Desde la toma de protesta de Donald Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos de América en enero pasado, las cosas no parecen estar funcionando bien para Tesla, el mayor productor de automóviles eléctricos del mundo. En menos de dos meses, el precio de la acción ha caído cerca de 50% y sus ventas se han contraído prácticamente en todas las regiones donde tiene presencia mientras que otros fabricantes, particularmente BYD, han venido ganando más participación de mercado. Encima de ello, hay un consenso creciente en la industria de la falta de nuevos modelos y una desaceleración en la tan admirada innovación que Tesla había exhibido hasta hace solo unos cuantos años.

¿Y a qué se debe lo anterior? Quizá, como ya apuntan varios analistas, al exacerbado activismo político de Elon Musk, el CEO de Tesla y de otras empresas más. En las últimas semanas hemos visto a un Musk como un gran protagonista de la política interna de Estados Unidos, liderando el ahora famoso DOGE o Departamento de Eficiencia del Gobierno, el cual está buscando hacer más eficiente el gasto del gobierno, reduciendo personal administrativo y cuestionando todas y cada una de las políticas internas de las distintas secretarías. Su protagonismo es tal, que es frecuente verlo desfilando por los pasillos de la Casa Blanca, asistiendo a las reuniones como un miembro más del Staff de Donald Trump, aunque en realidad lo hace pro-bono, sin cobrar un centavo por ello.

La respuesta del mercado no ha tardado en llegar. Hay compradores de Teslas arrepentidos de su decisión, algunos han puesto una calcomanía en sus coches diciendo que habían comprado el automóvil antes de que “Elon Musk se volviera loco”. Otros han optado por vender sus Teslas. Lo peor ha sido ver cómo algunos activistas anti-Musk han vandalizado vehículos y tiendas de Tesla alrededor de Estados Unidos.

¿Es bueno para Tesla y sus otros negocios el activismo de Musk? Hay quienes piensan que esto es algo positivo para los negocios de Musk: SpaceX, por ejemplo, pudiese verse beneficiada por contratos con la NASA o, bien la cercana relación con el gobierno de Trump, podría acelerar la llegada de regulaciones que podrían favorecer el sueño de movilidad autónoma de Tesla.

Pero hay evidencia e investigaciones que nos hacen pensar que los efectos negativos pueden ser mayores a los positivos. Una investigación reciente (Durney et al, 2024, CEO (in)activism and investor decisions) arroja cierta luz al respecto.

Usando teoría de identidad social, los investigadores armaron un experimento en el cual preguntaron a más de 2 mil personas sobre sus posiciones con respecto a ciertos temas sociales, y en particular, sobre uno tan contencioso como lo es el control de armas en los EE. UU. Después de ello, preguntaron a las personas si los CEOs de empresas públicas deberían expresar opiniones sobre temas sociales y políticos. 61% de los participantes respondió que sí deberían hacerlo.

A continuación, los investigadores pidieron a los participantes asumir el rol de inversionistas y accionistas de una empresa ficticia (llamada DYSJ, Inc.) de la industria de telecomunicaciones y les presentaron información de su CEO. Les pidieron leer dos artículos, también ficticios, uno sobre resultados financieros de la empresa y otro, sobre las posiciones de distintos CEOs sobre el tema de control de armas. Bajo las condiciones del experimento, algunas noticias mostraban al CEO de DYSJ a favor de un mayor control de armas. En otras, lo mostraban en contra y, finalmente, en otras noticias solo se limitaban a decir que el CEO de DYSJ no se había pronunciado. Con ello, los participantes tenían que decidir si incrementaban su inversión, la decrecían o la mantenían.

El experimento concluía varias de las hipótesis de la teoría de la identidad social. Esto es, cuando un CEO expresa opiniones que son similares a las de los inversionistas, estos se inclinan más a seguir invirtiendo en la empresa. Si, por el contrario, las opiniones del CEO son contrarias, los inversionistas tenderán a reducir su inversión. Curiosamente, ante un CEO inactivo (que no expresa sus opiniones), los inversionistas tienden a pensar que el CEO coincide con sus ideas (una suerte de sesgo de confirmación) y tenderán a mantener o incrementar su inversión.

Quizá esto sea parte de la explicación de lo que está sucediendo actualmente con Tesla. El activismo político de Elon Musk podría estar ahuyentando a inversionistas que no coincidan con sus ideas sociales y políticas. Por lo pronto, Tesla tiene realmente un problema: ¿qué hacer ante este intenso posicionamiento político de Elon Musk?

Profesor del área de Dirección de Operaciones de IPADE Business School.

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