Nos despertamos el domingo con la voz de alarma: “¡Han matado al Mencho!”. Esas cuatro palabras decían todo. El Mencho, conocido familiarmente ya por la opinión pública y la opinión publicada, era un personaje mitológico y al mismo tiempo trágico. Nacido pobre, ascendió en el mundo de la ilegalidad a base de violencia y traiciones. Muerto a muerto fue subiendo en las listas de los más buscados. Él decidió estructurar al Cártel Jalisco Nueva Generación, como una organización fuertemente jerarquizada, hipervertical y cohesionada bajo disciplinas garantizadas con la vida de sus miembros. Desde el principio, este talante se manifestó en alardes como el presentarse como una organización militar con armamento potente y sofisticado. El Mencho no tuvo reparos en señalar que tenía el grado de organización y fuerza para enfrentarse a las fuerzas armadas. Su leyenda como líder sanguinario creció. Proyectó su temperamento a fin de establecer una red territorial basada en la extorsión, el tráfico humano y el trasiego de drogas.

Si bien durante el operativo no hubo bajas, en las siguientes horas los miembros de la organización atentaron contra miembros de la Guardia Nacional y a saber, una treintena de dichos servidores públicos fue masacrada. A estas horas, quien escribe no conoce de nuevas secuelas de violencia. Es obvio que vendrán oleadas. El excesivo centralismo en la organización del cártel lleva a pensar que no va a haber una sucesión pacífica. La excesiva concentración de poder en manos del Mencho necesariamente incide en una debilidad estructural de la organización. Lo más predecible es que venga una desarticulación en varios grupos regionales y un reacomodo de fuerzas con otras organizaciones del país. Algunos romperán e irán a buscar alianzas a quienes por su capacidad de corromper o amedrentar tengan influencia territorial. Otros empezarán a pretender dominar zonas mediante el exterminio o cooptación de grupúsculos remanentes de otros cárteles.

El domingo se verificó lo que debe ser un punto de inflexión para el régimen político mexicano. No se puede enfrentar a la violencia criminal sin actos de fuerza consistentes y tácticos para defender la soberanía del poder político. No se debe prescindir de una política social y económica que evite que estas organizaciones se apoderen de la actividad económica y el reclutamiento de los más jóvenes. La delincuencia organizada es un riesgo de seguridad nacional en tanto que expresa una realidad de poder oponible a los órganos constitucionales. Esto es intolerable. Cualquier rendición en este punto tiene el rango de traición a la patria.

Coincido que es inoportuno en este momento lanzar las campanas al vuelo por una rectificación que viene llegando o para expresar una condena para un pasado que no se ha ido. Sin perjuicio de lo anterior, este análisis debe hacerse evitando sesgos partidistas. Ya son muchas las aproximaciones y las rectificaciones que se han hecho en estos temas desde principios de los noventa. Desde la renovación moral de Miguel de la Madrid, al domingo pasado, ha habido diversos escenarios y contextos que van afectando una política pública de seguridad. La principal tarea de nuestras fuerzas armadas es apoyar a las fuerzas de seguridad para sostener las condiciones que permitan una paz social y una represión de la violencia criminal. En donde la fuerza de la seguridad civil no alcance, le tocará al cuerpo militar tomar la iniciativa. Así fue el domingo, pero no puede ser así siempre.

La prioridad de una política económica y social es la de generar condiciones que nos permitan superar la pobreza de los más vulnerables. Eso pasa por generar actividad económica y promover que las diversas iniciativas productivas se encaucen en el marco de la ley para cumplir su función social. Esto no puede suceder cuando entre los políticos y los criminales no hay diferenciaciones claras. Por ello, la ley debe ser la frontera que los separe. Un sistema donde la corrupción impera o donde la violencia criminal puede más que la ley, es un mundo donde gobierna el más fuerte. Por un momento, este domingo percibimos que la fuerza y la ley estuvieron del mismo lado.

Abogado

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