—Sean ustedes cordialmente bienvenidos —dijo la presidenta al recibir y saludar de beso a los tres visitantes en su despacho de Palacio Nacional. Los invitó a sentarse.

—Antes de iniciar, una advertencia: lo que aquí se diga no sale de este despacho. Si se filtra sabré quién fue. Los expedientes existen y las consecuencias también. ¿Estamos?

Asintieron. El silencio se volvió incómodo.

—Muy bien —hizo la anfitriona un gesto aprobatorio—. A menos de que suceda una revolución, es prácticamente un hecho que uno de ustedes tres se colocará la banda presidencial en 2030. Faltan algunos meses, pero es aquí cuando los relojes toman vuelo y el tiempo deja de alcanzar.

—Sin duda. En esto, el tiempo siempre apremia —dijo uno de los caballeros. La mandataria abrió una carpeta de piel con el escudo nacional bordado en oro, sacó unas hojas impresas, se puso sus anteojos por unos segundos para revisar la primera hoja, se los quitó y continuó:

—¿Cómo está México? Por una parte, les estamos dejando un país ideal en términos de fuerza política. Hoy, los tres Poderes de la Unión responden a la Presidencia, al igual que las Fuerzas Armadas, la Suprema Corte, el INE, el Tribunal Electoral y un ejército de comunicadores que difunden lo que les pedimos. Desde tiempos del PRI, ningún presidente electo democráticamente había concentrado este nivel de control.

Los observó uno a uno.

—¿Quién no querría gobernar un país así?

Los tres sonrieron y la precandidata dejó escapar un suspiro. La presidenta sonrió y cambió el gesto.

—Pero dejemos hasta aquí los privilegios, porque una cosa es controlar nuestro sistema político, y otra muy distinta gobernar este país. Permítanme hablarles —sin tapujos— del México que gobernará quien me suceda.

Hizo una pausa breve y se aclaró la garganta.

—Quien llegue a la presidencia en 2030, administrará un Estado funcional en lo macro, inaccesible en lo territorial y con las arcas vacías.

—Desde hace muchos años, pero más a partir de 2018, el gobierno cedió —a cambio de un financiamiento incalculable— una parte sustantiva del territorio al crimen organizado, que lo gobierna de facto. Ellos deciden quién abre un negocio, quién transporta, quién construye, quién cobra y quién desaparece, todo ello, a cambio de que volteemos para otro lado. En estos lugares, el Estado solo existe en el papel.

—Si bien los homicidios bajaron, ya es inocultable que las desapariciones han sido el medio para manipular la estadística. El crimen ya no necesita matar tanto, pues, en la práctica, al hacerlo, pierde clientes potenciales.

La mandataria cambió de hoja.

—Las exigencias del grupo de Palenque que dieron lugar a la reforma al Poder Judicial, y que no pude detener por tratar de mantener la unidad del movimiento, han provocado una crisis sin precedentes en el sostén económico del país. El crecimiento es casi nulo, la inversión está contenida y la productividad no despega. La oportunidad del nearshoring se esfumó a Brasil, Costa Rica y Venezuela. ¿Quién lo diría? ¡A Venezuela! —exclamó la presidenta abriendo los ojos como platos e hizo un ademán de queja con ambas manos—. La nueva inversión extranjera es casi nula y sus empresas existentes se reconstituyen en otros países para no depender de juicios en México. La inversión nacional se reduce a los mismos de siempre y no hay jugadores de relevo. El empleo informal ya alcanza el 70% y, desde 2018 sigue siendo mayor el número de empresas que desaparecen que aquellas que surgen.

—En lo internacional, las cosas tampoco pintan bien, pues en las negociaciones del T-MEC, México resultó disminuido y, si bien, extendimos el Tratado, el precio por la degradación del Estado de derecho aquí, fue muy alto. Afortunadamente, ya se fue Trump y el nuevo presidente es mucho más accesible.

Respiró hondo.

—Y ahora voy a decir algo que nos incomoda a todos: el Estado ya no tiene fondos para sostener la corrupción estructural en la que lo metimos. En palabras simples, ya no hay nada por robar.

Los tres precandidatos voltearon hacia diferentes puntos del gran despacho, como no queriendo sentirse aludidos y hasta se alcanzó a escuchar un breve tosido.

—No nos hagamos los sorprendidos —continuó la mandataria—. Si algo me tranquiliza es que ustedes ya acumularon suficiente para heredar a varias generaciones. Todo el presupuesto está comprometido en deuda, pensiones, programas sociales, seguridad, el mantenimiento de Pemex y CFE, obras sexenales, y apenas lo mínimo en salud para evitar el colapso.

—Por eso la corrupción mutó. Gobernadores y alcaldes le han cedido al crimen organizado las labores de extorsión, cobro de piso, permisos y venta de drogas, a cambio de una jugosa comisión. Si quisiéramos fondos, habría que pedírselos —o arrebatárselos— a estos señores.

Tomó un sorbo de agua.

—Los programas sociales nos permiten seguir al mando, pero ya nos rebasaron. Los financiamos con deuda carísima, como consecuencia de las bajas en calificaciones crediticias. La disyuntiva es brutal: o reducimos las pensiones o nos deshacemos de las paraestatales insaciables. En ambos casos, el costo político es enorme.

—Por supuesto, toda la labor presidencial debe hacerse defendiendo a capa y espada a los nuestros, impidiendo, a toda costa, que sean señalados y juzgados.

—Para mí ya es demasiado tarde, pero a quien llegue a sentarse en la Silla del Águila, le aconsejaría que se atreva a hacer lo que yo no hice: deshacerse de Pemex y CFE y revertir las reformas Judicial y Electoral. Solo así —recuperando la confianza perdida— los fondos podrían volver a fluir. Porque, nos guste o no, este movimiento cargará con la responsabilidad histórica de la crisis que deja atrás.

Guardó las hojas, levantó la vista y bajó un poco la voz:

—El México que uno de ustedes recibirá en 2030 no es el mejor México, pero es el único que tenemos. Yo fracasé al no poder separarme de la sombra de mi padre político, pero, desde ahora, les prometo que no intentaré imponer reglas ni proteger a nadie. Además, no tengo a quién encubrir —hizo una última pausa y remató—. Solo les deseo que la historia no tenga razones para juzgarlos como lo ha hecho conmigo.

Se pusieron de pie. Uno de los dos hombres, apesadumbrado, preguntó:

—Presidenta, ¿es posible renunciar a la precandidatura antes del anuncio?

Ella asintió.

—Claro. Piénsenlo bien. Pasado mañana lo informaré a las bases y a la opinión pública.

X, Substack: @ferdebuen

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