Cuenta la anécdota –la famosa anécdota– que en un momento especialmente peligroso de la crisis de los misiles (1962) el embajador soviético se acercó al presidente francés Charles de Gaulle con un telegrama del líder Nikita Krushev, secretario general del Partido Comunista Soviético:
––Si Francia no se alinea con nosotros, habrá consecuencias muy graves para el mundo entero.
De Gaulle recibió al embajador en su despacho. Lo rodeaba, de pie, todo su gabinete, y él fue el único que permaneció en la silla. No ofreció asiento al embajador y no le respondió; se ciñó a una mirada fortísima y a un silencio cada vez más duro, más tenso.
El embajador no encontró otra salida que releer el telegrama:
––Si no…
Por fin, el altísimo De Gaulle fue poniéndose de pie. Cuando terminó de alzarse (¿de izarse?), le extendió la mano el embajador y le dijo con la voz ronca de uno de los hombres más curtidos en el planeta:
––¡Qué pena, señor embajador! ¡Moriremos todos juntos! Dele mis saludos al secretario general…
No ha habido horas más tensas en los últimos 75 años que aquellas de octubre de 1962, cuando se llegó a una fase aguda de las tensiones entre dos las máximas potencias de entonces. De Gaulle brindaba su apoyo al presidente norteamericano John F. Kennedy; de hecho, hoy se sabe que el espionaje francés fue el primero en detectar movimientos extraños hacia la isla caribeña y dentro de ella, y eso permitió el descubrimiento de los misiles.
En estas horas se han reunido los presidentes de Francia y de Estados Unidos. Y de nuevo Rusia es el tema, la eterna Rusia de los zares y de un destino que quiere definirse tan manifiesto como el de Francia, Estados Unidos y otros países.
Las negociaciones son hoy mucho más visibles que en 1962, hace ya más de 62 años. Y en todo caso las interpretaciones son múltiples, tal vez por la abundancia de datos, de acontecimientos, de enfoques posibles.
Ahora bien, si hablamos de interpretaciones, de datos, de acontecimientos, de enfoques, entonces estamos en terrenos que las ciencias sociales y humanas estudian todos los días desde hace mucho (el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México existe desde 1930).
La filosofía, la historiografía, la economía y las letras no son ajenas a temas “candentes”. Escribía, por ejemplo, María Zambrano: “La cultura moderna nacerá sin unidad, es hija de esta escisión” (La Confesión: género literario y método. Obras completas ii, p. 108).
¿Los líderes “fuertes”, “carismáticos”, son una forma de compensar la permanente dispersión causada por la abundancia de actores y de factores en los tableros económicos, sociales, geopolíticos? ¿El líder pretendería convocar en su persona la unidad faltante y resolver la escisión ahondada por aquel “hacer sin imagen” del que habló Rainer María Rilke en su Novena elegía?
Las simplificaciones ideológicas favorecerían semejante unidad, ciertamente coyuntural e inestable. Sea como fuere, se ha dicho que el presidente francés Emmanuel Macron se ve en estas horas como un presidente de Europa, así sea asimismo de modo coyuntural e inestable. Este émulo de Charles de Gaulle trata sin duda de recuperar fuerzas en el exterior, por si acaso le faltaran en el interior.
Las recientes elecciones en Alemania parecen tener como trasfondo la búsqueda de un liderazgo más fuerte que el ejercido por el palidísimo señor Scholz (no logro retener su nombre de pila). Desde el primer momento Friedrich Merz, de la Democracia Cristiana (cdu), se muestra más carismático que Scholz, del Partido Social Demócrata (spd). Desde luego, otros factores nos ayudan a que entendamos la derrota de un organismo político donde han militado figuras tan relevantes como Willy Brandt y Helmut Schmidt.
Una causa es el enojo de sectores de la antigua República Democrática Alemana (ddr), la Alemania Oriental, desaparecida con la reunificación de 1989–1990, por la persistencia de ciertas desigualdades con respecto a la República Federal de Alemania (brd), la Alemania Occidental.
Los primeros análisis de las votaciones por sectores de población arrojan que varones jóvenes votaron más por la ultraderecha alemana, mientras que las mujeres se inclinaron más por la izquierda.
Hay, en fin, cada vez más tela de dónde cortar. Y desde luego el Partido Social Demócrata alemán debe hacer un análisis muy profundo para explicarse las nuevas circunstancias (tercera fuerza política, detrás de la cdu y de la ultraderecha), así como deben hacerlo el Partido Demócrata norteamericano y otras fuerzas hoy opositoras, más o menos amenazadas de implosión.
Ahora bien, los liderazgos son fuertes por la personalidad respectiva, sí, sin duda, pero esta última no basta en absoluto. Detrás suyo debe haber una sociedad productiva, organizada, sólida, enérgica, energética, educada y plenamente formalizada. Allí se sustentan las verdaderas fortalezas a corto, mediano y sobre todo largo plazos.
Como en la crisis de los misiles, las armas nucleares y, en general, los poderíos militares ocupan un papel determinante a la hora de sentarse a negociar. De hecho, Rusia es hoy fuerte por su arsenal y por su gas, del que Ángela Merkel volvió tan dependiente a Alemania. Por su Producto Interno Bruto Rusia se ubica en el sitio 11 a nivel planetario (México en el 13, con diez veces menos territorio y menos densidad demográfica; España en el 15, todo ello según Expansión, datos.macro.expansion.com).
Y buena parte del territorio ruso sigue sin explorarse e incluso sin habitarse suficientemente: 9 habitantes por kilómetro cuadrado, frente a los 34 de Estados Unidos, los 66 de México, los 97 de España, los 125 de Francia, los 233 de Alemania, los 8 mil de Singapur.
Muchas son –siempre– las lecturas posibles, articulando datos, escenas, personalidades. Por ejemplo, ¿parece probable un cese al fuego en Ucrania, luego de cumplirse la tarea de debilitar lo más posible al distraído Joe Biden?
Las sociedades y comunidades, por cierto, debemos ser pacifistas sin dudas, sin medias tintas. A las sociedades, a las comunidades humanas, al décimo poder –el de la ciudadanía– no nos conviene ninguna guerra, menos en estos tiempos.
Friedrich Merz. El nombre Friedrich, Federico, procede de dos términos medievales germanos y significa “gobernante para la paz” o “príncipe de la paz”. Ojalá el fuerte carácter de Friedrich Merz se oriente hacia la consecución de una paz duradera en Europa y el mundo.
(Emmanuel significa “Dios entre nosotros”. La autoestima del culto presidente galo seguramente se complace con esta etimología.)