Hace 12 años, tras el asesinato de 13 jóvenes en el bar Heaven, sus madres —en su mayoría de Tepito— levantaron la voz exigiendo justicia. A su lado estaba Mayra Valenzuela: luchadora social, contestataria, incansable, irreverente y orgullosa hija del barrio bravo. Defensora radical de lo justo, exigió entonces acciones inmediatas de prevención de la violencia en Tepito.

Desde la Subsecretaría de Prevención de la Segob —donde trabajaba entonces— llegamos al barrio para atender la demanda. Nos recibieron Mayra y Lourdes Ruiz, la reina del albur. Mujeres fuertes, orgullosas, unidas por un carácter recio. Lo primero que nos dijeron fue: “¿Vienen solo para la foto o realmente a trabajar?”. Escépticas, nos pusieron una condición: asistir cada semana a sus reuniones en un espacio cultural. Y así lo hicimos hasta que nos ganamos la confianza de mujeres que desconfían de la palabra, pero reconocen la acción.

Ese encuentro marcó mi vida. Mayra y Lourdes me abrieron las puertas de Tepito: de su gente, sus calles, sus celebraciones y su historia. Un barrio estigmatizado por la piratería, la pobreza y la violencia, pero también solidario y combativo; cuna de campeones mundiales de boxeo, origen de la cultura sonidera y guardián de tradiciones ancestrales. Territorio potente y contradictorio, fértil para la creatividad y las oportunidades.

Desde entonces no dejamos de crear. Mayra, sin proponérselo, fue una preventóloga nata: constructora de comunidad y de paz. Con ella impulsamos la recuperación de espacios como el Maracaná y el Kid Azteca; el Safari Tepito con Daniel Giménez Cacho, donde abrió su casa para mostrar el corazón del barrio y promover el encuentro con el otro; las Islas de Paz junto a Néstor Núñez; el Encuentro Nacional de Juventudes VIRAL; el Tepitour, en el que los taxis eran motociclistas exprivados de libertad; y hasta la marca Si no es de Tepito es pirata, presentada en la Fashion Week de NY con Ricardo Seco. También promovimos talleres de música, clínicas de boxeo, acciones contra la violencia hacia mujeres y niñas y celebraciones comunitarias. Cada año Mayra renovaba el mural de su edificio como símbolo vivo de resistencia y fue figura central en el mural que pintamos de las 7 Cabronas de Tepito, un acto de memoria colectiva que reivindicó con orgullo la fuerza femenina del barrio. Líder comunitaria ejemplar, nos acompañó a foros en Ciudad Juárez, Michoacán, Tijuana, Mérida y otras ciudades, siempre poniendo en alto el nombre de Tepito, e incluso recorrimos junto a la hoy jefa de Gobierno, Clara Brugada, los rincones del barrio para mostrarle dónde ubicar la Utopía.

Mayra también tendió puentes improbables. Durante mi paso por la Cancillería, recibió a grupos de dreamers que viajaron desde Estados Unidos. Los llevó por las vecindades y les compartió la historia del barrio. Al regresar, cuando la entonces canciller les preguntó qué había sido lo que más les gustó de México, respondieron sin dudar: “Tepito, porque nosotros somos los Tepiteños de Estados Unidos”. Ese era el efecto de Mayra: hacer que cualquiera se reconociera en la dignidad y resistencia de su barrio.

La recuerdo en otra escena que la describe entera. Tras un foro internacional en la Ciudad de México, al ver que sobraba comida, propuso empacarla y llevarla a Tepito. A las once de la noche repartíamos cena a quienes dormían en la calle. Para ella la solidaridad no era discurso, sino acción.

Mayra fue energía y voz de lucha, motor incansable que abrió oportunidades para cualquiera con necesidades no resueltas. Miraba a su comunidad con amor y orgullo, convencida de su potencia cultural y humana. Hoy, al dejar el plano terrenal, su memoria queda en quienes tuvimos la fortuna de conocerla. Defensora de la identidad de Tepito e impulsora de proyectos que marcaron a su gente, nunca buscó reflectores: vivió en y para su barrio, con los pies en la tierra. En el centro de todo estuvieron siempre Noah y Diego, sus hijos, su fuerza y su razón de ser.

Mayra, cabrona de Tepito, gracias por tu legado de dignidad, resistencia y amor al barrio. Gracias por recordarnos que en Tepito —como en la vida— resistir también es un acto de amor.

@EuniceRendon

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