La imagen de dos servidores públicos inclinándose para limpiarle el calzado a Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema Corte de Justicia, es indignante.

Andrés Manuel dispuso que un indígena —cuyo mayor mé-rito es, precisamente, su condición étnica— llegara a la Corte y allí está el mismo que coordinó las consultas a las comunidades indígenas que aprobaron proyectos como el Tren Maya que ha dejado daños irreversibles en esas comunidades; el que acudió con otros ministros a una ridícula ceremonia de “purificación”; el que puede calzar huaraches y viajar en el Metro pero adquiere camionetas de lujo blindadas.

Los que como opositores censuraban los excesos de la clase gobernante, hoy los han hecho suyos. No los reprobaban por grotescos e innobles sino porque los tenían los otros. ¿Para eso querían el poder?

El ministro presidente podrá decir misa pero las imágenes lo desnudan: mientras le limpian el calzado no hay en él asomo de vergüenza ni de incomodidad: observa a sus colaboradores hincados, sin inmutarse y sin sacarse las manos de las bolsas del pantalón.

Con gente como Hugo Aguilar continúa la degradación de la vida política y cada día aparecen nuevas revelaciones sobre los usos del poder de la nueva clase política: de Adán Augusto, sus relaciones peligrosas (La Barredora) y sus millones; de Fernández Noroña, su casa de fin de semana y sus viajes VIP a Europa; de Layda Sansores, sus arrebatos como la emperatriz de Campeche; de Rubén Rocha, sus arreglos con los narcos; de Andy y sus hermanos, su riqueza repentina fruto del tráfico de influencias, los enjuagues de Jesús Ramírez con Sergio Carmona, el Rey del Huachicol...

Lo peor es que este hecho lamentable resulta apenas una anécdota frente a los desarreglos que se experimentan ya en el “nuevo” sistema de administración de justicia, con el empoderamiento de tinterillos: los jueces del acordeón.

Hernán Gómez Bruera salta a la defensa del ministro con el argumento ridículo de que se ensañan con él por ser indígena mientras, según dice, callaron frente a los privilegios de los ministros blancos. “Lo que realmente les indigna —dice— es que una persona blanca se arrodille ante una persona indígena”. No, Hernán, lo que indigna es la falsedad, la hipocresía, el “humanismo mexicano” y la supuesta superioridad moral de estos trepadores; lo que indigna es que el ministro presidente resultó un indio ladino.

Pues dónde estabas, Hernán, cuando desde Palacio Nacional se orquestaba una campaña despiadada contra la ministra Piña y se inducía el hostigamiento y la intimidación contra los ministros incómodos. A la ministra Norma Piña nunca se le perdonó su atrevimiento de no ponerse de pie ante la llegada de su excelencia, Andrés Manuel I.

¿Parece irritante la rusticidad, la ignorancia y el engreimiento del ministro Hugo Aguilar?, pues esperen a que en un año y meses concluya su periodo y sea reemplazado por Lenia Batres, “la ministra del pueblo”. De mal en peor.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios