de haber conseguido ese resultado, pero a costa de haber reemplazado la confianza en sus propias capacidades, la confianza en sí mismos, a costa de renunciar a razonar con su propia cabeza. La trampa pudo haberles abiertos la puerta, pero difícilmente silenciarán la conciencia.

Otra parte de la historia también merece ser contada. La UNAM decidió modernizar su propio proceso de admisión. El objetivo era loable: ampliar el acceso, aprovechar las herramientas digitales y facilitar la participación de las juventudes residentes a lo largo y ancho del país. Pero esa innovación tecnológica exigía una responsabilidad proporcional a sus riesgos.

Si el sistema permitió conductas indebidas, si dejó fuera a aspirantes que actuaron honestamente debido a las deficiencias técnicas o mecanismos de supervisión insuficientes, entonces la discusión no es únicamente tecnológica. El problema entonces no consiste sólo en que un gran número de personas hayan vulnerado las reglas, sino en que el diseño del procedimiento pudo haber comprometido la igualdad de condiciones que debe caracterizar un concurso de ingreso a la educación superior.

Hay otra escena de la película que rescato de la memoria. Odiseo se encuentra con los guerreros muertos durante la guerra, aquellos que no recibieron los ritos funerarios que les correspondían. No son enemigos. Son los costos invisibles de sus propias decisiones, las vidas que quedaron suspendidas por una victoria que, desde ese punto de vista, ya no parece tan gloriosa.

La escena me recordó a miles de aspirantes que hoy dudan de la limpieza del proceso. Quizá muchos nunca sabrán si quedaron fuera del proceso porque otros hicieron trampas, porque el sistema falló o simplemente porque no alcanzaron el puntaje suficiente. Esa incertidumbre permea alrededor el proceso de ingreso de una institución cuyo prestigio se ha construido sobre la idea de que el esfuerzo, el mérito y la integridad moral son el camino para acceder y desempeñarse en sus aulas.

En la Odisea de Nolan no hay lugar para héroes implacables o villanos absolutos. Nos recuerda que decisiones importantes producen consecuencias que permanecen mucho después de haber alcanzado la victoria. Tanto los aspirantes que decidieron hacer trampa, como la institución que administró el nuevo sistema, conviven y se enfrentan ahora con las consecuencias de sus propias decisiones. Unos cargarán con la duda sobre el mérito de su propio logro, que pondrán a prueba en el examen de control. La otra, le hace frente a la responsabilidad de asegurar la confianza pública en el ingreso a la universidad más importante del país, mediante un proceso que asegure igualdad de oportunidades, transparencia y rectitud. Al final la pregunta que queda en el aire no es la de quién ganó y con qué medios, sino qué estamos dispuestxs a perder para obtener lo que queremos.

Guadalupe Salmorán Villar. Investigadora del Instituto de investigaciones Jurídicas de la UNAM, Coordinadora de @IIJUNAMElector y Profesora Visitante [Fellow In Residence] del Center for U. S.-Mexican Studies de la UC San Diego. X: @gpe_salmoran

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