Esta frase la he escuchado cientos de veces en distintas versiones y contextos. Mujeres (y hombres) que afirman creer en la igualdad entre hombres y mujeres, pero que se niegan a asumirse como feministas. En parte, entiendo esta postura, pues durante años, al feminismo se le ha dado una connotación negativa. Nos han hecho creer que es sinónimo de radicalismo, de odio hacia los hombres, o de rechazo a la feminidad.
Muchas mujeres no se asumen como feministas, precisamente por la connotación negativa que el término conlleva, sin saber que, el creer en la igualdad entre hombres y mujeres, es, precisamente, lo que te hace feminista. En otras palabras: si crees que hombres y mujeres debemos tener los mismos derechos, te tengo noticias, eres feminista. No hay más.
La propia RAE, -con la que, por cierto, suelo diferir por sus definiciones machistas tal y como “sexo débil” igual a conjunto de mujeres y “sexo fuerte,” conjunto de hombres; o “mujer pública,” prostituta y hombre público, hombre que tiene presencia e influjo en la vida social- incluso esta institución arcaica y conservadora, reconoce que el feminismo es simplemente el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.”
Si ya estamos de acuerdo en que el feminismo no es más que la lucha por la igualdad, ¿por qué nos sigue costando tanto asumirnos como feministas? Parte del problema, creo yo, es que nos han convencido de que hay solo una forma correcta de ser una “buena mujer” y de ser una “buena feminista”, y que ambos conceptos no pueden coexistir. Porque si eres una “buena feminista”, eres una desviación de lo que es una “buena mujer,” y viceversa.
La realidad es que el feminismo no busca imponer una manera única de ser mujer, ni una única manera de ser feminista. No te obliga a dejar de maquillarte, de usar tacones o de querer casarte y tener hijos. No te obliga a marchar, a gritar consignas o a estar de acuerdo con todas las feministas. Ser feminista no significa que debas ser mejor amiga de todas las mujeres ni que no puedas criticar a ninguna. Lo que significa es que reconoces que, más allá de nuestras diferencias individuales, compartimos una lucha común: la erradicación de la violencia y la desigualdad de género. Significa que crees que ninguna mujer debería vivir con miedo de salir a la calle, que ninguna debería ganar menos que un hombre por hacer el mismo trabajo, que ninguna debería ser juzgada con mayor severidad en un tribunal solo por su género.
Para la esencia del feminismo, no importa si eres soltera, casada o divorciada; si decidiste dedicarte 100% a tu carrera profesional, a la crianza de tus hijos o a ambas cosas en la proporción que elijas. No importa si eres ama de casa, si tienes o no hijos, si trabajas fuera de casa o no. Tampoco importa tu orientación sexual, si usas faldas y tacones o prefieres pantalones, no importa si eres una persona religiosa o no. En el feminismo hay espacio para todas. Porque el feminismo es, precisamente, lo que nos ha permitido decidir libremente quiénes queremos ser y a qué queremos dedicarnos como mujeres, sin que la sociedad nos imponga otra cosa.
Como en todos los movimientos políticos y sociales, hay extremos, y desde luego que el feminismo no es la excepción. El feminismo no exige estar de acuerdo con todas las personas que forman parte del movimiento ni con todas las corrientes del mismo. No existe un molde específico para ser feminista, ni una lista de requisitos. El feminismo es libertad: libertad de ser, de pensar y de hacer lo que quieras sin que nadie te imponga otra cosa por el simple hecho de ser mujer.
Nos cuesta trabajo asumirnos como feministas porque ser feminista también significa incomodar. Significa cuestionar lo que nos enseñaron que deberíamos ser como mujeres, significa salirnos de ese molde, desaprender y reconocer que el sistema -durante siglos- ha sido diseñado en nuestra contra. Significa cuestionar dinámicas e incluso tradiciones familiares con las que no estamos de acuerdo, y arriesgarte a enfrentar la burla, o la desaprobación de quienes prefieren que las cosas sigan como están, porque de alguna manera les conviene para perpetuar sus privilegios. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que los derechos no se nos han dado por cortesía, sino que los hemos tenido que arrancar. Y ningún movimiento social ha logrado verdaderos cambios con sus integrantes quedándose sentaditos y calladitos.
Este 8 de marzo, dejémonos de etiquetas y recordemos a las mujeres que marcharon antes que nosotras y que desafiaron las reglas. A las que fueron encarceladas, exiliadas o asesinadas por levantar la voz. A las sufragistas que tomaron las calles para exigir el derecho al voto, a las pioneras en las universidades, en la ciencia y en la política. A todas aquellas que perdieron la vida, la libertad o la reputación para que hoy podamos ejercer derechos que quizás damos por sentados.
Si crees que el feminismo no te representa, pregúntate cuántas de las libertades que hoy disfrutas existen gracias a él. Pregúntate si, a pesar de los avances, realmente vivimos en un mundo justo para las mujeres. Pregúntate si no sería mejor que las niñas que nacen hoy crecieran en un mundo
donde no tengan que luchar por derechos que deberían ser básicos, como decidir sobre tu propio cuerpo, o salir a la calle sin el temor de ser violadas, desaparecidas o abusadas.
Este 8 de marzo, cada quien tendrá sus propias razones para marchar, o no marchar. Pero no olvidemos que el simple hecho de tener la opción de hacerlo, de opinar públicamente y de ser escuchadas, es, precisamente, gracias al feminismo. Y al menos eso, le debemos reconocer.
@daniancira