Este verano viajé a Francia. En un par de ocasiones, mis interlocutores me preguntaron sobre el modelo de seguridad de Bukele y la viabilidad de adoptar una estrategia similar en México, en otros países de Latinoamérica o, incluso, en Francia. No se trataba de especialistas en materia de seguridad o personas particularmente interesadas en la política o en América Latina, pero tenían conocimiento de la megacárcel de El Salvador, del descenso de la violencia homicida y conocían —con acento francés— el nombre del presidente de un pequeño país centroamericano.
Me enteré después de que la estrategia de seguridad de Bukele ha circulado en redes sociales y medios de comunicación franceses. Uno de los líderes del partido de extrema derecha francés, Jordan Bardella, elogió hace poco el modelo de El Salvador. En 2024, el actual vicepresidente de El Salvador, Félix Ulloa, viajó a Francia para compartir los resultados de la estrategia de seguridad. Ahí se reunió con altos funcionarios, incluidos el entonces primer ministro del país, Michel Barnier, y el ministro del Interior, Bruno Retailleau. Algunos influencers también han hablado de Nayib Bukele y su exitoso proyecto de seguridad.
Menos personas, sin embargo, están enteradas de las otras medidas que integran la estrategia de seguridad del bukelismo (tal como describe Daniel Castro en su artículo de The New Yorker). Se sorprenden al escuchar sobre la suspensión de derechos procesales, los arrestos masivos (sin causa justificada), la toma del poder judicial, la extensión indefinida de los periodos presidenciales, los ataques a la libertad de prensa y el exilio de periodistas salvadoreños al extranjero.
En América Latina, el bukelismo ha surgido como una especie de llave para el éxito político. Hace unas semanas escribí en este espacio sobre la visita que hizo un senador panista a El Salvador para conocer (fotografiarse en) la megacárcel. La construcción de una prisión similar y la adopción de medidas de excepción forman parte de las “111 soluciones para México” que propone el PAN de cara al próximo proceso electoral.
Es comprensible que la separación de poderes, las elecciones libres o el debido proceso sean poco importantes para muchas personas. Ninguna de estas da de comer, paga la colegiatura o provee seguridad. Pero es desesperanzador ver la falta de alternativas planteadas en materia de seguridad y, peor, para los jóvenes. Actualmente, 9% de los hombres salvadoreños entre 25 y 29 años se encuentra en prisión. El Salvador tiene hoy la tasa de encarcelamiento más alta del mundo. Triplica la de Estados Unidos, que históricamente presentaba la más alta del continente. Es 12 veces mayor que la de México. (Si en México se llevara a cabo el experimento salvadoreño, habría cerca de medio millón de jóvenes entre 25 y 29 años encarcelados). Hay buenas razones para pensar, además, que el modelo no es replicable.
Estamos dispuestos a adoptar un modelo que tortura masivamente a jóvenes, que elimina los andamiajes básicos de la democracia, que desaparece libertades, antes que imaginar otras alternativas (por ejemplo, reconsiderar la política de drogas internacional o el modelo económico). La defensa del bukelismo en distintas partes del mundo habla de un tremendo fracaso de una sociedad. Sin bukelismo, eres pandillero; con bukelismo, prisionero.
Doctora en derecho. @cataperezcorrea
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