No he querido dejar pasar por alto la conmemoración del Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia de la humanidad, en el que millones de personas fueron víctimas de un sistema de deshumanización y exterminio, por su condición étnica, su credo religioso, su ideología, su orientación sexual, sus expresiones culturales, e incluso, personas con discapacidad, a quienes se calificaba de “inútiles a la sociedad”.

El Holocausto fue resultado de un proceso gradual que se construyó sobre la base de una narrativa de promoción del odio y la supremacía racial, en el afán de un proyecto hegemonista, que recurrió de manera sistemática a la propaganda y al control de los medios de comunicación, de la cultura y del espacio público, sustentado en información falsa, campañas sucias de desinformación, y la creación de cuerpos policiacos y corporativos represivos, sin control jurisdiccional ni contrapesos.

En dicho proceso se implementaron políticas raciales discriminatorias, como el supremacismo blanco, y la criminalización para despojar de sus derechos a grupos de personas consideradas “inferiores”, “diferentes” o “ajenas”, lo que dio paso al exterminio de poblaciones enteras, así como a formas extremas de violencia y persecución.

En el momento actual es indispensable subrayar que la lucha contra el antisemitismo y contra toda forma de discriminación y odio contra cualquier grupo de personas debe ser firme, clara y sin ambigüedades, y que no puede desvincularse del rechazo a toda forma contemporánea de deshumanización, racismo y violencia sistemática, cualquiera que sea su origen o justificación.

Por ello, es lamentable que, en el escenario internacional, se continúen cometiendo actos de odio, discriminación y extrema violencia que han causado daño y sufrimiento a la población civil, que comisiones y entidades especializadas de la Organización de Naciones Unidas han calificado como genocidio. Gaza es una de sus expresiones más dolorosas.

La experiencia del Holocausto debe alertarnos frente a discursos y movimientos políticos contemporáneos que, mediante enfoques nacionalistas, excluyentes y supremacistas, buscan justificar la estigmatización, la represión y el rechazo de personas y comunidades por su fenotipo, ideología, condición migratoria, lugar de origen, género u orientación sexual.

La dignidad de la persona humana es el fundamento de la convivencia internacional, y la defensa de los derechos humanos, sin distinciones ni jerarquías, constituye una obligación compartida de la comunidad internacional.

Rendir homenaje a todas las víctimas del Holocausto y expresar solidaridad con las comunidades que mantienen viva su memoria, forma parte de la construcción de sociedades más justas e incluyentes, como condición para prevenir la repetición de estas atrocidades y lograr que el “nunca más”, signifique nunca más para nadie, sin excepciones.

Cabe recordar las palabras del pastor luterano alemán, Martin Niemöller, que advierten sobre los riesgos del silencio y la indiferencia:

Cuando los nazis vinieron por los comunistas, guardé silencio; yo no era comunista. Cuando vinieron por los sindicalistas, guardé silencio; yo no era sindicalista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio; yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron por los judíos, guardé silencio; yo no era judío. Cuando vinieron por mí; ya no había nadie más que pudiera protestar.

Embajador de México ante la OEA

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