Si bien el periodo porfirista trajo relativa estabilidad al país, hubo algunos brotes importantes de violencia, como el que atravesó el estado de Chihuahua a mediados de 1901, en particular en la comunidad de Parral, lugar donde fue asesinado el joyero alemán Federico Dael. El crimen había sido particularmente cruel. De acuerdo con La Voz de México de 7 de mayo, hacía días que se desconocía su paradero y no fue hasta que “el día 28 [de abril] comenzó a percibirse un mal olor” en la joyería de su propiedad. Las autoridades acudieron al sitio, “encontrándose con que el cuerpo del propietario, en estado de putrefacción, yacía en un charco de sangre. La cabeza de la víctima estaba separada del tronco”.
Desde un primer momento prevaleció la hipótesis de que el móvil del ataque había sido un robo, debido a que el establecimiento “representaba un capital de más de cien mil pesos”. Esto se confirmó días después, cuando se encontró que hacían falta, entre otros objetos, “un reloj de mesa imitación de mármol negro, una pluma de oro con mango de nácar y una pistola Smith and Wesson, calibre 38”. Se dijo que “dos dieron muerte a Dael; uno de ellos lo cogió de los brazos, lo echó al suelo, y el otro le asestó la horrible herida que le originó la muerte”. Los habitantes de la zona se mantenían en alerta, pues muy poco tiempo antes fue asesinada la señorita Guadalupe Ornelas, dueña de una casa de préstamos.
La sociedad no podía estar más consternada, como lo mostró una larga carta dirigida al gobernador de Chihuahua, Miguel Ahumada Sauceda, de parte de los representantes de las “grandes casas de comercio, negociaciones mineras e industriales”. La misiva era clara respecto al responsable de la violencia en la población: “Desde que se encargó de la jefatura política del distrito el señor Wenceslao Fuentes, comenzó a notarse la falta de seguridad de las personas e intereses: falta que ha venido acentuándose cada día”.

Además de los asesinatos de Federico y Guadalupe, los remitentes evidenciaban otros crímenes, como los asaltos a la Hacienda de Beneficio de la casa F. Stallforth, la agencia compradora de metales y de la Montezuma Load Company; todos ellos, ataques impunes. La epístola añadía: “incluso la propia casa del jefe político, donde constantemente hay policías, ha sido visitada por los rateros”. De igual forma, la alta cantidad de delitos suponía un problema para los jueces, quienes se veían rebasados ante tantos casos.
Uno de los firmantes, Alejandro Elguezabal, exponía las preocupaciones de los parralenses acaudalados: “siento como una necesidad, como un alto deber moral procurar garantías para la vida e intereses de mis conciudadanos y en particular de la Colonia extranjera que en una gran parte ha venido aquí a instancias mías a fomentar y de hecho ha engrandecido la riqueza minera de este Distrito”.
El 9 de mayo, La Patria anunció que el sector comercial de la localidad ofreció mil pesos a quien entregara a los responsables de la muerte de Dael, gracias a esto, para finales de mes, se dio a conocer que “el asalto fue dado por ocho individuos” y que ya se encontraban presos dos de ellos, uno en Las Bocas, Durango y otro, Cristobal Flores, “el famoso bandido el Piloncillo”, en Camargo. Al día siguiente se publicó una lista de los involucrados, pero sólo se mencionó a seis personas. De estas, únicamente Piloncillo y Roque Valdivia habían sido aprehendidos. Sin embargo, el principal culpable seguía prófugo, un tal Donato Sáenz Pardo.

