“Los objetos apropiados de contemplación y de comunión eran una persona amada, la verdad y la belleza, y los objetos primarios de la vida de cada uno eran el amor, la creación y fruición de la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento; el primero, a mucha distancia, el amor” (John Maynard Keynes, 1992, Mis creencias juveniles, en Ensayos biográficos, Crítica, Barcelona, p. 359).
Entre 1907 y 1930 se originó y desarrolló la vida del llamado Grupo de Bloomsbury. La creación y animación original correspondió a las hermanas Stephen, Virginia y Vanessa -a la sazón, Virginia Woolf y Vanessa Bell- cuyo hermano mayor, Thoby, era el brillante líder del Grupo de los Apóstoles, en Cambridge, al que pertenecían buena parte de quienes frecuentarían las tertulias celebradas, primero, en el número 46 de Gordon Square y, posteriormente, en el 38 de Brunswick Square, ambos en Bloomsbury. A consecuencia de una tifoidea, contraída en Grecia durante 1906, Thoby pierde la vida y sus hermanas, sin posibilidades normativas de hacer carrera universitaria, se encargan de convocar a los descabezados apóstoles interesados.
El elenco era, y sigue siendo, impresionante: Lytton Strachey, renombrado y heterodoxo historiador que ejerció un notable liderazgo sobre el grupo; Clive Bell, destacado pintor que, en 1907, se casó con Vanessa (también pintora); Leonard Woolf, editor y militante fabiano, casado con Virginia (reconocida gran escritora) en 1913; Duncan Grant, joven y brillante pintor enredado en relaciones sexuales con Maynard y con Vanessa; alrededor del grupo gravitaban talentos tan relevantes como -entre otros- el del mismo Bertrand Russell.
Keynes se muda desde 1911 a vivir en Bloomsbury y, en ese mismo año, Lytton le impone el apodo de Pozzo, por un diplomático corzo, Pozzo di Borgo: <<maquinador y hombre de muchas facetas>>. La actividad académica y burocrática de Keynes guardaba considerable distancia con las realizadas por el resto de los miembros del grupo, encaminadas a la producción histórica, literaria y pictórica. Al respecto, Strachey emitió la siguiente queja: <<Lo que me irrita de Pozzo es que no tiene sentido estético>> (Roy Harrod, 1985, La vida de John Maynard Keynes, FCE, México, p. 214).
Además del factor común de la creación humanística y estética, el grupo compartía -incluido Keynes- un legítimo amor por la paz; ello llevó a Lytton y a Maynard a convertirse en objetores de conciencia, en el amanecer de la Gran Guerra y, en el caso de Keynes, a sostener un breve y fructífero debate con León Trotsky cuando este despotricaba contra el fabianismo británico: “… es, tal vez, la forma más hueca y, en todo caso, la más aburrida de creación verbal […] A cualquier precio, estos pedantes autosatisfechos, estos charlatanes eclécticos, estos ambiciosos sentimentales, estos arribistas lacayos de librea de la burguesía han de mostrarse en su forma natural a los trabajadores. Mostrarles tal y como son significará desacreditar sus esperanzas” Cabe decir que las esperanzas fabianas consistían en arribar pacíficamente al socialismo.
La respuesta de Keynes resultó aleccionadora para quien siguiera esta confrontación: “Una exacta comprensión del proceso histórico, al que tanto Trotsky gusta referirse, se pronuncia, en el estado actual de las cosas, en contra de la fuerza y no a favor de ella. Más que nunca tenemos necesidad de un esquema coherente de progreso, de un ideal tangible. Todos los partidos políticos, sin excluir a ninguno, tienen su origen en ideas del pasado, no en ideas nuevas, y los que más, los partidos marxistas. No es necesario discutir sobre las sutilezas de aquello que autoriza a un hombre a imponer su evangelio por la fuerza; porque nadie tiene un evangelio. El primer paso adelante se hace con la cabeza; los puños deben esperar” (John M. Keynes, Trotsky sobre Inglaterra, en Ensayos biográficos, Op. cit., pp. 73-76 -las negritas me pertenecen, FNU-).
Otro elemento de cohesión del Grupo de Bloomsbury era un fuerte resentimiento con el orden victoriano por, entre muchas otras cosas, el martirio y destierro impuestos a Oscar Wilde. Por ello, el grupo se oponía a la moralina hipócrita del periodo: “Rechazábamos absolutamente la moral al uso, los convencionalismos y la cordura tradicional. Éramos, digámoslo así, en sentido estricto, inmoralistas. Ello ha coloreado profundamente el curso de nuestras vidas en relación con el mundo exterior […] por lo que a mí respecta, es demasiado tarde para cambiar, de modo que siempre seguiré siendo un inmoralista” (John M. Keynes, 1992, Mis creencias juveniles, en Ensayos biográficos, Op. cit., p. 369).
Con la publicación de Las consecuencias económicas de la paz (1919), Keynes adquiere su pertenencia plena al extraordinario grupo, no solo por la rebeldía mostrada en ese texto frente al orden establecido. La forma de escribirlo, comparable -si cabe- al extraordinario estilo con el que Lytton Strachey escribió Victorianos eminentes (1918), lo convirtieron, literalmente, en cuerpo (que ya lo ejercitaba) y alma (que así la adquirió), en un auténtico León de Bloomsbury.

