Hace poco se viralizó en plataformas como TikTok un fenómeno social que, aunque no es nuevo, resulta un caso clínico fascinante para el análisis comunicacional; personas que se identifican como animales no humanos. Si se perciben como gatos, responden maullando.
El fenómeno de los Therians es una subcultura digital que reta nuestras convenciones. Más allá del asombro, el rechazo o la burla que suele generar en el mundo adulto, desde la óptica de la comunicación estratégica estamos ante una ruptura radical de los códigos tradicionales. Como estableció el teórico Paul Watzlawick en su primer axioma de la comunicación humana, "Es imposible no comunicar".
Para un Therian, el uso de máscaras, los movimientos de quadrobics (la tendencia a desplazarse en cuatro patas) o la alteración del lenguaje verbal no son un simple juego; son una declaración de identidad radical. Ante un entorno social que las nuevas generaciones perciben como hiperexigente y líquido, usando el término del sociólogo Zygmunt Bauman sobre la inestabilidad de la identidad moderna, adoptar una identidad animal es una forma de apagar el ruido del mundo humano para volver a un estado percibido como puro y libre.
El auge de esta subcultura no podría entenderse sin la arquitectura de las redes sociales. Como advertía Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje". Las plataformas, impulsadas por Inteligencia Artificial y validación algorítmica, han permitido que jóvenes aislados encuentren su manada digital. Han creado un ecosistema con sus propios códigos, hashtags y normas, haciéndose visibles gracias a videos reales y otros generados por IA.
Cuando un fenómeno altera tan abruptamente las reglas no escritas de la interacción, las instituciones (escuelas, familias, marcas) sufren lo que el teórico de los estudios culturales Stuart Hall definiría como una disonancia en el modelo de codificación y decodificación; un verdadero colapso de decodificación. No tenemos un manual institucional para procesar este mensaje, aunque es innegable que en un futuro cercano el mercado lo absorberá y será motivo de campañas publicitarias.
Prohibir las máscaras, sancionar los comportamientos o ignorar la situación no solucionará nada. En la gestión de crisis, como argumenta la Teoría Situacional de Comunicación de Crisis de Timothy Coombs, reprimir un síntoma sin entender el problema subyacente y sin empatía sólo amplifica el conflicto. Las escuelas y las familias cometen el error de aplicar un modelo de comunicación vertical e impositivo a una generación que opera en red, de forma horizontal y comunitaria.
Desde la perspectiva de la comunicación asertiva, esto nos deja una lección vital, la autoridad ya no se impone por jerarquía, se gana por empatía. Si un directivo escolar o un padre de familia intenta entablar un diálogo desde el juicio, el canal se rompe de inmediato. Para conectar, es imperativo aplicar una verdadera comunicación H2H (Human to Human), incluso cuando la otra parte esté explorando los límites de su propia humanidad.
El fenómeno Therian pasará, evolucionará o mutará en otra tendencia, como ha ocurrido con decenas de tribus urbanas a lo largo de la historia. Sin embargo, el desafío comunicativo prevalecerá. Lo que estos jóvenes nos están gritando (aullando, berreando o maullando) es una necesidad imperiosa de espacios seguros para expresar su individualidad en un mundo estandarizado.
Como estrategas, educadores o líderes, el trabajo de la sociedad no será juzgar el código con el que nos hablan, sino tener la paciencia y la inteligencia emocional para traducir el verdadero mensaje que se esconde detrás de las máscaras.

