Con una estructura sumamente convencional (la clásica de “cabezas parlantes” que son entrevistadas por un ente anónimo), pero con muchísimo material de archivo proveniente de las siempre nutridas bóvedas de Televisa, llega a la plataforma VIX el documental La Noche Eterna del Baby’O (México, 2025).
Dirigido por el realizador mexicano Emilio Maillé (notable documental previo Miradas Múltiples, 2012) y con guion de él mismo junto con Guillermo Osorno, la cinta no es sino la crónica sobre el origen de uno de los lugares que en su momento fue La Meca para los mirreyes (y posteriormente para los whitexicans): el famoso Baby’O de Acapulco.
Por décadas, el Baby fue uno de los lugares más exclusivos de Acapulco, y del país entero. Su modelo claramente elitista (para entrar básicamente tenías que ser famoso, extranjero, político o hijo de alguno de los anteriores), que hacía imposible para el mexicano promedio entrar al lugar, se convirtió en el blue print para todos los “antros” del país.
Todas las discos y “antros” del país querían ser una versión del Baby’O, y todos por igual en su momento (ochentas y noventas) pusieron en práctica el método del Baby, que se resumía en construir un modelo de “exclusividad” mediante el rechazo sistemático a todo aquel que se viera demasiado mexicano, verbigracia, a todo aquel que se viera moreno y que no fuera “bien” vestido o de plano que se viera pobre.
En La Noche Eterna del Baby’O nos enteramos que aquella legendaria disco fue fundada por dos juniors (no podía ser de otra forma) Eduardo Césarman y Rafael Villafañe, dos jóvenes de familias acomodadas que convencieron a sus padres para que financiaran el proyecto de abrir una disco en su destino turístico favorito, Acapulco.
Luego del éxito inicial, la asistencia se desplomó, por lo que -según cuentan los fundadores- decidieron despedirse a lo grande, regalando la champaña en las que -pensaron- serían las últimas noches del Baby. Otras versiones apuntan a que los dueños salían personalmente a las calles de Acapulco para invitar a los extranjeros que se encontraban a que conocieran el Baby’O.
Pero como dijera el clásico, “haiga sido como haiga sido”, el Baby’O se convirtió en esa leyenda inalcanzable, con su arquitectura que asemeja a un castillo de arena, con la vegetación que adornaba la entrada, y con sus prominentes e ineludibles letras enormes que formaban en la fachada el nombre del lugar.
Con un ritmo audaz que mantiene la atención del público en todo momento, Maillé va entrevistando a todo aquel que pueda contar una historia sobre el Baby y su transformación -desde finales de los setenta y hasta los años 90- en el lugar más deseado de la bahía.
Y es que pronto llegaron luminarias de la talla de Madonna, Michael Jackson, Michael Jordan, Bono, Julio Iglesias, así como prácticamente toda la crema y nata del espectáculo nacional de la época (casi todos ligados a Televisa), incluyendo, por supuesto, a la luminaria más icónica no sólo del puerto sino del antro mismo: Luis Miguel.
El Baby’O fue el buque insignia del México privilegiado, de un país lleno de juniors y mirreyes, un país donde la fiesta parece eterna, una fiesta a donde no todos están invitados, donde las mujeres son “niñas”, y donde la riqueza, la ostentación y el abuso de poder mandan.
Nada de lo anterior se refleja en el documental, o al menos no de manera directa. Si bien rumbo al final es imposible obviar que el Baby está situado en México, en Guerrero, y en un puerto donde la violencia, la corrupción, el narcotráfico y la ineptitud del gobierno encuentran su caldo de cultivo, la ruta del documental va más hacia la romantización del lugar, pasando por un lavado de cara que resulta por demás ridículo.
Y es que en el colmo de hacer ver al Baby’O como una “disco más”, los no pocos mirreyes (y whitexicans) que son entrevistados para el documental hablan sobre cómo la disco era casi un lugar familiar (“mis papás se conocieron en el Baby, y ahora yo vengo al Baby”), un tugurio al que se iba no por el alcohol sino por el ambiente, un sitio donde la bebida más popular era un Chocomilk, y un antro que era (recontra sic) “antidrogas”.
La aseveración resulta tan inverosímil como ridícula.
Con momentos bien logrados -como aquel de la fiesta de cumpleaños de Juan Gabriel-, y varias anécdotas memorables - Verónica Castro contando dónde dejaba a su bebé Christian mientras ella se iba a bailar-, el documental tiene su mayor valía en lo pulido de su manufactura y en el acceso privilegiado que tiene al archivo de Televisa.
Sirva acaso este documental como testimonio de un México que pertenece a otra realidad, uno donde la influencia, el apellido, el dinero, la belleza heteronormada y los guaruras, abren cualquier puerta, incluidas las del Baby’O.

