Sí. Así de claro. Para el socialismo, las personas son barro, y esa arrogancia tiene consecuencias de pesadilla.
Entre la galería de los horrores del siglo XX, uno de los peores fue el Holodomor, la desgarradora hambruna desatada en contra de los ucranianos por órdenes de Stalin principalmente en los años de 1932 y 1933. Aunque la cifra real de muertos nunca se sabrá con certeza, una declaración respaldada en las Naciones Unidas tanto por Ucrania como por la propia Federación Rusa y otra veintena de países apunta a que “perdieron la vida de 7 a 10 millones de inocentes, fue una tragedia nacional para el pueblo de Ucrania… a resultas de la guerra civil y de la colectivización forzosa”.
El lenguaje diplomático es incapaz de transmitir plenamente el horror de lo que sucedió: la desesperación de millones de personas que escapaban de sus pueblos buscando algún mendrugo de pan en las ciudades, en las que eventualmente el hambre se volvió incluso peor; la desesperanza de los campesinos obligados a entregar el grano que ellos habían cosechado a las bodegas del gobierno comunista, de donde se desvanecía; la desesperación de las madres que veían como sus hijos se consumían en hambre ante sus ojos.
Peor aún, la angustia de quienes recurrían al canibalismo en un último intento por permanecer vivos. Y aquellos ucranianos no fueron los primeros caníbales forzados por el delirio soviético, desde los años de Lenin, incluso en el propio territorio ruso se reportaron múltiples casos, hasta el punto de que años después el gobierno tuvo que lanzar una campaña gráfica “en contra” del canibalismo.
No es algo aislado. Son tragedias que se extienden a lo largo del mundo, desde la hambruna rusa de 1921 y el ya citado Holodomor, hasta los millones de muertos a causa del fallido “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural” de China, pasando por las masivas “purgas” soviéticas, los Jémeres Rojos, que mataron a más del 20% de la población de Camboya en menos de 5 años (1975-1979) y la hambruna de Corea del Norte, que mató hasta a un 15% de la población de dicho país en la década de los 90’s.
Ante la Gran Hambruna en Ucrania, como ante el resto de los terribles crímenes cometidos bajo el manto del socialismo, la izquierda ha reaccionado primero negando los hechos y luego, cuando ya no tiene otra opción, presentándolos como un desafortunado y aislado error. Mienten, no es así.
Esos crímenes atroces no son un gaffe, una coincidencia o defecto imprevisto, sino una parte fundamental del diseño socialista, que percibe a los seres humanos como “poco más que barro”, disponible al capricho de los iluminados que le darán forma a la sociedad perfecta.
Ya en 1850, Fréderic Bastiat denunciaba este fenómeno, explicando que “del mismo modo en que, de acuerdo a su capricho, el jardinero les da a los árboles forma de pirámides, paraguas, cubos, conos, vasos o abanicos; el socialista, siguiendo su quimera, le da a la pobre humanidad una forma de grupos, series, círculos, semicírculos, panales o talleres sociales”. Como así también, “para todas estas personas, las relaciones entre la humanidad y el legislador parecen ser semejantes a las que existen entre el barro y el artesano.”
Conforme el socialismo llegó al poder, esa cruel arrogancia (que Bastiat había diagnosticado de manera brillante entre los intelectuales) se filtró y se expandió en los políticos, los militares y los activistas. En su libro “Red Famine”, Anne Applebaum recoge el testimonio escalofriante de un militante comunista, llamado Lev Kópelev: “Nuestra gran meta era el triunfo universal del Comunismo, y para alcanzar esa meta todo era permisible: mentir, robar, destruir a cientos de miles e incluso a millones de personas, a todos los que estaban estorbando nuestro trabajo o a los que pudieran estorbar, a todos los que se interpusieran en nuestro camino.”
Con idéntico sadismo, Walter Duranty, el infame corresponsal del New York Times en la Unión Soviética, que ayudó a ocultarle al mundo la gravedad del Holodomor, afirmaba que “podría alegarse que la vivisección de animales vivos [sic] es algo triste y espantoso, y es cierto que no ha sido feliz lo que les ha sucedido a los kulaks y a otros que se han opuesto al experimento soviético…pero en ambos casos el sufrimiento se provoca con un noble propósito.”
En el fondo, eso mismo siguen creyendo los socialistas: el “noble” fin de sus utopías particulares justifica el medio de la destrucción de las vidas ajenas.
En su penúltimo libro, Jean-François Revel escribió que, “para deshonra de Occidente, el Muro de Berlín fue finalmente derribado, no por las democracias en 1961, como fácilmente podrían haberlo hecho, sino por los propios pueblos subyugados casi 30 años después”.
Tiene razón, y yo añadiría que esa deshonra va mucho más allá. El socialismo “científico” surgido de la ociosa burguesía intelectual europea, chapoteó en la sangre, la vida y la esperanza de cientos de millones de personas. Esas que para el socialismo valen lo mismo que el barro quemado en una olla mal hecha y arrojada en pedazos al fondo del taller, mientras que los “nuevos intelectuales” buscan “nuevo barro” para darle forma a la “nueva utopía”. Y el ciclo se repite.
Doctor en Derecho, profesor, escritor y consultor político. Su nuevo libro “La trampa de la Certeza: Y otras reflexiones sobre todo lo demás" se publicará el 20 de agosto de 2025.

