Durante años, el nombre de Floyd Mayweather Jr. fue sinónimo de perfección. Dentro del ring, no hubo rival que lograra descifrarlo, lastimarlo ni derrotarlo. El invicto se convirtió en su sello, en su marca personal y en la prueba irrefutable de que la inteligencia, la disciplina y la estrategia también podían ganar peleas.
Sin embargo, hay un terreno donde los reflejos, la cintura y el contragolpe no sirven de mucho. Un espacio donde no hay campana, rounds, ni jueces, pero sí desgaste, tiempo y paciencia. Ese terreno es el legal, y es ahí donde Floyd podría estar librando la pelea más larga —y peligrosa— de toda su carrera profesional.
La posible disputa con Showtime no es un pleito más. No se trata de una promotora improvisada, ni de un rival al que puedas manipular. Showtime es una institución del entretenimiento premium, con décadas de experiencia, respaldada por una estructura corporativa sólida y por el músculo financiero de Paramount Global. En pocas palabras, no es cualquier rival, es un oponente que pelea para resistir y administrar el desgaste de una querella legal.
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En el boxeo, ganar significa imponer condiciones. Y durante toda su carrera, Floyd Mayweather lo hizo como nadie: eligió rivales, fechas, guantes, pesos y reglas. Siempre peleó bajo sus términos. En los tribunales, sin embargo, ganar muchas veces significa algo más simple y cruel: aguantar más tiempo que el otro. Y es ahí donde la balanza parece inclinarse peligrosamente en contra de Mayweather porque en esta pelea no será él quien imponga las condiciones.
Las grandes corporaciones no tienen prisa, no sienten la presión mediática, ni el desgaste emocional de una figura pública. Pueden sentarse, esperar y dejar que el reloj haga su trabajo.
Floyd, en cambio, sí tiene algo que perder. Imagen, energía, enfoque y sobre todo, el aura de invencibilidad que tanto cuidó durante su carrera. Demandar a una institución que ya no depende del boxeo para existir es muy distinto a negociar cuando uno es indispensable. El problema es que el tiempo pasó, el negocio cambió, y hoy Mayweather ya no es una pieza clave, ni necesaria dentro de ese engranaje corporativo.
Esta situación expone una realidad incómoda del boxeo moderno: el deporte forma campeones para el ring, pero rara vez los prepara para la vida fuera de él. No se prevé, no se educa y no se acompaña. Cuando llegan los conflictos legales, financieros o personales, el boxeador suele enfrentarlos solo, como si aún estuviera en una esquina esperando instrucciones que nunca llegan.
¿Pero qué pasaría si Showtime decide llevar esta pelea a la distancia?
Floyd Mayweather está acostumbrado a combates pactados a doce rounds, a administrar ventajas y a controlar los tiempos dentro del ring.
El problema es que esta no es una pelea convencional. Aquí no hay límite de episodios ni campana final a la vista. Este combate podría extenderse por años, llevarlo a aguas profundas y completamente desconocidas, donde el cansancio no es físico, sino emocional, financiero y mental. Y en ese terreno, incluso el más grande estilista puede cometer errores fatales porque cuando una pelea se alarga demasiado y el rival no se cansa, el nocaut puede llegar cuando menos te lo esperas.







