Contemos hasta diez. Contemos no únicamente para respirar profundo ante la mayor amenaza desde la crisis de los misiles en octubre de 1962. Contemos para sistematizar un poco los juegos de poder que nos pasan ante la vista sin que casi estemos en condiciones de hacer algo más que contemplarlos.

Tenemos el poder ejecutivo, fuerza centrípeta que a veces toma las dimensiones de un hoyo negro. El año nos despertó con la noticia de que un Pedro Páramo grande (en adelante, pp) se estaba devorando a un Pedro Páramo chico. Se trata de dos autoritarios frente a frente. Por lo demás, tenemos numerosos poderes ejecutivos por el mundo, además repartidos en tres niveles de gobierno, y tras el crimen de Minneapolis el miércoles 7 pp enfrenta al alcalde de la urbe y al gobernador de Minnesota, así como a miles de valientes que proceden del poder ciudadano. (Antes de invadir Groenlandia y México, pp invade… Minnesota.)

¿Y qué están haciendo los demás poderes? Conforme a su vocación de hoyo negro, este pp con armas nucleares ignoró al poder legislativo de su país, el único facultado para declarar la guerra o para autorizar acciones como la captura y sustracción de un Pedro Páramo ajeno. Advertimos tímidas rebeliones en el partido de pp, y las elecciones de noviembre nos quedan ahora muy lejos para atenernos a ellas. Dependemos de acciones mucho más rápidas para detener el vertiginoso desbalance en la serie de contrapesos que la humanidad había ido construyendo con inmensas dificultades teóricas y prácticas a lo largo de milenios; los contrapesos parecían ya consolidados, y el pasmo de nuestras mentes se debe a que no sabemos con qué más herramientas reaccionar ante tal tumulto de alteraciones y amenazas. Por lo pronto, conviene que recordemos una aseveración que poco a poco se convierte –o debería hacerlo– en respetable lugar común: las instituciones e instancias independientes, autónomas, son una clave fundamentalísima para la riqueza de las naciones, según lo mostraron los premios Nobel de Economía Daron Acemoglu y James A. Robinson en Why Nations Fail. The Origins of Power, Prosperity, and Poverty, de 2012.

El poder judicial parece el más decepcionante y débil, por lo menos visto a la distancia. De hecho, pp debería estar en la cárcel o al menos inhabilitado por alguna de sus 54 felonías. Pues bien, la Suprema hizo en 2024 justo lo contrario de un sano reforzamiento de los equilibrios y contrapesos: le dio más poder a la figura presidencial, volviéndola inmune e impune. No parece que por allí esperemos el dique tan necesario para una personalidad sin contenciones éticas como la de pp, tan bien anticipada, estudiada y expuesta en la literatura, por ejemplo, mediante la obra magna de Juan Rulfo. Y hay indicios de que el crimen del 7 de enero de 2026 quedará sin castigo, como quedan los del 6 de enero de 2021 tras el indulto a los vándalos. Por cierto, luego del golpe en Múnich de 1923 Adolfo Hitler estaba políticamente muerto, y se le perdonó y se le dejó salir de la cárcel. Quitárselo de encima costó setenta millones de “casualties” (¿casualidades?) y dejó como secuela una Europa aturdida y arrasada.

El cuarto poder está siendo más interesante y más complejo que el tercero, acaso más alentador, aunque también más disperso y más expuesto a contradicciones. En principio, hay cadenas televisivas enteras subordinadas en distintos grados al hoyo negro del autoritarismo en turno (definamos el hoyo negro como un insaciable devorador de energía ajena); en el otro extremo, es notorio el esfuerzo de cadenas, diarios, comentaristas, programas, videos, análisis por servir de contrapeso en una hora en que los poderes formales del legislativo y del judicial no están haciendo completa su labor o incluso están reforzando al ejecutivo. Rachel Maddtow es un paradigma del cuarto poder estadounidense, así como Bernie Sanders y Alexandra O–C lo son del legislativo.

El reciente ataque de pp a Jerome H. Powell, cabeza de la Reserva Federal, nos confirma la tendencia que vemos en el personaje de Rulfo: ir identificando y destruyendo los poderes que se le oponen. Powell ayudó a la economía de su país a sortear los ingentes peligros por la pandemia de 2019–2021, tragedia mundial que pp minimizó y que desperdició: era su oportunidad para volverse el líder mundial que en el fondo quisiera ser.

Sabemos bien que el mundo de las finanzas es un poder en sí mismo y que no todas las personas en sus órbitas son tan serias como Powell. De hecho, la crisis de 2008, la de Lehman Brothers, explica en buena medida políticas de austeridad extrema, caldo de cultivo perfecto para los populismos que desde por lo menos 2015, con el Brexit inglés, sacuden al planeta.

La Reserva Federal rescató Lehman Brothers con dinero público pese a las muchas protestas. Se cumplía aquella frase colectiva, sin autoría individual única: “Se socializan las pérdidas, se privatizan las ganancias.” Como anécdota, el director de Lehman Brothers, el oscuro y olvidable Richard Fuld, obtuvo en esos meses tan críticos ganancias auto asignadas por 780 millones de dólares. Se volvió paradigma de un cinismo que en impresionante “efecto dominó” podría, sí, ser una de las causas de la crisis política que vivimos. Se le apodó “el gorila” por “su aspecto intimidante”. (Quizá hoy Juan Rulfo se encargaría de escribir la indispensable novela sobre cómo más de un Pedro Páramo quiere apoderarse de tierras ajenas mediante infundios y amenazas. La novela de 1955 se sustenta en el hecho de que hay uno solo, un solo Pedro Páramo. La realidad planetaria de hoy nos avisa lo siguiente: hay más de uno, ¿y qué pasa cuando se pelean? A cuarenta años de su partida, Juan Rulfo sigue vivo, sigue siendo indispensable.)

Llevamos cinco de los tipos de poderes. Seguiremos en quince días. Por lo pronto, contemos hasta diez. Quien sí lo está haciendo es el pp en turno, y quizá contar once ya le causa severas perturbaciones cognitivas.

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