Nada como el tema indígena para sacar a flote el más profundo clasismo de las élites mexicanas. Tras el anuncio de Clara Brugada de que 78 secundarias en la CDMX tendrán la opción de tomar clases de náhuatl, las redes sociales estallaron con comentarios clasistas y racistas contra la medida. Muchos de los comentarios disfrazaban su visión bajo argumentos falsos o falacias. Los argumentos variaban, pero seguían un cierto patrón; ni el inglés, ni las matemáticas se imparten bien en México, entonces ¿por qué dar clases de una lengua indígena que -en sus ojos- no sirve para nada?
Este tipo de argumentos pueden sonar muy convincentes para algunos, pero cargan grandes falacias detrás. La crítica al sistema educativo en México es válida y necesaria, pues existe un innegable déficit en la calidad de la educación en México y ni el gobierno de López Obrador ni sus antecesores lograron transformar esta situación de manera importante. De hecho, de 2016 al 2022 aumentó el porcentaje de población con rezago educativo.
Sin embargo, este problema poco tiene que ver con la decisión de incluir lenguas indígenas como materias opcionales en algunas secundarias de la ciudad. La política de Clara Brugada simplemente amplía positivamente el espectro de la educación en la CDMX para quien quiera aprovecharlo. No le corresponde a la Jefa de Gobierno transformar el sistema educativo nacional, pero sí tiene la posibilidad de incidir positivamente en la educación local a través de este tipo de medidas.
El problema de la educación en México es sumamente vasto. Aunque mucho del debate se ha centrado -adecuadamente- sobre la educación pública, es importante mencionar que la educación privada en México sufre mucho de los mismos problemas. La ilusión que tienen las élites de que la educación privada es de calidad, es un autoengaño construido justamente por una visión de perpetuación de la riqueza y los privilegios. El sistema de educación privada tiene dos vertientes, por un lado es un sistema diseñado para guardar la endogamia de la elite: espacios construidos para que la burbuja no se reviente ni tampoco se amplíe, solo se mantenga. Y por otro, espacios que simulan la experiencia de la élite pero que solo buscan aprovechar el deseo de los padres por darle lo mejor a sus hijos.
Los críticos del náhuatl parecían hacerlo desde el plano de una supuesta superioridad moral otorgada por no haber sido educados en el sistema público y por ello hablar muy bien inglés y ser extraordinarios matemáticos, físicos, etc… Pero según un estudio de Mexicanos Primero, el 80% de las escuelas privadas en México no tienen la calidad requerida. En palabras de su director, “hay el prejuicio de que la escuela privada es mejor que la pública… pero eso casi nunca es cierto”. No solo porque hay muchas escuelas de bajo costo, sino porque tampoco las de alto costo tienen un énfasis educativo. En las escuelas privadas de la élite impera la reproducción y mantenimiento del modelo de casta sobre el plano educativo. Tanto los padres de familia como los propios estudiantes ejercen una relación vertical y de dominio sobre los profesores, el rol de estos espacios es reproducir contactos y amistades que garanticen el futuro del ecosistema, no a través del mérito académico sino del privilegio heredado. Hay por supuesto excepciones, pero son pocas y contadas.
La propuesta de Clara Brugada y el secretario Pablo Yanes es valiosa porque da a los estudiantes de zonas rurales e indígenas la posibilidad de acercarse a sus raíces culturales, de la misma forma en que en las preparatorias de élite en Europa los alumnos pueden tomar clases optativas, y a veces no tan optativas, de latin o en España cada región aprende su idioma.
Sumo a esta reflexión una pregunta: ¿Qué conocimientos son útiles y cuáles no? La visión utilitaria de la educación es una construcción del modelo americano de la “productividad”. Pero, ¿queremos eso para nuestras sociedades? En Europa la respuesta es no. Las escuelas no deben ser centros de capacitación para futuros trabajadores, sino centros de formación humana. La utilidad de una materia no debe darse únicamente por la cantidad de PIB que sus industrias producen sino con el objetivo de permitir a la gente desarrollarse de la mejor forma posible como seres humanos. Muchos de los internautas que se burlan de que el náhuatl es “inútil” estudiaron en escuelas y universidades religiosas donde tomaron clases de buenas costumbres, moral religiosa o credo que, al parecer, no les parecieron tan inútiles como el náhuatl ni les impidió convertirse en supuestos “modelos a seguir” por su “educación de élite.”
Durante mi carrera en la UNAM tomé dos años de náhuatl de forma opcional. Mi interés en el idioma tenía que ver con un sentido de identidad. Tuve la oportunidad de vivir mucho tiempo fuera de México y estudiar náhuatl me abrió la mente a visiones del mundo únicas y valiosas. Un idioma es una forma de pensar el mundo, y el náhuatl, como todas las lenguas, nos permite abrir nuestro entendimiento a otras visiones y perspectivas; algo que no le caería nada mal a los críticos de esta medida y a la oposición en México. El problema de la oposición es que no entiende que sus actitudes clasistas y “moralistas” son la razón de su derrota política. Su desprecio hacia la otredad los ha acabado por cegar y después aislar y volver políticamente irrelevantes. Nadie sería tan obtuso como para negar la importancia del inglés hoy en día, pero nadie debería ser tan obtuso como para no entender el valor de aprender un idioma originario. Sobre todo cuando es opcional.
Analista.
@emiliolezama