A raíz de la apertura de los colegios de Gandía y Messina y, más tarde, del Colegio Romano, se suscitó la pertinencia de abrir otros en diversas ciudades de la Nueva España, a donde llegaron los primeros jesuitas en 1572: unos, para indios y españoles; y el noviciado, en Tepotzotlán.

En paralelo, enmarcada en el Renacimiento, se iba perfeccionando la “Ratio Studiorum” o Código Educativo (versión renacentista de la “Doctrinae Studium Atque Humanitatis” del Imperio Romano), inspirado en el ‘modus parisiensis’ de la educación obtenida por San Ignacio y sus primeros compañeros en el Colegio de Santa Bárbara de la Universidad de París, y cuya versión definitiva fue aprobada por el quinto General de la Compañía de Jesús, el P. Claudio Acquaviva, S.J. en 1599, sentando las bases de lo que sería la ‘traditio educandi’ o tradición educativa, cuya “innovación jesuítica estuvo en realidad en el campo de la metodología…: ejercitar la memoria, la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia, la razón, la voluntad, ejercicios de la conciencia que van formando a niños y jóvenes para discernir, juzgar y vivir su fe cristiana en la difícil convivencia social cuando, salidos del Colegio, tengan que hacer uso de su libertad a lo largo de sus vidas” (cfr. Xavier Cacho Vázquez, S.J., La ‘traditio educandi’ de la Compañía de Jesús en México, Cuadernos de Reflexión Universitaria, Puebla, junio 1991, pp. 6 y 7).

De hecho, fue un jesuita siciliano, el P. Vincenzo Lapucci, S.J., llegado a la Nueva España en 1574, quien “ayudó a acomodar los estudios del Colegio de San Pedro y San Pablo a la corriente metodológica de París (‘modus parisiensis’), que se estaba adoptando en los colegios de la Compañía de Jesús y, principalmente, en el Colegio Romano” (cfr. Xavier Gómez Robledo, S.J., Humanismo en México en el siglo XVI, pp. 43 y sigs., citado por Xavier Cacho V., S.J. supra); su estancia de cinco años orientó los cursos de poética y retórica por la ‘traditio educandi’ que más adelante quedara cristalizada en el texto de la “Ratio Studiorum”.

Como muestra de todo ello, un preciado “botón” que se conserva de su puño y letra en el Archivo General de la Nación: el ejercicio que, para el “Certamen poético para la noche de Navidad del año 1753, presentando al Niño Jesús bajo la alegoría del pan”, preparó para sus alumnos el P. Francisco Xavier Clavijero y Echeagaray, S.J., joven maestro veracruzano de Retórica, exalumno del Colegio del Espíritu Santo en Puebla de los Ángeles, exponente de la Ilustración en la Nueva España y precursor del indigenismo, del que el P. Cacho destaca: “el gusto barroco de esos años aparece en el ingenio agudo, en la búsqueda de contrastes, en la exquisitez de las formas, en los coloridos diversos, pero -sobre todo- en el sentido de proporción de las partes que remata en la integración de un conjunto hermoso y equilibrado” (Ibidem, p. 8), mientras que en esos mismos días del certamen en San Pedro y San Pablo, el arquitecto Lorenzo Rodríguez, a unas calles de distancia, supervisaba la construcción del Sagrario de la Catedral Metropolitana. El barroco en su más alta expresión novohispana, en la educación y la arquitectura, construyendo personas para los demás (como quería San Ignacio) y obras arquitectónicas monumentales, respectivamente.

N.B. Mi reconocimiento a las y los ciudadanos de Minneapolis, por su integridad y valor en las protestas pacíficas frente a ICE (cuya actuación nos deja fríos, como el hielo…).

Maestro en Ciencias Jurídicas, Universidad Panamericana

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