El mundo de los libros proyecta una fascinación que tiene todos los nombres. Uno puede pensar, especular, reír, enamorarse, llorar, irritarse y confesar tener esperanza de que no moriremos en París un jueves lluvioso. Son el paraíso, ya lo he dicho. Uno los encuentra en librerías de todo tipo, calles, supermercados o en Ferias del libro, que en nuestro país se llevan acabo de varias ciudades, donde universidades, organismos gubernamentales, alcaldías, cofradías que aman la lectura y grupos de libreros las organizan. Y claro, es posible encontrar, tanto editoras independientes, universitarias, librerías de libro usado y grandes consorcios cuyo negocio es el libro.

Les cuento. Alfaguara, del grupo Penguin Random House, publicó mi nueva novela La sirena y el jubilado. Dicen que es un thriller político. Espero su opinión. El caso es que estuve varios días dando entrevistas a muchos medios. Fue lindo, deveras. Algunos periodistas leen lo que pueden pero preguntan bien. Las y los que la alcanzan a leer completa, preguntan mejor. Mis amigas y amigos, por ejemplo. Es cuando yo floto un instante. Cuando siento que lo conseguí, que logré escribir una novela que entusiasma y genera preguntas interesantes. Las periodistas elogian la portada, opinan que hay disparos en el rostro de la mujer; sin embargo, si la observas de un poco más lejos, parecen arañas, bichos, una imagen que deja al descubierto la cantidad de sabandijas que atacan a las mujeres de esta época, y varias están en la novela provocándole problemas a Carmen Larrañaga, la personaje principal, cuyo deseo es ser diputada para proponer leyes que protejan a las mujeres pero, ay, en su primer mitin recibe dos balazos en el cuerpo. Entonces aparece Néstor del Valle, el jubilado, que hará hasta lo imposible para evitar que maten a Carmen, a quien apodan sirena porque canta muy bien, desde José Alfredo hasta Verdi.

Estoy muy contento. La presenté en la Feria de Minería acompañado de Luis Jorge Boone e Iris García Cuevas, nada menos. Su lectura meticulosa indica que les gustó La sirena y el jubilado. Días después, en la librería Rosario Castellanos, pedimos alejaran las lámparas para que nuestra amiga Mónica Lavín y nuestro compa Eduardo Antonio Parra le contaran al público las virtudes de mi prosa y de cómo conseguí superar la prueba del ácido. De allí nos fuimos a la FILCO en Coyoacán. Saludos Gerardo Valenzuela. Pasaron tres cosas. Hicimos una presentación y nos agradó mucho la profundidad y fineza de la lectura que hizo Jorge Alberto Gudiño. Descubrió que en cada página hay un semáforo. No tuvimos más remedio que aceptar esa felicidad que dan los amigos. Pude ver que La sirena y el jubilado aprobaban sus palabras.

Ese mismo día me homenajearon y esa es una profunda emoción de la que me resisto a hablar, pero fue sobrecogedor. Después, Vicente Alfonso disertó sobre mi obra y me hizo algunas preguntas para que revelara mis sueños, mis dudas y mi amistad con Fernando del Paso, Juan Rulfo y el caballo en que me robé a Leonor un día del que tengo más recuerdos, pero los atesoro para que no reclamen que abuso de su paciencia. Amigas y amigos, disculpen mi debilidad, pero estoy muy contento con La sirena y el jubilado y quise contarles sobre esos días en que los abrazos y las palabras sacudieron mi corazón. Tal y como le aconsejó Laura Salas y con la aprobación de Lázaro Azar, Leonor arregló el cuello de mi camisa y también el de Néstor. Cuidense.

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