El poder real no siempre cae. A veces simplemente queda expuesto.

Eso es lo que estamos viendo hoy en Venezuela. Tristemente, no una transición democrática ordenada vía electoral; tampoco una revolución popular triunfante. Lo que hay, por ahora, es algo mucho más incómodo: un vacío de poder en disputa.

Durante años, el régimen dictatorial venezolano sobrevivió no por consenso, sino por control. Control del miedo, del petróleo, de las fuerzas armadas, de la violencia y del relato. Hoy ese control ya no es absoluto. Y cuando se fragmenta, el sistema empieza a crujir y a agrietarse, aunque no se derrumbe de inmediato.

En ese contexto debe leerse el mensaje difundido ayer por María Corina Machado. No es una arenga emocional ni un llamado romántico a la calle. Es algo más frío y serio: una declaración de poder. No pide permiso ni negocia el lenguaje. Afirma que hay un mandato, nombra a un presidente legítimo y llama a la obediencia institucional. Eso no se hace a la ligera.

El texto no anuncia fechas, no convoca multitudes ni llama a la violencia. Precisamente por eso importa. No busca la épica; busca la definición. Coloca a todos —militares, burócratas, población civil y aliados internacionales— frente a una pregunta incómoda: ¿a quién obedeces cuando el poder ya no está claro?

Aquí es donde conviene bajar el volumen del entusiasmo y subir el del análisis.

Porque a este escenario, ya de por sí frágil, se suma un hecho nuevo y determinante: el presidente Trump afirmó abiertamente que su país “va a administrar Venezuela” hasta que se produzca una transición adecuada. Con esa declaración se rompe cualquier simulación. Ya no se trata solo de presión externa, sino de una tutela explícita. Y la experiencia demuestra que las transiciones dirigidas desde fuera rara vez priorizan la reconstrucción del Estado; suelen privilegiar el control operativo, los flujos estratégicos y la estabilidad mínima necesaria.

La historia reciente enseña que los escenarios intermedios suelen ser los más inestables. Ni dictadura cerrada ni democracia naciente. Zonas grises donde el Estado sigue en pie, pero pierde coherencia; donde nadie gobierna del todo, pero muchos mandan un poco. Es ahí donde suelen crecer la violencia selectiva, las venganzas internas, los ajustes de cuentas y las transiciones fallidas.

Deseo, de todo corazón, que Venezuela no entre en ese terreno.

Quienes celebran un “final” rápido olvidan algo elemental: los regímenes no se sostienen solo en una persona. Se sostienen en redes. Y esas redes no desaparecen cuando cae la figura central. Se reacomodan, negocian, resisten y, en muchos casos, traicionan.

Chávez y Maduro construyeron durante dos décadas y media un sistema que no dependía de la eficiencia del gobierno, sino de algo más resistente: la administración del miedo, la lealtad comprada y la confusión institucional.

No fue solo un proyecto ideológico. Fue un modelo operativo. Un sistema donde el Estado dejó de ser árbitro y se volvió botín; donde las instituciones no desaparecieron, pero se vaciaron hasta quedar como cascarones; donde la ley dejó de aplicarse de manera general y empezó a usarse de forma selectiva. Castigo brutal para unos, impunidad garantizada para otros.

Ese sistema se sostuvo en tres pilares claros. El primero: el control de las fuerzas armadas mediante privilegios, negocios y protección. El segundo: la fragmentación deliberada de la oposición, alternando represión y negociación para evitar un liderazgo único y verdaderamente retador. El tercero: la normalización del deterioro, acostumbrando a la sociedad a vivir mal.

El problema de Venezuela hoy no es solo quién se va o quién llega. Es el sistema que queda detrás. Un entramado que no se desmonta ni desaparece por decreto. Cuando este tipo de estructuras se quedan sin un jefe claro —y con actores externos afirmando que tomarán el control— no colapsan de inmediato: se reacomodan.

Ahí aparece el verdadero riesgo. El de un país atrapado en una zona gris, donde el poder se disputa sin reglas claras y donde cada actor busca asegurar su supervivencia antes que la reconstrucción del Estado. Es entonces cuando el conflicto deja de ser ideológico y se vuelve práctico: quién controla, quién obedece y quién garantiza el día siguiente.

El riesgo no es que Venezuela siga igual. Eso ya no es posible. El riesgo es que cambie sin orden.

Nada de esto significa que el reclamo democrático sea ilegítimo. Al contrario. Significa que el momento es extremadamente delicado. Que el lenguaje de victoria temprana puede convertirse en un bumerán. Y que confundir la caída de un dictador brutal con la reconstrucción de un Estado es uno de los errores más caros en política.

Cuando el poder queda al descubierto, no gana el más justo. Gana quien logra controlar los días por venir.

Eso es lo que está en juego. Y la respuesta, todavía, no existe.

* Analista de temas de seguridad. @CarlosSeoaneN

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