Llevo 4 semanas tomando el té prácticamente diario en las mesitas del departamento en donde estoy viviendo en lo que me lanzo a la aventura. Hospital Road, se llama la calle. A tres edificios de éste renté un departamento durante tres años en el piso 13, con balcón, pero con vista al lado opuesto. Esta es una calle relativamente poco transitada durante el día que entre 7 y 8 de la noche se pone de locos. Taxis llenos y vacíos, coches en general, decenas de motocicletas de reparto a domicilio que, igual, a esta hora están ocupadísimos. Es la primera tanda de perros y sus amos, la segunda es por allí de las 10. Es también cuando salen los corredores, generalmente blancos y en sus treintas, pero rara vez de buen ver y, a pesar de ser unan colina pavimentada de esas que toman diez minutos en bajar y media hora en subir, los peatones van y vienen con máscara en la cara y celular en las manos hablando, viendo, escribiendo, jugando, como zombies. Yo en las mismas, con mi “teléfono” nada más que sentada. Observando pasar a todos estos personajes con sus aparatos me acordé del Capitan Kirk y el Sr.Spock que tanto me gustaban de chiquita. Un botón y eran transportados dentro y fuera de la nave. Hoy en día, un botón y se prende una camarita y en un segundo estoy viendo y hablando con mi mamá, guardando la sana distancia y en tiempo real sin importar en que país o continente estemos.

Fascinante, como diría Spock. Conocí a William Shatner y Leonard Nimoy de lejos, en una convención de Viaje a las Estrellas en Las Vegas, en un mes de Julio, hace ya varios años. Los personajes. Los atuendos. Fans de las series y fans de los fans. Recuerdos y memorabilia. Klingons. Por supuesto no faltó la pedida de mano en el lobby del evento. Dijo “Si”. Técnicamente la serie original debería ser mi favorita pero no, yo me hice Trekkie a partir de La siguiente generación y el gran Jean-Luc Picard de Patrick Stewart quien no estuvo en la convención. El capitán Picard toma té Earl Gray, caliente. A mí me gusta el Taiwanés helado, con bolitas de tapioca y gelatina de lichi.

Algo maravilloso que hasta ahora existe en la isla de Hong Kong es la seguridad. Aquí la gente saca a pasear a sus bebés a las 12 de la noche sin pensarlo dos veces. A mí de pronto me da por salir a dar la vuelta por allí de las 11, como parte de los preparativos para recibir a Morfeo. Mi versión del dios de los sueños se parece mucho a Jason Momoa, con su pelo largo, suave y sedoso, que huele rico, esa fortaleza física como tronco, que es precisamente como caigo una vez que se presenta en mi cama y hacemos cucharita. La otra noche, caminando por aquí, apareció de repente un animalito auténticamente local quien me dio un revisón y, sin el menor interés, se siguió derecho. Una mezcla de tlacuache con mapache con colita larga y esponjosa. Me tomó tan de sorpresa que ni tiempo de tomarle foto. Uno pensaría que, en una ciudad como esta, llena de rascacielos, coches y gente, la fauna salvaje desapareció hace muchos años pero no. Los jabalíes interrumpen el tráfico de la isla y, en las afueras las vacas y changos. Y es que Hong Kong es 3/4 partes verde y salvaje, con concentraciones humanas en zonas limitadas. De allí los amontonamientos verticales que no dejan de fascinarme. Y yo, desde el piso trece y la super vista o las mesitas de la banqueta. Tantas personas. Tantas historias.

Observadora Participante

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