Hay cifras que, más allá de lo técnico, deben indignarnos. No por lo que dicen en frío, sino por lo que implican en la vida cotidiana de millones de mexicanos. Hoy, sabemos que la deuda pública de México alcanza ya los 18.8 billones de pesos y que, si se repartiera entre todos, cada mexicano debería más de 140 mil pesos.

Esa cifra no es un dato aislado. Es una sentencia generacional porque no estamos hablando de deuda productiva. No es una deuda que se traduzca en crecimiento, en infraestructura útil, en empleos sostenibles o en oportunidades reales. En buena medida, es una deuda que se ha acumulado mientras la economía crece apenas 0.6%, muy por debajo de lo esperado.

Ahí radica el problema de fondo: México se está endeudando más… para producir menos.

Durante décadas, el endeudamiento público fue una herramienta legítima cuando se utilizaba para construir futuro: carreteras, puertos, educación, energía. Hoy, en cambio, el país enfrenta un fenómeno preocupante: el crecimiento de la deuda no está acompañado de un crecimiento proporcional de la economía ni de mejoras estructurales.

La deuda ya representa más del 53% del PIB, superando incluso las metas oficiales. Esto significa que, por cada peso que genera México, más de la mitad está comprometido en deuda. Es una carga que no solo presiona las finanzas públicas actuales, sino que hipoteca el margen de maniobra del futuro.

Porque la deuda no se paga sola. Se paga con impuestos, con recortes o con oportunidades perdidas.

Morena prometió un cambio de régimen, una transformación profunda, pero en materia fiscal, lo que estamos viendo es una peligrosa contradicción: más gasto, más deuda y menos crecimiento.

Cuando un país se endeuda para invertir en sectores estratégicos que detonan productividad, la deuda puede ser una palanca. Pero cuando el endeudamiento se destina a gasto corriente, a proyectos de baja rentabilidad o a decisiones sin evaluación técnica rigurosa, se convierte en una carga que no genera retorno. Y eso es lo que hoy preocupa: una deuda que no construye futuro, sino que compromete el presente.

El impacto ya es visible. México Evalúa advierte que el aumento del endeudamiento implica que cada vez más recursos públicos deberán destinarse al pago de intereses, reduciendo el espacio para salud, educación o seguridad.

Es decir, no solo debemos más, sino que cada peso que se destina a pagar deuda es un peso que no llega a hospitales, escuelas ni programas realmente transformadores.

Esa es la verdadera tragedia silenciosa: el desplazamiento del bienestar por el costo financiero. Pero el golpe más duro no es para esta generación. Es para las siguientes. Porque los jóvenes de hoy —y los que aún no nacen— heredarán una economía con menos margen fiscal, con menos capacidad de inversión pública y con mayores presiones presupuestales.

Eso tiene un nombre: deuda histórica.

México no necesita endeudarse menos por dogma, sino endeudarse mejor por estrategia. Necesita recuperar el principio básico de responsabilidad fiscal: cada peso prestado debe traducirse en desarrollo tangible.

Hoy, lamentablemente, la evidencia apunta en sentido contrario.

Morena no solo le ha fallado a esta generación. Le está fallando, silenciosamente, a las que vienen. Porque cuando un gobierno gasta sin construir, no administra: hipoteca.

Presidente Nacional del PRI

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