Atravesamos la Semana Santa en un mundo convulsionado por el conflicto. Son tiempos de normalización de la violencia. Hemos denunciado que la ley del más fuerte sólo se justifica en los hechos. La fuerza, posterga a la moralidad y el resultado pretende justificar a los medios. Hoy, por ejemplo, Tierra Santa está atravesada por los agravios fratricidas. En su dimensión mítica se olvida que Isaac e Ismael fueron hijos de Abraham. Las autoridades católicas no pudieron celebrar los ritos litúrgicos que conmemoran a la Pasión. Jerusalén, que junto con Roma y Atenas constituyen la triada de donde surgen los fundamentos de la cultura judeocristiana, hoy calla con el silencio de los muertos y los torturados.

En este contexto, conviene establecer la diferencia entre la victimización y la expiación, diferencia que toca de manera directa una historia que no parece sanarse. En un conflicto, el reconocimiento de una de las partes como víctima, implica una adjudicación de poder. La víctima demanda y exige el castigo del victimario y reclama para ella la reparación del agravio. En este sentido, la revictimización constante, sobre todo cuando se produce desde la víctima misma, no soluciona el conflicto. La reparación exige necesariamente una concesión de poder, es decir, la superación de la victimización originaria. Aquí el victimario recorre el camino y carga con el peso de la penitencia como vía para la reconciliación y la víctima renuncia al conflicto al aceptar la reparación. El perdón desplaza al rencor y la concordia, a la venganza.

Por otra parte, la expiación se borda alrededor del reconocimiento de los agravios. El victimario se humilla ante la víctima y pide su perdón. La penitencia aplaca la injusticia sufrida por la víctima y plantea una salida al conflicto. En este sentido, el sacrificio expiatorio opera como un acto generoso en donde quien sacrifica acepta y quien reclama perdona.

Existe un tercer escenario en donde el ciclo de la violencia no es superado por ninguna de las partes. Los procesos de agresión son mutuos y su reiteración en el tiempo, sepultan la culpa originaria. Entre tanta venganza de ida y de vuelta, se olvida cuándo inició el conflicto y se asume que la guerra, es el estado natural que define a la relación. En estos casos, la reconciliación asume el carácter de una amenaza existencial para las partes. Superar los agravios pone en riesgo la identidad misma. Las partes se definen en oposición a sus rivales, sin ellos, se diluye su manera de ser y se desvanece cualquier sentido que le impregnan a su historia.

Este mundo anda urgido de penitencias y perdones. La complejidad de la vida moderna y la interdisciplinariedad que surge de la pluralidad, genera una realidad que parece inestable. No hay soluciones rotundas que no lleven la violencia implícita de no reconocer al prójimo. La reconciliación se construye sobre la diferencia y la coexistencia entre lo distinto. La normal aparición del conflicto como punto de encuentro entre lo diverso, tiene que procesar constantemente reclamos y desatinos.

En estos días de Pascua conviene recordar que sólo quien se entrega a la reconciliación encuentra una nueva oportunidad. Se dice muchas veces que hay que perdonar sin olvidar. No estoy seguro. El milagro de la resurrección implica reconocer una nueva piel y un cuerpo que resurge frente a sus heridas. Para que el amor sea más grande que la muerte, no puede ni debe ser cobarde.

Vivimos el peor de los mundos. Las grandes potencias invocan agravios históricos para justificar la violencia de su reclamo. Estados Unidos o Rusia justifican las agresiones presentes en precedentes sucedidos hace décadas. Para justificar la crueldad de sus acciones, satanizan a sus rivales. El mundo nuevo se actualiza en un “deja vu” de actos sucedidos en la Guerra Fría. Así las cosas, su identidad guerrera se construye sobre su papel como víctimas. Ante este dilema, igual sí conviene el perdón que olvida.

Abogado

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