“… si yo fuera ruso, ¡cuánto más contribuiría con una parte de mi actividad a la Rusia soviética que a la Rusia zarista! No podría comulgar con la nueva fe oficial más que con la vieja. Detestaría las acciones de los nuevos tiranos no menos que las de los viejos. Pero sentiría que mi mirada se dirigía hacia la posibilidad de hacer cosas, en lugar de apartarse de ella; que de la crueldad y estupidez de la vieja Rusia no podía surgir nada, pero que bajo la crueldad y estupidez de la nueva Rusia puede estar oculta alguna porción del ideal” (John Maynard Keynes, 1925, Breve panorama de Rusia, en Ensayos de persuasión, 1988, Editorial SÍNTESIS, España, pp. 273-4).
De los variados, en ocasiones opuestos, pronósticos del éxito o fracaso que alcanzaría el matrimonio de Maynard Keynes con Lydia Lopokova se podría escribir un ensayo; y del resultado de esa unión, llena de cuidados recíprocos, de una cuota significativa de amor y de otra (más voluminosa aún) de admiración, otro, mucho mejor documentado. Lo cierto es que, en 1925, tras la ruptura con un pasado homosexual, la nueva pareja amorosa y la duradera compañera intelectual de Maynard, la incertidumbre, tomaron un sitio esencial en la vida del gran economista.
“¿Hubo jamás una unión de belleza y cerebro como la de Lopokova con John Maynard Keynes?”, se preguntó John K. Galbraith en La era de la incertidumbre, p. 202; Harrod, el primer biógrafo de Keynes, cita a la viuda de Alfred Marshall: “Lo mejor que Maynard hizo en su vida” (1985, La vida de John Maynard Keynes, p. 420); Lytton Strachey se preguntaba: “¿Cómo podría Maynard haberse comprometido con aquel <<canario de cabeza hueca>> que revoloteaba entre los muebles, canturreando sin cesar, incapaz de disimular que no entendía prácticamente ni papa de inglés?”; “no te cases con ella”, advirtió Vanessa Bell a Maynard. “Una vez desposados, Lydia dejará de dedicarse a la danza, empezaría a resultar cara de mantener y pronto te aburriría insufriblemente”. “Creo que para Maynard es una verdadera tragedia”, concluyó Roger Fry. A Virginia Woolf el matrimonio de Maynard y Lydia le parecía “un error fatal” (citados, desde Lytton Strachey, en M. Holroyd, 1995, Carrington. Una vida con Lytton Strachey, Ediciones B, Barcelona, pp. 297-8).
Tras el matrimonio, durante septiembre del año de referencia, la pareja visitó a la Rusia soviética que experimentaba un trascendente debate relativo a los modos y ritmos de la industrialización, a la empatía o antipatía que en tal proceso debía dispensarse a la población agraria y a la mejor forma de dejar atrás al <<comunismo de guerra>> y sus pavorosas expresiones. En el centro de este Gran Debate se encontraban tres importantísimas figuras: Yevgueni Preobrazhenski, Nicolai Bujarin y León Trotski y otra, de mucho menor rango y totalmente prescindible, que fue Grigori Zinóviev.
Con este último es con quien Keynes tuvo algún pequeño contacto, de poca relevancia, aunque la impresión que adquirió en ese viaje le permitió publicar tres artículos en el Nation and Athenaeum, los días 10, 17 y 25 de octubre de 1925, titulados, respectivamente: << ¿Qué es la fe comunista? >>, << La economía de la Rusia soviética >> y <<La capacidad de supervivencia del comunismo>>. Posteriormente, les abrió un espacio, juntos, en los Ensayos de persuasión, titulándolos Breve panorama de Rusia.
Son trabajos elaborados con profundos sentimientos encontrados, donde toman su sitio una inocultable simpatía con aquellos que buscan algo bueno en la Rusia soviética, al lado de un profundo antimarxismo: “¿Cómo puedo aceptar una doctrina que erige como su biblia, por encima y más allá de la crítica, un libro de texto económico obsoleto, que sé que es no sólo científicamente erróneo, sino sin interés o aplicación para el mundo moderno?” Con otras palabras, pero en el mismo sentido, resulta importante recordar que, para Bujarin por lo menos, el capitalismo de las primeras décadas del siglo XX era considerablemente distinto al que vivió y estudió Marx; la publicación de sus obras: La economía mundial y el imperialismo y Teoría económica del período de transición, constituyen valiosos esfuerzos por poner al día al marxismo que, así, parecía (y ya era) obsoleto. Además, muestra un constante desprecio por las ideas sacadas de <<libros viejos>> y, en referencia a Lenin, se apresuró a admitir que no era suficiente con entonar el magister dixit (citado en Stephen F. Cohen, 1976, Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política 1888-1938, Siglo XXI España, pp. 261-2).
Tras la muerte de Lenin, florecieron diversas versiones de <<leninismo>>; algunas -sedicentes izquierdistas- seguidoras convencidas del texto Estado y revolución, empeñadas en establecer un tipo de dictadura del proletariado explotadora de los productores agrícolas. Otra, encabezada por Bujarin, pretendía desarrollar la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en inglés), como la mejor vía para encaminarse -por décadas- hacia el socialismo, en medio de una duradera economía mixta, dirigida por el Estado y comprometida con un desarrollo <<equilibrado>> entre la industria y el mundo rural.
La versión de marxismo vulgar, la que le metamorfosea en dogma y que es propia del Estalinismo mecanicista y claramente encarnada en la figura de Zinóviev, presumiblemente le hubiera parecido no marxista al propio Marx. La dogmatización es propia de la irracionalidad fanática y cosifica, en este caso al marxismo-leninismo, enclaustrándolo e impidiendo su propio desarrollo.
En el tuétano de sus convicciones, Keynes percibe al capitalismo moderno como “… un puro montón de propietarios y arribistas […] Si el capitalismo irreligioso, en último término, ha de derrotar al comunismo religioso, no basta que sea económicamente más eficiente: tiene que ser mucho más eficiente.
Uno empieza a preguntarse si las ventajas materiales de mantener el negocio y la religión en diferentes compartimentos son suficientes para compensar las desventajas morales […] existe un estado del espíritu, en el que no creemos plenamente ni un cielo que está en otra parte ni en un progreso como medio seguro hacia el cielo en la tierra, en el futuro; y si el cielo no está en otra parte ni en el futuro, tiene que estar aquí y ahora o no estar en absoluto.
… a mí me parece mucho más claro cada día que el problema moral de nuestra época tiene que ver con el amor al dinero, con el afán universal por conseguir la seguridad económica individual como principal objetivo del esfuerzo, con la aprobación social del dinero como medida del éxito constructivo y con la apelación social al instinto de acumulación como fundamento de la necesaria provisión para la familia y para el futuro […] Una revolución en nuestros modos de pensar y sentir sobre el dinero puede convertirse en el objetivo creciente de las personificaciones contemporáneas del ideal. Por tanto, tal vez el comunismo ruso representa los primeros balbuceos de una gran religión” (John Maynard Keynes, 1925, Breve panorama de Rusia, en Ensayos de persuasión, 1988, Editorial SÍNTESIS, España, pp. 270-272).
Aunque la causa formal de la muerte de Maynard Keynes, el 21 de abril de 1946, es una afección cardiaca; la gran decepción por el previsible destino de los dos gemelos de Bretton Woods, el FMI y el BIRF, puesto en las inexpertas manos de Harry Truman y que, por servir casi en exclusiva a los intereses estadounidenses, “… sería preferible que nacieran muertos”, fue, en mi opinión, la circunstancia que apresuró el deceso. Bujarin muere el 15 de marzo de 1938, ejecutado por los criminales Estalinistas; la irreligiosidad capitalista y la desfiguración comunista apagaron a estas dos extraordinarias vidas. Hay que evocarlos… conociéndolos.

