Cuando la FIFA anunció que el Mundial del 2026 se llevaría a cabo en México, Estados Unidos y Canadá, el Washington Post puso como titular “La Copa del Mundo TLCAN”. La apuesta era vender el torneo como muestra de la unidad de Norteamérica. Ahora, que estamos a exactamente tres meses del arranque, el TLCAN ya no existe. Fue modificado por Trump 1.0 y ahora es TMEC, y los tres países anfitriones viven una crisis existencial tremenda.

De hecho, el 1 de julio, cuando está marcado en el calendario que se lleve a cabo la revisión del acuerdo comercial, la Copa del Mundo estará en disputa en las canchas de futbol soccer.

La idea era que tres vecinos, tres economías entrelazadas y tres federaciones trabajando al unísono pudieran ofrecer una imagen de región. Sería, además, el primer Mundial organizado por tres países. A menos de cien días de que arranque el torneo, ocurre exactamente lo contrario. El Mundial que se pensó para exhibir unidad llega, más bien, a desnudar la falta de ella. Lo que iba a ser una celebración de la integración norteamericana se parece más a una convención de agravios mutuos.

El torneo se presenta como un esfuerzo trinacional, aunque en realidad será un megaevento montado sobre una profunda asimetría política, económica y logística. Norteamérica se parece cada vez menos a una comunidad y más a un edificio con vecinos que no se soportan.

Canadá, que nunca estuvo del todo cómodo con México dentro del acuerdo comercial, hoy tampoco está cómodo con Washington. Mark Carney declaró en enero que la vieja relación de Canadá con Estados Unidos, basada en una integración cada vez más profunda, se terminó. Meses después viajó a China para reunirse con Xi Jinping en busca de nuevas alianzas. Canadá ya no está pensando a Norteamérica como un activo, sino como riesgo de concentración.

México, por su parte, llega envuelto en el discurso de la soberanía, pero sin una apuesta seria por la integración. Llevamos años administrando la relación con Estados Unidos, no construyéndola. Nos quejamos, con razón, del tráfico de armas y de la frivolidad con la que Washington trata la seguridad mexicana, pero tampoco hemos sabido empujar una agenda regional más ambiciosa y que inspire confianza. La geografía nos regaló una ventaja y decidimos usarla a medias. Muy mexicano eso de desperdiciar una oportunidad histórica y luego escribir un discurso patriótico para justificarlo.

Tras la captura de El Mencho, hubo violencia en Guadalajara, una de las ciudades que será anfitriona, y en sus alrededores. La FIFA y Sheinbaum han dicho que están tranquilos con la seguridad en Jalisco pero el problema ya no es solo la seguridad real, sino la percepción internacional de inseguridad. Y esa percepción ya circuló por el mundo en imágenes con narcobloqueos.

Trump 2.0 ha venido a empeorar lo que ya estaba descompuesto. Un Mundial supone apertura, movilidad, hospitalidad. Trump ha puesto sobre la mesa exactamente lo contrario. Controles más duros, vetos migratorios y el visitante extranjero visto no como invitado, sino como sospechoso.

Hoy, la FIFA sigue vendiendo una Copa regional. La realidad ofrece tres países con agendas distintas, fronteras tensas y niveles de confianza mínimos. Lo que hay son tres gobiernos que ya no logran actuar como bloque ni siquiera para organizar la fiesta que prometieron hacer juntos. El balón cruzará las fronteras. La idea de Norteamérica, no. Y acaso esa sea la verdadera historia de este torneo. No la celebración de una región integrada, sino la exhibición de una región que comparte continente, pero no proyecto.

@AnaPOrdorica

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