A principios de siglo, el periodista Thomas Friedmann escribió un libro seminal sobre la globalización: el mundo es plano. Se refería a la integración global de producción de riqueza, de innovación, de productos, de creación de talento. Las fronteras se diluyeron tras dos acontecimientos centrales: la caída del muro de Berlín y la apertura de China.

Los motores de esa fuerza aplanadora eran temas como la deslocalización (empresas ubican sus centros de producción fuera de sus países de origen); el outsourcing o tercerización (subcontratar servicios fuera de la empresa); las plataformas colaborativas (como wikipedia, en donde los usuarios enriquecían contenidos) o las cadenas de suministro, en donde un solo producto se ensambla con componentes producidos en diferentes partes del mundo (un iPhone involucra producción en 43 países).

Ese mundo está en proceso de extinción.

El nuevo mundo está naciendo de dos shocks: el Covid y el regreso del proteccionismo.

La pandemia dislocó las cadenas de suministro. El confinamiento generó la imposibilidad de producir y trasladar desde la lejanía los componentes que daban sustento a la gran fábrica mundial. Llegó la escasez: de chips, de autopartes, de baterías, semiconductores, etc.

Casi de manera simultánea, llegaron al poder los populismos nacionalistas. Los motores de la aplanadora mundial habían destrozado, alegaron, la generación de empleo y el tejido social que implicaba la existencia de empresas y proveedores locales.

El mundo plano trajo, bajo esta visión, un ganador indiscutible: China.

El Coloso asiático vio crecer su economía 9 veces de1995 al 2024. Su PIB se disparó de 2 billones de dólares a casi 19 billones. El PIB per cápita se disparó de 604 dólares a más de 13 mil: 21 veces más. Sus exportaciones pasaron de 150 mil millones de dólares a 3.3 billones de dólares.

Se gestó, pues, una superpotencia de alcance global.

Así, bajo estas dos fuerzas, el mundo comenzó a reconfigurarse.

Ahora se regresa a la política de bloques. Las inversiones retornan: a la proximidad (relocalización), a los países de origen (repatriación) o a los socios (friendshoring).

Estados Unidos impulsa el regreso de la producción a sus fronteras o, en el peor de sus casos, a sus socios Canadá y México. De paso, trata de expulsar a China del continente, particularmente de Sudamérica. Alemania trata de romper su dependencia de Rusia. La India diversifica sus lazos comerciales y económicos para reducir su centralización con respecto a China.

Las naciones alzan aranceles para promover la integración regional, encareciendo el comercio electrónico global.

El mundo ha vuelto a ser redondo.

Entender este proceso —-que ya lleva años— generará nuevos jugadores regionales de influencia.

Para ganar un juego, hay que entenderlo.

Dominar sus reglas.

Y saber jugar las fichas a tiempo.

@fvazquezrig

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