Imagina que vas al doctor con un problema grave y él, en lugar de darte el diagnóstico real, te dice una mentira bonita para que no te asustes. Te sonríe, te dice que estás perfectamente, te manda a casa y tú, feliz, lo crees. A las semanas, la enfermedad avanza y entonces ya no hay nada que hacer, Game Over. Vivir en la mentira cuesta. Eso, justo eso, es lo que está pasando con la economía y la política global: estamos dejando de lado la verdad para quedarnos con el cuento que más nos gusta, la posverdad. Y esa costumbre —la de engañarnos sabroso— está a punto de costarnos carísimo.
Así arranca la historia del llamado Día de la Liberación Económica de Donald Trump: una celebración basada en números inventados, frases pegajosas y un enemigo imaginario que supuestamente ha saqueado a Estados Unidos durante décadas. La realidad, sin embargo, es otra, y no hay forma de evitarla.
Trump dijo que sus aranceles eran “recíprocos”. Que si otros países le cobraban un 20% a Estados Unidos, entonces ellos les devolverían el favor con un arancel del 20% o incluso de sólo la mitad. Parece justo, ¿no? Pero el problema es que nadie, literalmente nadie, le cobra eso a Estados Unidos. Entonces, ¿de dónde salieron las cifras?
Pues de una “metodología” que sería digna de una tarea de secundaria mal hecha. Lo que hizo la Casa Blanca fue tomar el déficit comercial de Estados Unidos con cada país y dividirlo entre las importaciones desde ese país. Así de simple. Por ejemplo, con Bangladesh, Estados Unidos tuvo un déficit de 6.2 mil millones de dólares y le compró 8.4 mil millones de dólares en productos. 6.2 dividido entre 8.4 da 0.738, es decir, 74%. Y entonces... ¡tachán! Eso, según la Casa Blanca, significa que Bangladesh le “cobra” a Estados Unidos un arancel del 74%. Todo esto es una ficción. Bangladesh no le impone ese arancel a nadie. El número no sale de un dato real. Es un invento total, es posverdad.
Y no es el único. A Israel, que no cobra aranceles a productos estadounidenses, le imputaron un supuesto arancel del 33% a Estados Unidos. A la Unión Europea, que en promedio aplica un 1.3%, le imputaron 39% de aranceles a EE.UU. Todo eso salió de la misma fórmula absurda: dividir el déficit entre las importaciones. Así, como si un déficit comercial fuera una agresión.
Es como si tú compras en el supermercado todas las semanas pero el supermercado no te compra nada a ti, entonces alguien dijera que “te están robando” porque tienes un déficit comercial con ellos. O como si tú tienes un jefe que te paga por tus servicios profesionales, pero tú no le compras nada a él, entonces tú eres el abusivo.
Con esa lógica, todos tendríamos déficit con el súper, la tiendita, el que nos vendió el colchón, el que fabrica los pantalones que usamos. Y tendríamos superávit con quienes nos pagan. Pero eso no significa que haya injusticia, ni abuso, ni robo. Así funciona el comercio. Es normal, es sano, es lo que hace que tengamos mejor nivel de vida. Lo que no es sano es convertir una operación matemática sin sentido en la base de una política económica que afectará a cientos de millones de personas por estos impuestos disfrazados.
El problema no es solo la fórmula ridícula. El problema de fondo es la fantasía política que la sostiene. En este mundo de la posverdad, lo que importa no es si algo es cierto, sino si se siente bien. Si suena bonito. Si hace enojar al público adecuado. Y esta política comercial, presentada como “el renacer de la industria americana”, está fundada en eso: en un cuento que le dice a la gente lo que quiere escuchar, aunque les lleve directo al desastre.
Trump y su equipo creen que si Estados Unidos tiene un déficit comercial con alguien, es porque ese alguien lo está “trampeando”. Hablan de manipulación de divisas, barreras ocultas, competencia desleal. Y claro, puede haber casos reales de prácticas injustas, como China, que a veces sí manipula su moneda. Pero convertir cada déficit en una prueba de abuso es una distorsión brutal del comercio internacional. ¿Qué pasa con productos que simplemente no se producen en Estados Unidos, como el café, los plátanos o ciertos minerales? ¿Importarlos también es “ser robados”?
Mientras todo esto ocurre, los mercados no se quedan callados. Apenas se anunció el paquete de aranceles, la bolsa reaccionó de inmediato. El S&P 500 cayó 2.7% y el Nasdaq un 3.4%. No es histeria. Es simple lógica: si subes impuestos al comercio, los productos se encarecen, las empresas pierden competitividad, y la economía se frena. Así de simple. Vivir en la mentira cuesta.
Y ojo, esto no es solo una medida aislada. Es un paquetazo. Más de 180 países fueron alcanzados por estos nuevos aranceles. China, por ejemplo, ahora enfrenta tarifas totales que superan el 50%. Vietnam, Taiwán, Japón, India y la Unión Europea también fueron severamente castigados. Irónicamente, países como Venezuela o Irán, que han sido señalados como amenazas, recibieron aranceles menores. Todo esto demuestra lo arbitrario —y lo político— del castigo.
La tarifa promedio efectiva en Estados Unidos subió 11.5 puntos hasta llegar al 22.5%, el nivel más alto desde 1909. Más alto incluso que el arancel Smoot-Hawley de 1930, que agravó la Gran Depresión, la crisis más grave y que dejó a millones viviendo en la calle, literalmente, en villas miseria resaltadas en la novela Viñas de ira (Las Hoovervilles).
Estamos hablando de un aumento de impuestos por la vía de los aranceles como no se había visto en más de un siglo.
Y si crees que esto es legal, pues tampoco. El presidente no tiene autoridad absoluta para imponer aranceles a todo el mundo. Solo puede hacerlo en casos muy específicos, como por seguridad nacional o emergencia. Pero Trump invocó varias leyes —como la Ley de Emergencias Internacionales y secciones de la Ley de Comercio de 1974— para forzar su decreto. Y aunque hay dudas legales, el Congreso no ha mostrado interés en frenarlo, la verdad no es lo que importa sino la versión mayoritaria de la verdad, y eso está justificando atropellos a la ley en varios países. Es gravísimo.
Mientras tanto, Trump sueña con que todo se fabrique dentro de Estados Unidos. Pero hay un pequeño detalle: no hay suficiente mano de obra para eso. Además, se está atacando la inmigración, que es una de las principales fuentes de trabajadores. ¿Quién va a operar las fábricas? ¿Quién va a ensamblar los productos? ¿Quién va a hacer las entregas? Y aunque alguien pudiera hacerlo, levantar fábricas nuevas toma años y millones. Por eso muchas empresas prefieren aguantar el golpe y esperar a que pase la administración.
La idea de proteger a las empresas nacionales suena muy patriótica, pero también muy peligrosa. Si no tienen competencia externa, dejan de innovar. Si están protegidas, ¿para qué mejorar? Así, la economía más poderosa del mundo puede convertirse en una máquina lenta y torpe. Todo por defender un modelo de sustitución de importaciones que fracasó en América Latina.
Esta historia no es solo sobre comercio, es una advertencia sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo. Si permitimos que se tomen decisiones históricas con base en datos inventados y discursos emocionales, no solo perdemos dinero. Perdemos rumbo. Perdemos confianza. Perdemos verdad y calidad de vida.
Y no, la realidad no se va a adaptar a lo que uno quiere creer. La realidad es fría. Es implacable. Si tú decides que una mentira te hace sentir mejor, la realidad no te va a seguir el juego. Te va a cobrar la factura.
Ojalá que el dolor que viene —porque sí, viene— sirva para algo: para volver a poner la verdad en el centro. Para dejar de premiar a quienes manipulan los datos con cinismo. Y para que México también aprenda a no tomar decisiones con base en corazonadas. Porque como dice el dicho: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. Recuerda, vivir en la mentira cuesta.