La escena política ofrece el paisaje de un pantano de aguas negras que crece más rápido de lo que la naturaleza puede procesar. En este caso, la “naturaleza” es el sistema político copado y topado por Morena con la intención de mantenerse indefinidamente en el poder. El libro reciente del exconsejero jurídico de la Presidencia, en el que revela la mecánica íntima del gobierno de AMLO, se suma a los trascendidos, rumores, chismes y filtraciones sobre la corrupción que impera en un régimen que fue despojado de las instituciones de rendición de cuentas y transparencia que se tuvieron en un pasado que ya empieza a ser remoto. El libro se suma a la cadena de publicaciones que pretenden dar cuenta de las corruptelas, complicidades y otros casos que ofrecen crónicas de la corrupción en el gobierno y el partido en el poder.
El movimiento-partido (dicho sea sin doble sentido) que se ofreció al país como la alternativa para la “regeneración” de la vida nacional y que, en virtud de esa promesa, ha acaparado el poder en una tendencia monopólica imparable, ha resultado en dos gobiernos en los que el cáncer de la corrupción se presenta con la mayor crudeza. Los testimonios de expertos y exfuncionarios judiciales han señalado, entre otros, que los fraudes en Segalmex y el huachicol fiscal son los más grandes que se han visto en la historia de México. Hay que subrayar la palabra visto, porque lo que nunca vimos a lo largo del siglo XX no quiere decir que no haya ocurrido bajo el manto de opacidad y secrecía que caracterizó al sistema de partido hegemónico, cuya repetición hoy se intenta.
En cualquier régimen político existe la corrupción. Las diferencias de forma y grado consisten en que los sistemas que la resisten y combaten tienen instrumentos eficaces y exitosos para prevenirla y castigarla, mientras que los que se abren de par en par ante su presencia y sus efectos corrosivos no los tienen. Nuestro país figura entre los segundos en los que la corrupción no es simplemente soborno o ilegalidad, sino degradación general del cuerpo político. En 2025, fuimos calificados en el puesto 141 de 182 países examinados por el Índice de Percepción de la Corrupción. Desde el año 2000 no hemos hecho sino empeorar.
En este espacio hemos insistido en que los gobiernos de Morena y aliados no forman parte de un nuevo ciclo de regeneración —para seguir usando la palabreja—, sino probablemente el punto más bajo de degradación de las estructuras políticas del país. Como muchos otros, hemos señalado que este movimiento-partido ha sido formado por los residuos de lo que fuera el mítico “nacionalismo revolucionario” y la izquierda más autoritaria y atrasada. Los primeros siguen venerando los mitos del estatismo autoritario e ineficiente (que, por cierto, el gobierno actual se empeña en revertir sin que se note), mientras que los segundos aún suspiran melancólicos con el recuerdo de Lenin y sus epígonos.
La corrupción es, pues, sistémica. Vale reiterarlo ahora que los escándalos aparecen más rápidamente que la capacidad de reacción y ocultamiento. Porque en vez de perseguir a los presuntos (o no tan presuntos) responsables, el gobierno dilata, diluye, evade el problema y, con ello, se extravía.
Para Nicolás Maquiavelo, la corrupción era un factor central en la evaluación de un régimen. Para el fundador de la política como ciencia, la corrupción generalizada refleja la corrosión de las costumbres, las instituciones y la capacidad de una república para sostener su libertad. Nada más, pero nada menos.
Investigador del IIS-UNAM. @pacovaldesu

