¡Pagamos aranceles hasta por productos “cero arancel”! Por ello México tiene que ponerse un objetivo más grande que cualquier tratado comercial: volverse inevitable. Inevitable para Estados Unidos, para Europa y para cualquier inversionista que busque dónde poner su dinero, y dónde crear empleos.

Esta idea la platiqué recientemente con el Dr. Luis de la Calle en mi podcast En Blanco y Negro, plática que pueden ver completa en . El ejemplo con el que abre la conversación es perfecto para “despertar” a cualquiera: México puede exportar un refrigerador o una estufa a Estados Unidos y, en el papel, entrar “libre” por el T-MEC… pero por dentro trae un costo que deja ver que las reglas han cambiado.

¿Cómo? Por los aranceles de la Sección 232: los que se justifican con el argumento de “seguridad nacional”; estos se han extendido a ciertos electrodomésticos con acero no hecho en EE.UU. (refrigeradores, secadoras, lavadoras, lavavajillas, estufas y hornos, entre otros de, ¿seguridad nacional?). El cobro arancelario se calcula sobre el valor del acero dentro del producto, no necesariamente sobre el precio completo del aparato. Y en el esquema reciente se habla de tasas altísimas para estos derivados (hasta 50% en el régimen aplicado a derivados de acero, según avisos de cumplimiento comercial).

Explicaba el Dr Luis de la Calle, que no cobran por la estufa sino por lo que trae la estufa; si el acero representa 10% del valor de la estufa y el arancel pega sobre ese acero, el golpe total puede parecer “solo” 5% (50% de arancel multiplicado por el 10% del valor en la estufa). Suena manejable… hasta que se suma con todo lo demás: papeleo, auditorías, incertidumbre y la posibilidad de que mañana amplíen la lista otra vez.

Y aquí viene lo que muchos confunden —como me dijo el Dr. Luis de la Calle—: esto no significa que México esté “ganando”. Significa que, en un mundo donde Estados Unidos sube barreras, México puede quedar con una especie de “preferencia relativa”; te castigan, pero al de junto lo castigan más. Si otros países entran con aranceles generales mayores, México se vuelve la opción “menos mala”.

Pero todo eso viene con un golpe para todos: la duda. El gran veneno, decía el Dr. Luis de la Calle, es la incertidumbre: inversiones de miles de millones se frenan si un presidente puede usar aranceles como arma de presión o amenaza. Y aquí aparece una verdad incómoda: el competidor de Monterrey no siempre es Vietnam o China… muchas veces es Texas. Dentro de Estados Unidos, Texas juega con arancel cero, cero broncas fronterizas y la cercanía del cliente final. Si México no baja la incertidumbre, la decisión de dónde poner la fábrica empieza a inclinarse hacia el lado estadounidense y no llega a tu ciudad.

Por eso el mensaje propositivo de fondo no puede ser “ojalá no nos cobren”. Tiene que ser: hagamos que, nos cobren o no, México sea la apuesta más lógica. Y ahí entran las que considero son las cuatro llaves para volvernos inevitables:

Primero, energía suficiente y competitiva. Sin electricidad abundante, limpia y asequible, y sin gas, no hay capacidad para crecer, no hay integración profunda ni proveedores mexicanos que sustituyan insumos de Asia. La energía no es un discurso, es tal como el alimento para el cuerpo: lo que permite mover a nuestro país.

Segundo, logística e infraestructura que conecte. Carreteras, puertos, ferrocarriles, transmisión eléctrica, internet de alta capacidad. Si mover un producto dentro de México cuesta más que moverlo a Chicago, estamos disparándonos en el pie.

Tercero, talento para la economía que viene. No solo “más escuela”, sino habilidades que sirvan. Con eso, la tecnología deja de ser una amenaza y se vuelve palanca.

Cuarto, Estado de derecho. Que se pueda invertir y trabajar sin extorsión, sin mordidas, asaltos, con reglas claras y justicia que llegue.

Si mejoramos estas cuatro áreas, estoy convencido de que seremos inevitables para los inversionistas, si no lo hacemos, corremos el riesgo de ser irrelevantes. Son cosas que ya nos están exigiendo.

Como decía el Dr Luis de la Calle: hay barreras no arancelarias que nos impiden recibir inversiones, 54 obstáculos pendientes, reglas, permisos, trámites, medidas internas que alejan a los inversionistas de generar empleo aquí y que podemos volver moneda de cambio inteligentemente: los mexicanos corregimos parte de esas fricciones, sobre todo en sectores sensibles como energía y regulación, y los estadounidenses reducen drásticamente la barrera de la sección 232.

No olvidemos que el mundo ha cambiado de época: de la globalización “total” a una globalización más regional, con cadenas de suministro reacomodándose y el T-MEC entrando a una revisión donde las empresas están opinando y presionando. En ese tablero, México no puede vivir de la nostalgia del tratado; tiene que vivir de su competitividad.

Porque, seamos honestos, el T-MEC ayuda, sí. La geografía ayuda muchísimo. Pero lo que define si el futuro llega a México o se va a Texas es si hacemos la tarea. Y esa tarea no es para “los de arriba”, es por el bien de todos que tenemos que exigir energía, infraestructura, educación útil y justicia real. Si México se vuelve inevitable, no habrá arancel “creativo” que nos saque del juego. Y si no lo hacemos, la oportunidad se va a ir —como muchas— sin hacer ruido… hasta que un día nos demos cuenta de que la fábrica que pudo estar aquí ya está del otro lado, y lo único que nos quedó fue la excusa. Sí hay cómo. México ya está sentado en la mesa, solo falta llegar con la tarea hecha.

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