En alguna entrevista ocurrida en los años ochenta, el prolífico Stephen King declaró “soy el equivalente literario de una Big Mac con papas fritas”. Y si, la frase describe bien mucha de su literatura, pero también sirve para describir la más reciente cinta basada en uno de sus textos. Porque en efecto, The Life of Chuck (USA, 2025) es una tersa feel good movie, una cinta hecha para complacer y apapachar al público. Puede que su valor nutricional sea cero, pero para algunos será un abrazo al corazón.
La historia, extraída de la compilación de relatos cortos publicada en 2020 bajo el título If It Bleeds (titulado en México como La Sangre Manda, Plaza & Janés, 2020) y dirigida por Mike Flanagan (hombre cuya carrera se ha basado en adaptar la obra de King), está contada en tres actos presentados en orden inverso.
En el primer acto (que en realidad es el tercero) conocemos a Marty (Chiwetel Ejiofor), un profesor de High School que a media clase se entera -gracias a que sus alumnos están más atentos al celular que a la clase-, que un gran terremoto ha destruído una parte importante de Los Ángeles. Se trata del inicio de una serie de desastres que indican que el fin del mundo (y del universo) está sucediendo: tsunamis, terremotos, tráfico, el internet deja de funcionar, la televisión se esfuma, luego la radio. Poco a poco, todo avance tecnológico del planeta deja de funcionar.
Sin duda este es el mejor episodio de los tres. La tensa calma de los personajes provoca sentimientos de melancolía, pesar y tristeza. Si hay algo que hace bien esta película es hacerte sentir pequeño dentro de la vastedad de un universo que literalmente se apaga estrella a estrella, planeta a planeta. Una soledad apocalíptica contagia al espectador.
En medio del caos sucede algo extraño: un cartel inunda la ciudad. Se trata de la imagen de un tipo delgado, trajeado, en un escritorio, con una taza de café en una mano y un lápiz en la otra. La leyenda dice “Charles Kantz ¡39 grandiosos años!, ¡Gracias, Chuck!”. A pesar de que estos carteles están por toda la ciudad, nadie sabe quién es Chuck. “Es como el Oz del apocalipsis”.
El segundo acto abandona este escenario para ir atrás en el tiempo. Finalmente nos enteramos quién es Chuck (Tom Hiddleston), y se trata de nadie extraordinario, un simple contador que viaja para cierta convención. Caminando en alguna plaza pública, Chuck se topa con una artista callejera que toca la batería. Como que no queriendo, Chuck deja su portafolio en el piso y se pone a bailar. El evento, al parecer, es algo absolutamente trascendental, pero aún no sabemos por qué.
Eso lo descubriremos en el primer episodio (que es el último que nos cuentan). Aquí conocemos al niño Chuck (Benjamin Pajak) y a sus afables abuelos, Sarah y Albie (Mia Sara y un extraordinario Mark Hamill, quien termina robándose la película). Ellos le enseñan a Chuck
sobre la importancia del baile en esta vida, sobre lo trascendental que son las matemáticas, y sobre cómo los contadores pueden salvar vidas.
Debo aceptar que en un primer visionado la película me pareció un interesante rompecabezas cósmico. Como le dicen los gringos, un “lightning in a bottle” que no obstante me dejó expectante. Y es que en realidad estamos frente a dos películas que al final carecen de sentido: una inquietante cinta sobre el apocalipsis, que auténticamente sacude al público ante el ominoso panorama que presenta, para luego saltar a una película sobre la relación de un abuelo con su nieto, y una escena de baile que nos dará incontables memes.
La expectativa es alta porque uno espera que el primer episodio se conecte de alguna forma interesante con los otros dos episodios. Pero ello no sucede. Pasamos de inquietar al público a abrazarlo, apapacharlo y decirle: ¡hey!, no importa que seas la persona más común y corriente del universo, no importa que el planeta acabe, tú vales mucho y mereces respeto. Mucho ojo.
La voz en off (Nick Offerman), las referencias a Carl Sagan y a Walt Whitman (cuya frase más famosa del poema Un Canto a Mi mismo es tomada de forma literal en la trama) convierten a este desarticulado artefacto en una película suave como terciopelo, que ante las tragedias de la vida propone no preocuparse y bailar.
Tan agradable como incongruente, Life of Chuck sabe armar algunos momentos poderosos (la escena de baile, las conversaciones con el abuelo, todo el primer acto) pero sus conclusiones son tan sustanciosas como un libro de autoayuda, o tan reconfortantes como una doble Big Mac, con papas y refresco (aunque yo, la verdad, prefiero la Whopper)