Para entender qué pasó en Venezuela el 3 de enero, es necesario desplazarnos de la búsqueda de la pretendida legitimidad en que están empeñados los dos principales contendientes, Trump y Maduro (ambos carentes de ella), hacia el terreno pantanoso y peligroso de la geopolítica global y regional.
Trump ordenó la operación quirúrgica de la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores sin base legal internacional o nacional alguna.
Por su parte, Maduro no puede defender su permanencia en el poder que secuestró al pueblo venezolano en la elección del 2024, sometiéndolo empobrecido a una dictadura implacable que tortura, encarcela o desaparece a la disidencia, y que provocó el éxodo de más de 8 millones de venezolanos de su patria, casi el 30% de su población.
Marco Rubio descartó la autorización previa del Congreso por no tratarse de una declaración de guerra, sino de dar cumplimiento a una orden de arresto (arrest warrant) emitida por un juez estadounidense para llevar a juicio a un presunto delincuente de otro país acusado de terrorismo y narcotráfico.
Su Constitución regula el uso de la fuerza militar para acciones transfronterizas sólo con autorización del Congreso y la aplicación de la ley penal no es una excepción a ellas. EU no puede actuar como policía mundial y su presidente ordenar una acción armada contra otro país en ejecución de una orden de arresto, menos de un jefe de Estado (aun siendo espurio).
En el orden internacional, la carta de la ONU (que EU firmó y promovió en San Francisco y Dumbarton Oaks, en Georgetown, WDC - agosto 1944) prohíbe la intervención armada y ocupación militar por un Estado en el territorio de otro (arts. 19-22). La captura de un jefe de Estado en su propio territorio sin consentimiento es una grave violación a su soberanía. La fuerza armada transfronteriza sólo se permite en caso de agresión.
Pero Trump le tiene sin cuidado el derecho de su propio país y el internacional. En Mar-A-Lago declaró que buscaba detener a Maduro por narcoterrorista y controlar el petróleo venezolano (con los mayores yacimientos en el mundo). Este objetivo se cayó unos días después cuando las grandes empresas petroleras norteamericanas le dijeron que el negocio era inviable por el grado de deterioro de la industria petrolera en ese país, que requiere inversiones mamut.
Por lo que hace a Maduro, baste tener en cuenta que “en Venezuela se produjo un engendro en el que se combinaron la utopía izquierdista, el autoritarismo militarista de derechas, el oportunismo geopolítico, la ineficiencia de gobierno y el dinero como factor de cohesión. Mientras todos se ocupaban de robar, nadie se ocupaba de gobernar en serio. El engendro derivó en una cleptocracia [“gobierno de ladrones”] de gran escala. Más que militancia revolucionaria, construyeron redes clientelares, las milicias y “colectivos” son lumpen pagados y la propia dirigencia izquierdista terminó en una descarada corrupción” (Joaquín Villalobos, “La gran estafa bolivariana”, NEXOS, sept de 2017).
No es narcoterrorismo o petróleo lo que está en juego, sino la geopolítica. Para el Pentágono, Maduro traspasó el umbral de seguridad de los EU cuando combinó suministro de minerales de las minas del Orinoco a China (utilizados para la producción de armas), fábricas iraníes de drones militares con capacidad ofensiva a Florida y estrategas e inteligencia de Rusia (Carolina Restrepo, El Correo Financiero 11/enero/26)
Desmantelar el trípode China-Irán-Rusia para impedir que competidores no hemisféricos se hagan de recursos estratégicos para la seguridad de EU, fue el principal incentivo para la inmersión militar en Venezuela, con lo que la geopolítica está en el centro del evento que sorprendió y sacudió al mundo. Entonces, ¡cuidado! Nos adentramos en el terreno ausente de reglas y normas, en el que sólo prevalecen el uso descarnado de la fuerza y la razón del Estado más fuerte. Se trata de un nuevo “momento maquiavélico” en el contexto de la nueva doctrina Monroe 2.0, en los albores del siglo XXI.
Docente/investigador de la UNAM

