Un miembro fundacional más fue Mariano Cuevas García, un sacerdote jesuita cuyo trabajo se concentró principalmente en la historia del catolicismo mexicano de los siglos XVI al XX, sobre todo en el guadalupanismo. Se ocupó también de reunir oficios relativos a México dispersos en archivos y bibliotecas extranjeras con el fin de comprender mejor nuestro pasado, logrando obtener más de tres mil páginas fotocopiadas. Su obra resulta esencial para entender la relación de la Iglesia con el desarrollo de la vida nacional.

A partir de entonces, han formado parte de la Academia Aunque me he dedicado más de treinta años al ejercicio de la abogacía, la historia también me apasiona. Desde que era un adolescente tuve la intención de estudiarla, sin embargo, por imposición familiar y cuestiones del destino, este deseo no pudo realizarse en ese entonces. No obstante, mi admiración por esta disciplina no desapareció, por lo que he ocupado buena parte de mi tiempo libre a ser un investigador aficionado y actualmente me encuentro realizando el doctorado en la materia.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

En México, se celebra a estos profesionistas en septiembre, en honor a la fundación de la Academia Mexicana de la Historia en 1919. En el portal de dicho organismo se reconoce que “sus antecedentes se remontan […] hasta mediados del siglo XVIII”. Sin embargo, no fue hasta que “un pequeño grupo de historiadores […] fue reconocido por la Real Academia de la Historia de Madrid como su ‘correspondiente’ en su sesión de 27 de junio de 1919”.

Su primer director fue Luis González Obregón, alumno de Ignacio Manuel Altamirano y su labor se concentró principalmente en la época virreinal y las tradiciones y leyendas mexicanas. Asimismo, colaboró en el Archivo General de la Nación, cuando este era “un hacinamiento donde los más valiosos tesoros documentales y los papeles intrascendentales estaban confundidos”. Sus aportes fueron indispensables para añadir clasificaciones e índices a dicho archivo, hoy necesarios para su consulta.

Otros historiadores igual de relevantes como Clementina Díaz y de Ovando, la primera mujer que ingresó al centro, en 1974. Fue alumna de Manuel Toussaint y Justino Fernández, y su campo de estudio fue muy diverso, pues se dedicó a la historia de la cultura del México decimonónico, tanto elitista como popular; de las instituciones, en particular de la Universidad; de la ciencia; de la literatura y del arte. Por si fuera poco, también fue la primera mujer en formar parte de la Junta de Gobierno de la UNAM en el periodo 1976-1986.

Otro gran historiador fue Miguel León Portilla. Su investigación giró en torno a las culturas originarias, especialmente durante el periodo previo a la Conquista. Su opus magnum, “La visión de los vencidos”, retrata la conquista del pueblo mexica, pero desde la experiencia de los indígenas masacrados. Esto fue un parteaguas en la concepción histórica de este suceso, pues las tesis anteriores sólo presentaban la visión de los españoles.

El trabajo de estos y otros muchos investigadores es esencial para entender quiénes somos como sociedad. Como la historiadora Elisa Speckman Guerra menciona: “la labor del historiador es sopesar acontecimientos, documentos, instituciones, personajes y todo suceso o vestigio histórico a la luz del momento en que se produjo” y agrega que “mostrar la complejidad del pasado, interpretar procesos y hechos históricos, sin duda ayuda a comprender nuestro presente y, a partir de ello, perfilar nuestro futuro”.

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