Huyendo de las Fallas Valencianas me fui a Marrakech. Mis planes de viaje, finanzas, cuestiones de trabajo y astros se pusieron de acuerdo y fui a caer allí justo para los festejos de Ramadán. Fui chaperoneada por mi hijo y su pareja. Pongo particular énfasis en esto porque ahora sí, sin lugar a la menor duda, pasé totalmente desapercibida por mi edad y sexo. La mujer invisible. Sentimientos encontrados. Por otro lado, la compañía llamaba la atención por su estilo, supongo, con tatuajes, piercings y demás parafernalia de la estética contemporánea, sus facciones agradables y buena vibra en general. Además, educados, amables y respetuosos de otras culturas y costumbres. Morocco es una monarquía constitucional unitaria con rey, primer ministro y el parlamento de Marruecos. Marrakech es una de sus cuatro ciudades imperiales y, curioso, cuenta con una alcaldesa. El 99% de la población practican el Islam Sunita y aunque principalmente se habla darija y berber, inglés y español también son populares; francés es considerado como segundo idioma y es que la ciudad está llena de franceses. Y de gatos de todos estilos, cariñosos, cuidados y alimentados por la comunidad.

Ramadán es una bendición y un martirio, especie de ayuno intermitente que dura entre 29 y 30 días en donde se consume muy poco en el amanecer y el anochecer. El resto del día la gran mayoría musulmana se la pasa somnolienta y malhumorada, aguantando de muy buena gana a los turistas que celebran al año nuevo, el equinoccio de primavera, el final del ayuno y la buena voluntad. Ramadán, el noveno mes en el calendario islámico, busca estrechar relaciones familiares y comunales, estudiar el Corán y, ofrecer caridad y beneficencia. Mil y una noches se envuelven en las arenas de las últimas dos de celebración. Locales y turistas asisten a los mismos lugares, pero rara vez se mezclan entre sí, con excepción de dos parejitas con chicas caucásicas en donde ellos ofrecían un ejemplo gráfico del manosphere. Estuve en el restaurant japonés de moda, Ikoya, donde la pista para bailar apareció tan pronto como retiraron un par de mesas. A dos puertas, el Comptoir Darma con sus exóticas belly dancers y personal en distintos grados de ebriedad. No hay nada más triste y divertido que ver como otros pierden el estilo y terminan bailando sobre las mesas, algunas en minifalda. Muchos selfies y como a la antigüita un fotógrafo profesional. Yo, parada estratégicamente donde no estorbo tanto, vestida de blanco, en tenis y mezclilla. Será la edad. Será el cambio de estilo. Será lo que sea y se verá como quieran, pero como socióloga y observadora participante celebré también al ritmo de Bésame mucho versión disco árabe y, aplaudiendo al mago impecable que hizo trucos en mi mesa, en otro antro. Luego vino la cuenta. Y como en otras ciudades gentrificadas los contrastes son fuertes.

Regatee en la plaza de Yamaa el Fna manteniéndome alejada de las serpientes y los changuitos. A sabiendas de que no debería admitirlo en público, tampoco comí Tagine. Fuera de mi hotel, personajes cordiales, amables, el taxista no trató de vernos la cara y si lo hizo ni cuenta nos dimos, en cada ocasión se encomendaba a su Dios. La noche en que me subí en un dromedario y comí cous cous me enteré de que no ha dejado de llover desde el primero de noviembre por lo que el desierto se está poniendo verde. Pero no pasa nada, dicen que no hay cambio climático, ¿correcto?

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