La ciencia política (me hace notar un apreciado especialista) tiene un protocolo para medir la influencia de una persona: 1) ¿de qué temas habla?, 2) ¿sobre qué personalidades influye? y 3) ¿cuánto territorio abarca?

Resulta difícil saber si hoy tenemos figuras intelectuales de talla mundial con el influjo que en el siglo xvii, me sigue comentando el especialista, tuvo Sor Juana Inés de la Cruz: 1) habló de temas fundamentales para la época (muchos tan vigentes como el duelo entre mercantilismo y libre circulación de bienes a partir de la oferta y la demanda), 2) influyó en los virreyes de la Nueva España y en otras personalidades, como Carlos de Sigüenza y Góngora, que a su vez eran núcleos de tupidas redes de relaciones y decisiones y 3) alcanzó una presencia en vastos territorios desde luego gracias a sus propios escritos.

En estos días el valioso especialista participa en un congreso en Salamanca, España, justamente sobre la Escuela de Salamanca y su poderosísima presencia a lo largo de los siglos, opacada por los duelos imperiales e imperialistas entre España e Inglaterra, España y Francia y, finalmente, España y la propia España, incapaz de resolver pacíficamente a fines del siglo xviii una nueva relación con las Américas, por ejemplo (esto ya lo digo yo), mediante una Commonwealth en lengua castellana, aprovechando la vastísima extensión de su uso, fruto de todo aquello que se hizo (y por lo visto se hizo muy bien) para mantener un imperio en condiciones mucho más difíciles que las actuales en términos de comunicación: debería asombrarnos que un argentino, un español y un mexicano se comuniquen en la misma lengua. Pero la rutina acaba con todos los asombros, con todos los milagros.

No vislumbro hoy intelectuales con un influjo parecido al de Sor Juana en el xvii, conforme al protocolo de tres puntos mencionado arriba. Si el autor de Homo Deus, de apellido Harari, aspirara a un influjo equivalente, debería empezar por reconocer que es menos verosímil que nunca su hipótesis de que la especie humana ha vencido tres de los cuatro jinetes del Apocalipsis y está lista para vencer el cuarto, la muerte, y convertirse en Deus ella sola por sí misma.

¿Vencidos los tres jinetes? Hoy hay hambres, guerras y enfermedades por numerosos puntos del planeta. No sé si las hay más que nunca en la historia; ojalá no, pero en cuanto a guerra se contabilizan más de 50 puntos en conflicto.

Y la idea de vencer a la muerte es verdaderamente entrópica: sólo sirve para la vanidad de sectores entre las élites billonarias, ansiosos de perpetuarse de modo físico y consciente y dispuestos a gastar torrentes de nuestro dinero en experimentos, cuando sería mejor invertirlo en investigaciones de salud pública más básica.

¿Y el hambre? Un sacerdote polaco en Santiago de Cuba pidió (cuando tuvo unos minutos de Internet) que ya no le enviaran dinero. ¿Tenía suficiente? No. No era eso. Es que no había qué comprar, aunque hubiera dinero. Los estantes de los supermercados estaban vacíos, y quedaban dos semanas de petróleo en la Isla, según rumores. Mucha gente está comiendo una vez, si es que come.

Esta información me llega muy mediada, y deseo que no sea cierta, pero me temo que sí lo es. Al margen de todas las simpatías y las diferencias políticas e ideológicas, Cuba y México son países hermanos, cercanísimos, afines, históricamente muy próximos, anímicamente todavía más próximos. Desde luego, se impone la ayuda humanitaria inmediata y urgente al país de José Lezama Lima y la entrañable familia Diego, de Alejo Carpentier y Omara Portuondo, de Bola de Nieve y de tantas voces artísticas que nos han llegado durante muchos años.

¿Qué diría María Zambrano, autora del maravilloso libro Islas, sobre la situación actual del país que la recibió con playas y casas abiertas cuando la guerra civil española la expulsó de su España natal? Islas habla de Puerto Rico y Cuba.

He pensado en Cuba. ¿Quién no lo ha hecho desde México, desde las letras de México, desde la música, desde las artes? Mis modestas luces me hacen creer que podría apoyarse a Cuba para que aprovechara muy bien la inagotable abundancia de las fuentes de energías renovables de que dispone, quizá como pocos países en el mundo: agua, luz solar, viento. Ignoro si hay avances en esa dirección: las energías renovables. Tales energías (que, como todas las energías, son objeto de luchas y forcejeos, de verdades y distorsiones) le darían acaso una autosuficiencia a largo plazo, y mientras tanto se resuelve la urgencia humanitaria.

Solamente nos falta que Bad Bunny tenga el influjo planetario que antes tenían personalidades pensantes. En todo caso, confieso que hice mi maratón de canciones del Prócer del Medio Tiempo: aguanté un minuto. Vi el espectáculo del domingo (también durante un minuto). ¿Se me permite añadir un juicio? Me parece que a Benito Martínez Ocasio le faltó añadir un poco de música de vez en cuando.

Desde luego, no hago sino externar mis humildes y objetables puntos de vista. Agrego otra: el desplazamiento de intelectuales sólidos de la escena internacional y su sustitución por bailarines sería uno de los signos más ominosos de nuestro tiempo. 

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