Yo tenía entendido que, al hablar, los españoles no usan el diminutivo. Resulta que sí lo usan y bastante, pero de manera distinta. Por ejemplo. En mexicano diríamos “Bébete esta agüita fresca”, mientras que aquí dicen “Bébete esta agua, fresquita”, me imagino en ambos casos un vaso largo y transparente de horchata -orxata-, con hielitos. A pesar de que en Valencia Capital tienen frases y expresiones muy locales, -mezcla de valenciano y español, complicadas y de extraña pronunciación-, ha sido un gusto darme cuenta poco a poco, que existe también un vocabulario básico que me facilita la vida y que tiene mucho en común con el español que yo hablo. Todo y tod@s es guapo o guapa, aquí no hay bonitas y maja solamente el jabón. Chicos y chicas de cualquier edad, tíos y tías. La palabra coger no sonroja a nadie. La primera vez que me dijeron tranquila, me alteré. Fue por mail y no supe si tomarlo personalmente o no, pero me quedé preocupada. Cuando me lo dijeron en persona, me dí cuenta que no es otra cosa que no pasa nada, no te preocupes. Lo mismo con apañado, que no tiene nada que ver con encontrarse atrapado con las manos en la masa sino que es algo así como listo, hecho. Aquí, pillar es mi apañado, pero también me puedes pillarun cenicero, una silla, un cigarro. Es fascinante traducir los términos sobre la marcha. Al alba, por ejemplo, es para mí el equivalente al infame vampirazo saliendo del antro al amanecer. Clásico de vacación en la playa y ocasionalmente en el DF de los ochentas, así como las noches de Wan Chai de hace no tanto. Flipando. Alucinando.
Entusiasmada. Además de la velocidad, hay que tomar en cuenta los acentos porque hay muchos venezolanos, colombianos, argentinos, está lleno de italianos y, por su puesto, el valenciano. Y es que me he encontrado en situaciones donde toda una conversación me ha dejado totalmente en blanco y he tenido que pedir que me repitan, desde arriba, todo el rollo. Mi cerebro y oído están muy confundidos. El mexicano que yo hablo, del siglo pasado, me hace dudar al hablar y escuchar. Cuando llegué a Hong Kong el Cantonés sonaba agresivo y el putonghua harmonioso. Alguien como yo que no entiende alemán escucha ladridos. La diferencia entre el portugués y el brasileiro me deja en las mismas. Pero como dijo Paul Watzlawick es imposible no comunicar y, como todo en esta vida el lenguaje evoluciona y se transforma. En mi vocabulario, padre se convirtió en chido, se quedó en chingón. Call me old fashioned, como diría Cher, pero desde entonces y hasta ahora, ha sido una de mis palabra-verbo-adjetivo multiusos favoritas. Aquí, he oído mucho ¡Guay!, con entusiasmo. Adjetivo calificativo por excelencia, una palabra lo suficientemente expresiva e inofensiva que no necesitan de explayativos. Algo también notable es la especial fascinación por la palabra mierda que se escucha en las conversaciones ajenas en frente de los niños y, no falta en el graffitti de las paredes. Hostia, la infame hostia, no es más que una exclamación que precede y subraya una reacción. ¡Hostia, qué guay! Es algo así como ¡Puta, qué chido! o, ¿En serio? Qué padre. Se verbaliza dependiendo del contexto y compañía. Expresiones similares serían carajo y joder. El peor insulto que se pude recibir es Me cago en tus muertos, una expresión gitana que se abrevia a Tus muertos, y que empata con el tradicional Hijo de puta, tan bien conocido por los hispanoparlantes.